29 de abril 2022    /   CREATIVIDAD
por
 Capitán Swing

Geoffroy Delorme: Apuntes para sobrevivir en el bosque como un corzo

A Geoffroy Delorme se le conoce como el hombre corzo. Durante siete años vivió en el bosque junto a estos animales, convirtiéndose en uno más de la manada y aprendiendo que la relación del hombre con la naturaleza deja mucho que desear 

29 de abril 2022    /   CREATIVIDAD     por          Capitán Swing
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Desde que era niño, Geoffroy Delorme sintió que su lugar no estaba en la civilización, sino en la naturaleza. Comenzó a internarse en ella a través de pequeñas incursiones en el bosque que tenía en frente de su casa, un lugar que parecía reclamarlo. Unas expediciones que evolucionaron hasta convertirse en su modo de vida durante siete años, uno de ellos completamente aislado.

Todo ello sin ningún tipo de comodidades; nada de tiendas de campaña ni sacos de dormir. Una adaptación que no fue fácil, ya que tuvo que aprender múltiples técnicas para poder sobrevivir. Por suerte, se cruzó en el camino con unos corzos, de quienes se hizo amigo y replicó su modo de vida. Una experiencia extraordinaria que luego plasmó en el libro El hombre corzo (Capitán Swing).

Geoffroy Delorme, écrivain

 ¿Por qué de todos los animales del bosque los que más te llamaron la atención fueron los corzos? ¿Qué tienen de especial?

En realidad, yo no elegí a los corzos. Preferiría decir que ellos me eligieron a mí. Cuando empecé a vivir en el bosque, lo primero que hice fue crear un territorio donde pudiera encontrar comida y protección e, idealmente, que fuera un lugar tranquilo. Al recorrer ese espacio durante el día y la noche, marcándolo sin proponerlo mientras hacía mis necesidades naturales, terminé cruzándome en el camino con otros animales.

Como yo no era un peligro para ellos, la curiosidad hacia mí comenzó a prevalecer frente al miedo y los corzos acabaron siendo los primeros animales que se me acercaron. Después, decidí comprobar si me aceptarían y, por qué no, aprender sus técnicas de vida en el bosque. Imitar las propias de su especie pero adaptándolas a mi modo de sobrevivir.

¿Cómo fue ese primer acercamiento?

El acercamiento comenzó con Daguet, uno de los corzos, y después con Sipointe, Etoile, y así sucesivamente. Me llevó un tiempo que me aceptaran, ya que tenía que mostrarles todas mis posiciones humanas, que ellos no sabían. Aprendí que vivir con los corzos es como tratar de construir un rompecabezas emocional gigante. Rápidamente descubrí que su universo olfativo era muy importante para ellos. Nuestros pensamientos condicionan nuestro olfato, por lo que un olor ácido supone cierta agresividad y un olor dulce un comportamiento bastante amistoso.

Esto me obligó a modificar la alquimia de mi cuerpo para estar en sintonía con ellos. Así, empecé con el olfato y luego fui ganando confianza, lo que me permitió acercarme un poco más. El sonido de los pasos se fue volviendo más familiar para ellos y yo también. A medida que me acercaba, podían distinguir mejor mi rostro y las diferentes posturas de mi cuerpo.

Después de varios meses, la confianza era tan grande que algunos de ellos se pusieron a mi lado. La fase final fue cuando me lamieron y, de esta forma, integraron el sabor en mi piel. Esto es lo que yo llamo confianza absoluta y es cuando la vida en el bosque puede empezar.

¿Qué sentiste cuando te aceptaron? Dices que llegan a ser tu familia y amigos.

Fue una sensación indescriptible, muy extraña. Una especie de pertenencia a algo especial. No es orgullo, pero la sensación de poder caminar entre una manada de corzos y corzas sin que se escapen es algo muy bonito.

También andar detrás de los jabalís sin tener miedo es genial. Pero con el venado no es lo mismo. Cuando estira sus patas delanteras frente a ti y tú estás solo a unos centímetros de él, es una sensación increíble. Sentía que el medio ambiente y yo éramos uno, que era naturaleza.

En el libro, aparte de las cosas bonitas de la naturaleza, no te olvidas de las complicadas. Como lo difícil que es sobrevivir.

Para poder vivir en el bosque, ante todo, debes considerarlo no como un bien de consumo, sino como un recurso compartido. Hay que ser organizado, además de tener un conocimiento exacto del territorio. Evidentemente necesitas una base alimenticia que estará compuesta por bellota de roble, hayucos, avellanas, nueces y castañas.

También puedes almacenar frutas menos frágiles como las manzanas en cavidades naturales protegidas por el calor. La recolección de plantas silvestres se convierte en un complemento alimentario vital para poder disponer de vitaminas y minerales como el hierro, muy presente este último, por ejemplo, en las ortigas.

Las hojas de bardana se pueden utilizar como papel higiénico y sus raíces como alimento. Debes tener un conocimiento relacional de tu entorno para no perderte en él porque el peor error que puedes cometer sería creerte que eres el más fuerte. Debes ser humilde y discreto para mimetizarte con el paisaje, siendo consciente de la necesidad de mantener los bosques en lugar de explorarlos.

Debes encontrar una autonomía en la comida teniendo en cuenta que dependes de la naturaleza. Los animales consumen plantas que yo mismo recogía y es importante encontrar ese equilibrio adecuado en la intensidad de las cosechas compartidas. Es, por tanto, un trabajo sin descanso para modificar el propio organismo y adaptarlo en lugar de constreñirlo.

Respecto a lo que preguntas, vivir en el bosque me obligó a cambiar todas mis rutinas. Como hacer de diez a doce comidas cada veinticuatro horas para no sobrecargar el estómago, ya que las plantas silvestres son difíciles de digerir; transformar los ciclos de sueño en tiempos cortos y preferiblemente durante el día para evitar la hipotermia.

También fue necesario preparar madera seca en todas partes del bosque, madera que se encuentra en el suelo obviamente, y mantener construcciones como refugios de madera o cobertizos de secado. No se puede improvisar de un día para otro una vida en autonomía en la naturaleza porque es necesario impregnarse de todo lo que te rodea para finalmente formar parte de ella.

¿Qué experimentaste cuando viviste las cazas de los corzos, unas vivencias que fueron muy dolorosas para ti?

Vivir al aire libre con animales pone de manifiesto otra forma de existencia y pensamiento. La caza a menudo se asocia con la muerte y ya no con una forma de subsistencia. Hoy en día es muchas veces una actividad de ocio, aunque otras veces siga siendo una forma de alimentarse. No me gusta juzgar otras culturas diferentes a la mía. No entendería que me prohibieran recoger plantas que me alimentan por la sencilla razón de que no es moral. Yo no soy cazador, soy recolector y creo que hay formas de complementarse.

Hubo un tiempo en el que la comida no caía del cielo, en el que todos se alegraban si había para comer liebre con verduras. Hoy, esto ya no existe, y la caza se ha convertido en una actividad asesina cuyo único fin es regular las poblaciones de animales que nunca hemos controlado ni controlaremos. La caza debe reservarse únicamente para comer. Es, además, una práctica cada vez menos aceptada porque las mentes evolucionan bien afortunadamente.

Sin embargo, no debemos irnos a los extremos. Me han pillado en batidas varias veces con riesgo de que me maten, pero para mí la vida es igual a la de un corzo u otro animal.

Mis pensamientos sobre la vida y la muerte cambiaron profundamente cuando perdí a mi amigo Etoile, una hermosa corza. Murió ante mis ojos durante una cacería y sufrí mucho su pérdida. Pero vivir después con los otros corzos me ayudó a ver la muerte como una simbiosis con los vivos. La muerte no es un accidente de la vida ni un castigo. Y menos una enemiga de la vida.

Todos nos alimentamos de la muerte de otro. Cuando una lechuza hace un nido en el hueco de un viejo árbol muerto, disfrutamos de la vida de estos pequeños polluelos y no nos entristece la muerte del viejo árbol. No tengo ninguna relación particular con los cazadores, vivimos en dos universos totalmente diferentes, unidos por los paisajes, pero no por la cultura.

¿Qué aprendiste después de siete años?

Esta experiencia me enseñó principalmente quién era yo. Cuando vives en el bosque rodeado de animales salvajes no te enfrentas a la naturaleza, sino a ti mismo. Los corzos no son medicina contra la enfermedad humana de la vida y el bosque no es una terapia para tratar la locura de las civilizaciones.

Las dificultades que encontré en el bosque eran específicas de mi especie, pero descubrí que tenía mucho en común con otros animales. Por eso los corzos eran para mí el reflejo de mi alma. En estos siete años he aprendido a vivir sin necesidades ni antojos de consumo. Hoy todo el mundo corre tras el poder adquisitivo, es decir, tras el poder de consumir más, pero esta lógica es destructiva.

Para poder vivir en el bosque, ante todo, debes considerarlo no como un bien de consumo, sino como un recurso compartido

Creo que la gente en general tiene una relación demasiado comercial con la naturaleza. La tratan como un bien de consumo reservado para el ocio. Como algo material y no nutritivo para sus ojos.

Hace algún tiempo nadie hubiera regresado de un paseo por el bosque sin traer algo de comer o sin recoger leña muerta. Una relación que ocurre también con montaña o el mar. Todo está relacionado con el turismo o la economía. Pocos son los que mantienen en concordancia con la naturaleza.

¿Crees que este maltrato que infringimos a la naturaleza proviene de nuestro alejamiento de ella?

¡Claro, porque hemos olvidado de dónde venimos! Y ahí es donde comienza nuestro maltrato hacia ella. Hemos creado una civilización independiente del mundo salvaje basada en la explotación de recursos. Una civilización de conquistadores. Cuando vivir en el mundo salvaje es exactamente lo contrario. Los humanos deberían volver a aprender a vivir en interdependencia con otros seres vivos.

Todos defendemos la libertad, pero esto es solo un concepto humano; más bien deberíamos centrarnos en la autonomía, ya sea alimentaria, energética o en otra escala. ¿Es mi pueblo autónomo? ¿Cuántas granjas hay en él? ¿Puedo obtener mi leche, huevos o productos de la huerta directamente de una granja cerca de mi casa? En definitiva, deberíamos redefinir lo que es la escala humana.

La pérdida de biodiversidad se detendrá cuando no tomemos a la naturaleza como un recurso. El bosque es una gigantesca comunidad de animales y plantas, todos autónomos e interdependientes, y los humanos también formamos parte de ella.

¿Qué sentiste cuando abandonaste el bosque?

La vuelta a la sociedad fue más difícil que irme a vivir al bosque. Fue más chocante porque los valores y las leyes de la naturaleza se oponen a las de nuestra civilización. Yo no busco transformar el mundo, sino despertarlo. Deseo compartir mis conocimientos y sentimientos para mostrar al mayor número de personas las alegrías de una vida sencilla y feliz, que puede estar en total armonía con el confort que nos brinda la tecnología.

Vengo de un mundo donde impera el compañerismo para encontrarme una sociedad donde la competencia hace estragos. Algo que se aprende en la escuela a una edad temprana. Vivo sin estar cegado, veo el panorama completo, pero aprecio las cosas por su belleza y no por su valor.

La industria ejerce una presión inmensa sobre la naturaleza que yo siento directamente sobre mí. Al final, el regreso a la sociedad fue revelador. Simplemente estoy tratando de mostrar que hay otra forma de existir.

¿Volverás al bosque?

En cierto modo sigo viviendo en el bosque. Está dentro de mí, tan firmemente unido como los miembros de mi cuerpo. Dondequiera que voy, me siento como en casa. Me transformo y me adapto al bosque que estoy visitando.

De momento no tengo pensado volver porque ya encontré lo que buscaba. Si vuelve a suceder, será de forma natural y no de manera impuesta o voluntaria. A veces echo de menos el contacto con los corzos pero no quiero vivir con ellos por un placer egoísta.

La unión debe tener un significado mutuo y en este momento de mi vida estoy intentando mostrar a las personas una visión diferente de las cosas, no de hacer lo mismo una vez más. Creo que hay tiempo para vivir las historias y tiempo para contarlas. Mi momento ahora es compartir mi experiencia y quizá, algún día, pronto, comience otra historia con otros elementos, otros paisajes y, por qué no, con otros animales.

Desde que era niño, Geoffroy Delorme sintió que su lugar no estaba en la civilización, sino en la naturaleza. Comenzó a internarse en ella a través de pequeñas incursiones en el bosque que tenía en frente de su casa, un lugar que parecía reclamarlo. Unas expediciones que evolucionaron hasta convertirse en su modo de vida durante siete años, uno de ellos completamente aislado.

Todo ello sin ningún tipo de comodidades; nada de tiendas de campaña ni sacos de dormir. Una adaptación que no fue fácil, ya que tuvo que aprender múltiples técnicas para poder sobrevivir. Por suerte, se cruzó en el camino con unos corzos, de quienes se hizo amigo y replicó su modo de vida. Una experiencia extraordinaria que luego plasmó en el libro El hombre corzo (Capitán Swing).

Geoffroy Delorme, écrivain

 ¿Por qué de todos los animales del bosque los que más te llamaron la atención fueron los corzos? ¿Qué tienen de especial?

En realidad, yo no elegí a los corzos. Preferiría decir que ellos me eligieron a mí. Cuando empecé a vivir en el bosque, lo primero que hice fue crear un territorio donde pudiera encontrar comida y protección e, idealmente, que fuera un lugar tranquilo. Al recorrer ese espacio durante el día y la noche, marcándolo sin proponerlo mientras hacía mis necesidades naturales, terminé cruzándome en el camino con otros animales.

Como yo no era un peligro para ellos, la curiosidad hacia mí comenzó a prevalecer frente al miedo y los corzos acabaron siendo los primeros animales que se me acercaron. Después, decidí comprobar si me aceptarían y, por qué no, aprender sus técnicas de vida en el bosque. Imitar las propias de su especie pero adaptándolas a mi modo de sobrevivir.

¿Cómo fue ese primer acercamiento?

El acercamiento comenzó con Daguet, uno de los corzos, y después con Sipointe, Etoile, y así sucesivamente. Me llevó un tiempo que me aceptaran, ya que tenía que mostrarles todas mis posiciones humanas, que ellos no sabían. Aprendí que vivir con los corzos es como tratar de construir un rompecabezas emocional gigante. Rápidamente descubrí que su universo olfativo era muy importante para ellos. Nuestros pensamientos condicionan nuestro olfato, por lo que un olor ácido supone cierta agresividad y un olor dulce un comportamiento bastante amistoso.

Esto me obligó a modificar la alquimia de mi cuerpo para estar en sintonía con ellos. Así, empecé con el olfato y luego fui ganando confianza, lo que me permitió acercarme un poco más. El sonido de los pasos se fue volviendo más familiar para ellos y yo también. A medida que me acercaba, podían distinguir mejor mi rostro y las diferentes posturas de mi cuerpo.

Después de varios meses, la confianza era tan grande que algunos de ellos se pusieron a mi lado. La fase final fue cuando me lamieron y, de esta forma, integraron el sabor en mi piel. Esto es lo que yo llamo confianza absoluta y es cuando la vida en el bosque puede empezar.

¿Qué sentiste cuando te aceptaron? Dices que llegan a ser tu familia y amigos.

Fue una sensación indescriptible, muy extraña. Una especie de pertenencia a algo especial. No es orgullo, pero la sensación de poder caminar entre una manada de corzos y corzas sin que se escapen es algo muy bonito.

También andar detrás de los jabalís sin tener miedo es genial. Pero con el venado no es lo mismo. Cuando estira sus patas delanteras frente a ti y tú estás solo a unos centímetros de él, es una sensación increíble. Sentía que el medio ambiente y yo éramos uno, que era naturaleza.

En el libro, aparte de las cosas bonitas de la naturaleza, no te olvidas de las complicadas. Como lo difícil que es sobrevivir.

Para poder vivir en el bosque, ante todo, debes considerarlo no como un bien de consumo, sino como un recurso compartido. Hay que ser organizado, además de tener un conocimiento exacto del territorio. Evidentemente necesitas una base alimenticia que estará compuesta por bellota de roble, hayucos, avellanas, nueces y castañas.

También puedes almacenar frutas menos frágiles como las manzanas en cavidades naturales protegidas por el calor. La recolección de plantas silvestres se convierte en un complemento alimentario vital para poder disponer de vitaminas y minerales como el hierro, muy presente este último, por ejemplo, en las ortigas.

Las hojas de bardana se pueden utilizar como papel higiénico y sus raíces como alimento. Debes tener un conocimiento relacional de tu entorno para no perderte en él porque el peor error que puedes cometer sería creerte que eres el más fuerte. Debes ser humilde y discreto para mimetizarte con el paisaje, siendo consciente de la necesidad de mantener los bosques en lugar de explorarlos.

Debes encontrar una autonomía en la comida teniendo en cuenta que dependes de la naturaleza. Los animales consumen plantas que yo mismo recogía y es importante encontrar ese equilibrio adecuado en la intensidad de las cosechas compartidas. Es, por tanto, un trabajo sin descanso para modificar el propio organismo y adaptarlo en lugar de constreñirlo.

Respecto a lo que preguntas, vivir en el bosque me obligó a cambiar todas mis rutinas. Como hacer de diez a doce comidas cada veinticuatro horas para no sobrecargar el estómago, ya que las plantas silvestres son difíciles de digerir; transformar los ciclos de sueño en tiempos cortos y preferiblemente durante el día para evitar la hipotermia.

También fue necesario preparar madera seca en todas partes del bosque, madera que se encuentra en el suelo obviamente, y mantener construcciones como refugios de madera o cobertizos de secado. No se puede improvisar de un día para otro una vida en autonomía en la naturaleza porque es necesario impregnarse de todo lo que te rodea para finalmente formar parte de ella.

¿Qué experimentaste cuando viviste las cazas de los corzos, unas vivencias que fueron muy dolorosas para ti?

Vivir al aire libre con animales pone de manifiesto otra forma de existencia y pensamiento. La caza a menudo se asocia con la muerte y ya no con una forma de subsistencia. Hoy en día es muchas veces una actividad de ocio, aunque otras veces siga siendo una forma de alimentarse. No me gusta juzgar otras culturas diferentes a la mía. No entendería que me prohibieran recoger plantas que me alimentan por la sencilla razón de que no es moral. Yo no soy cazador, soy recolector y creo que hay formas de complementarse.

Hubo un tiempo en el que la comida no caía del cielo, en el que todos se alegraban si había para comer liebre con verduras. Hoy, esto ya no existe, y la caza se ha convertido en una actividad asesina cuyo único fin es regular las poblaciones de animales que nunca hemos controlado ni controlaremos. La caza debe reservarse únicamente para comer. Es, además, una práctica cada vez menos aceptada porque las mentes evolucionan bien afortunadamente.

Sin embargo, no debemos irnos a los extremos. Me han pillado en batidas varias veces con riesgo de que me maten, pero para mí la vida es igual a la de un corzo u otro animal.

Mis pensamientos sobre la vida y la muerte cambiaron profundamente cuando perdí a mi amigo Etoile, una hermosa corza. Murió ante mis ojos durante una cacería y sufrí mucho su pérdida. Pero vivir después con los otros corzos me ayudó a ver la muerte como una simbiosis con los vivos. La muerte no es un accidente de la vida ni un castigo. Y menos una enemiga de la vida.

Todos nos alimentamos de la muerte de otro. Cuando una lechuza hace un nido en el hueco de un viejo árbol muerto, disfrutamos de la vida de estos pequeños polluelos y no nos entristece la muerte del viejo árbol. No tengo ninguna relación particular con los cazadores, vivimos en dos universos totalmente diferentes, unidos por los paisajes, pero no por la cultura.

¿Qué aprendiste después de siete años?

Esta experiencia me enseñó principalmente quién era yo. Cuando vives en el bosque rodeado de animales salvajes no te enfrentas a la naturaleza, sino a ti mismo. Los corzos no son medicina contra la enfermedad humana de la vida y el bosque no es una terapia para tratar la locura de las civilizaciones.

Las dificultades que encontré en el bosque eran específicas de mi especie, pero descubrí que tenía mucho en común con otros animales. Por eso los corzos eran para mí el reflejo de mi alma. En estos siete años he aprendido a vivir sin necesidades ni antojos de consumo. Hoy todo el mundo corre tras el poder adquisitivo, es decir, tras el poder de consumir más, pero esta lógica es destructiva.

Para poder vivir en el bosque, ante todo, debes considerarlo no como un bien de consumo, sino como un recurso compartido

Creo que la gente en general tiene una relación demasiado comercial con la naturaleza. La tratan como un bien de consumo reservado para el ocio. Como algo material y no nutritivo para sus ojos.

Hace algún tiempo nadie hubiera regresado de un paseo por el bosque sin traer algo de comer o sin recoger leña muerta. Una relación que ocurre también con montaña o el mar. Todo está relacionado con el turismo o la economía. Pocos son los que mantienen en concordancia con la naturaleza.

¿Crees que este maltrato que infringimos a la naturaleza proviene de nuestro alejamiento de ella?

¡Claro, porque hemos olvidado de dónde venimos! Y ahí es donde comienza nuestro maltrato hacia ella. Hemos creado una civilización independiente del mundo salvaje basada en la explotación de recursos. Una civilización de conquistadores. Cuando vivir en el mundo salvaje es exactamente lo contrario. Los humanos deberían volver a aprender a vivir en interdependencia con otros seres vivos.

Todos defendemos la libertad, pero esto es solo un concepto humano; más bien deberíamos centrarnos en la autonomía, ya sea alimentaria, energética o en otra escala. ¿Es mi pueblo autónomo? ¿Cuántas granjas hay en él? ¿Puedo obtener mi leche, huevos o productos de la huerta directamente de una granja cerca de mi casa? En definitiva, deberíamos redefinir lo que es la escala humana.

La pérdida de biodiversidad se detendrá cuando no tomemos a la naturaleza como un recurso. El bosque es una gigantesca comunidad de animales y plantas, todos autónomos e interdependientes, y los humanos también formamos parte de ella.

¿Qué sentiste cuando abandonaste el bosque?

La vuelta a la sociedad fue más difícil que irme a vivir al bosque. Fue más chocante porque los valores y las leyes de la naturaleza se oponen a las de nuestra civilización. Yo no busco transformar el mundo, sino despertarlo. Deseo compartir mis conocimientos y sentimientos para mostrar al mayor número de personas las alegrías de una vida sencilla y feliz, que puede estar en total armonía con el confort que nos brinda la tecnología.

Vengo de un mundo donde impera el compañerismo para encontrarme una sociedad donde la competencia hace estragos. Algo que se aprende en la escuela a una edad temprana. Vivo sin estar cegado, veo el panorama completo, pero aprecio las cosas por su belleza y no por su valor.

La industria ejerce una presión inmensa sobre la naturaleza que yo siento directamente sobre mí. Al final, el regreso a la sociedad fue revelador. Simplemente estoy tratando de mostrar que hay otra forma de existir.

¿Volverás al bosque?

En cierto modo sigo viviendo en el bosque. Está dentro de mí, tan firmemente unido como los miembros de mi cuerpo. Dondequiera que voy, me siento como en casa. Me transformo y me adapto al bosque que estoy visitando.

De momento no tengo pensado volver porque ya encontré lo que buscaba. Si vuelve a suceder, será de forma natural y no de manera impuesta o voluntaria. A veces echo de menos el contacto con los corzos pero no quiero vivir con ellos por un placer egoísta.

La unión debe tener un significado mutuo y en este momento de mi vida estoy intentando mostrar a las personas una visión diferente de las cosas, no de hacer lo mismo una vez más. Creo que hay tiempo para vivir las historias y tiempo para contarlas. Mi momento ahora es compartir mi experiencia y quizá, algún día, pronto, comience otra historia con otros elementos, otros paisajes y, por qué no, con otros animales.

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