5 de enero 2023    /   IDEAS
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¿Gran Hermano o anarquía? El futuro que viene antes de que termine el siglo XXI

5 de enero 2023    /   IDEAS     por          
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«La nación, como comunidad culturalmente definida, es el valor simbólico más alto de la modernidad; ha sido dotada de una carácter casi sagrado que solo puede ser igualado por la religión. De hecho, este carácter casi sagrado se deriva de la religión».
El dios de la modernidad, Josep Ramon Llobera i Plana

«El patriotismo es el último refugio de los canallas» es un apotegma frecuentemente malinterpretado. De hecho, es usado a menudo como argamasa por quienes vituperan el patriotismo.

Sin embargo, lo que aquí estaba sugiriendo Samuel Johnson (1709-1784), una de las figuras más notables de la literatura inglesa de todos los tiempos, es justo lo contrario: que el patriotismo es una idea tan noble que los canallas se refugian en él para perseguir sus propios intereses, lo usan de forma demagógica para vender la moto.

La crítica de Johnson, de hecho, fue una réplica a Jean-Jacques Rousseau de resultas de las disputas que mantuvieron sobre América. Johnson era todo un patriota, además de conservador, y su libro más célebre se titula precisamente El patriota. Los canallas, pues, se refugian en conceptos inmaculados (patriotismo, bondad) cuando arrecian las críticas. Son falsos patriotas.

Irónicamente, son muchos nacionalistas los que usan a Johnson como arma arrojadiza para justificar su anhelo centrífugo, a la vez que atacan el anhelo centrípeto del patriotismo. Porque, si bien las acepciones son porosas y ciertamente intercambiables, hay cierto acuerdo general para definir el patriotismo como el sentimiento de unión y el nacionalismo, como el deseo de escisión de un grupo más pequeño respecto a otro más grande a través del mandato popular. Una idea que denostaba Johnson, como podemos leer en este fragmento de El patriota:

«Aún menos se compromete con confusas vaguedades a obedecer las exigencias de sus electores. Conoce bien los peligros de las facciones y la inconstancia de las multitudes. Antes procurará conocer la importancia y alcance de las opiniones de sus electores. Los programas populares generalmente son obra no de los más sabios y constantes, sino de los violentos y temerarios. Quienes atienden mítines para conferir con sus representantes suelen ser individuos ociosos y licenciosos. Y no andarán errados quienes sospechen que, como sucede con cualquier otra congregación humana, los más sabios de sus representados suelen ser una minoría».

NO HAY MÁS CERA QUE LA QUE ARDE

«El nacionalismo, por supuesto, es intrínsecamente absurdo. ¿Por qué el accidente, la desgracia o infortunio de nacer como estadounidense, albanés, escocés o isleño de Fiji debe imponer lealtades que dominan la vida de un individuo y estructurar una sociedad para ponerla en conflicto formal con otras? En el pasado había lealtades locales al lugar y al clan y la tribu, obligaciones al señor o al terrateniente, guerras dinásticas o territoriales, pero las lealtades primarias eran a la religión, a Dios o al dios-rey, posiblemente al emperador, a una civilización como tal. No había ninguna nación. Había apego a la patria, a la tierra de los padres o al patriotismo, pero hablar de nacionalismo antes de los tiempos modernos es anacrónico».
William Pfaff

Partamos de la base, así, sin cataplasmas, de que el sentimiento patriótico es una bobada. Solo es una creencia que apacigua las zozobras psicológicas y otorga sentido a la existencia. Como creer en el libre albedrío o como actuar olvidando que el sol se hinchará en una gigante roja y reducirá nuestro mundo a cenizas en unos millones de años. Si abandonas por un instante la caja y analizas el mundo con perspectiva, todo es absurdo e infantil. Como el amor. El sacrificio. El decoro. La educación. La meritocracia.

Mitos alrededor de los cuales construimos nuestra existencia finita y carente de sentido porque somos seres humanos, no robots perfectamente racionales. Sin esos mitos, tropezaríamos frecuentemente en la abulia o el nihilismo. Si nada importa, tampoco importaría vivir. Todos somos un poco como don Quijote; y formularnos según qué preguntas, si acaso, nos puede conducir a respuestas poco o nada esclarecedoras. Como «42».

La patria solo es otro de esos relatos que nos contamos unos a otros, y también a nosotros mismos, para sentir que nuestra vida tiene un propósito, una dirección, una transcendencia. Para olvidarnos durante un rato de que en realidad solo somos un amasijo de células, o el receptáculo de un conjunto de genes egoístas… o el resultado de una miríada de causas y efectos de partículas en un universo que tiende a la entropía.

Algunas ideas, aunque se nos antojen rancias o bobas, obran como fábulas infantiles que nos permiten codificar un mundo inhumano de una forma más humana. Necesitamos rendir pleitesía a dioses laicos, ya sea la patria, ya sea al amor. En caso contrario, seríamos pasto de un cinismo a lo Mr. Scrooge. O peor aún, acabaríamos atrapados en un conjunto de creencias demagógicas, maniqueas y simplonas vendidas por algún mercachifle que promete la solución a todos nuestros problemas.

La cuestión importante es aceptar que todos, de una u otra forma, seguimos adelante gracias a cuentos que narramos en la oscuridad de la noche para obviar la certeza de que, en fin, no hay más cera que la que arde.

Por eso resulta irónico que los nacionalistas invoquen una sentencia que parece estar reprobando la idea de patria, a la vez que ellos mismos se declaran como nacionalistas, otra idea igual de fantasiosa y absurda. El quid de la cuestión sería, entonces, el dilucidar cuál de los dos cuentos es más peligroso o problemático: ¿el nacionalismo o el patriotismo?

Según Samuel Johnson, el nacionalismo. Porque el patriotismo (que no el jingoísmo o el sentimiento patriotero) favorece la armonía y la cohesión. El nacionalismo, sin embargo, favorece la división y el conflicto; porque es una fuerza que trata de dividir a los pueblos fundamentalmente por su etnia, alcanzando su apogeo con el intento de Woodrow Wilson de dotar a cada grupo étnico de Europa de su propio estado al final de la Primera Guerra Mundial.

El relato lo es todo. No vale afirmar que una cosa es un relato y lo otro, no. Pero, como hemos visto, hay relatos y relatos. Por eso, vamos a contarnos el relato de Samuel Johnson.

LA HISTORIA DEL NIÑO QUE ERA RARO POR DENTRO Y POR FUERA

«El propósito de un semáforo en rojo es puramente comunicativo: existe para que los conductores sepan que deben detenerse. Del mismo modo, creemos algunas cosas solo para comunicar hechos sobre nosotros mismos a los demás».
Eric Funkhouser

Nacido en Lichfield, Inglaterra, en 1709, Johnson fue hijo de un librero fracasado.  También fue un niño frágil que, tras ser infectado de tuberculosis a través de la leche de una nodriza, perdió la visión de un ojo y se quedó sordo de un oído. La viruela que llegó más tarde le dejó marcado el rostro para siempre. Sin embargo, con un aspecto muy parecido al de un ogro, corpulento, feo y cacarizo, evitó siempre la autoindulgencia a la que creía propensos a los enfermos crónicos.

Devoró libros de todo tipo, sobre todo de caballería. Gracias a su memoria prodigiosa era capaz de recitar fragmentos de aquellos volúmenes incluso décadas después de haberlos leído. Pero, si bien prefería la formación autodidacta por encima de la reglada, acabó ingresando en Oxford, donde destacó como un alumno brillante (a pesar de que su ánimo tosco y rebelde le inclinaba a pasar días enteros en total indolencia para, a última hora, entregarse a una actividad febril que le permitía concluir sus tareas antes de la hora prevista de entrega).

Por falta de dinero, solo duró un año en Oxford. Regresó a casa deprimido y, para ahuyentar la idea del sucidio, empezó a hacer caminatas de 50 kilómetros diarios para mantenerse ocupado.

Lo logró y continuó adelante con su aspecto de raro por fuera y raro por dentro. Más aún: había llegado a desarrollar una serie de tics y gestos que probablemente eran resultado de un síndrome de Tourette y un trastorno obsesivo compulsivo.

Por eso, cuando un desconocido lo veía en una taberna, con sus gestos y su rostro espantoso, podía llegar a tomarlo como el tonto del pueblo. Una idea que esfumaba como por ensalmo en cuanto Johnson se decidía a desplegar su desbordante erudición. Con todo, esta demostración tardaba un poco en realizarla para que la sorpresa fuera mayor en su interlocutor. Le encantaba la expresión de sorpresa que producía en quien le había prejuzgado.

El 2 de marzo de 1737, Johnson por fin dio el paso de establecerse en Londres para ganarse la vida precariamente como escritor independiente. Escribía de absolutamente todo, desde poesía a ensayos políticos. Se adaptaba a cualquier tema porque había leído un poco de todo y, si no lo había hecho, no le resultaba difícil documentarse para ir trampeando.

Como hacía poco que se había aprobado una ley que prohibía transcribir los discursos que se pronunciaban en el Parlamento, durante unos años Johnson se especializó en publicar versiones ficticias de tales alocuciones, a modo de ghost writer. Su talento era tan extraordinario que ni siquiera los propios oradores desautorizaban estas versiones libres.

En más de una ocasión, en alguna cena se dio la circunstancia de que alguien elogió el discurso de un político y Johnson tuvo que señalar que el discurso lo había escrito él mismo en una buhardilla de Exeter Street.

Vivía de su talento, como freelance, algo ciertamente insólito en aquella época. Además, llevaba una vida desordenada, disoluta y perezosa, y al parecer era un gran procrastinador, como lo había sido durante su año Oxford. Muchas veces ni siquiera acababa los libros que empezaba a leer. Pero si lograba superar la pereza y empezaba a escribir, entonces su producción se volvía torrencial, como explica David Brooks en El camino del carácter:

«Podía producir doce mil palabras, o treinta páginas de un libro, en una sentada. En esos arrebatos, escribía mil ochocientas palabras por hora, o treinta por minuto. A veces, un mensajero permanecía apoyado en su codo y llevaba cada página a la imprenta cuando Johnson la terminaba, para que no pudiera revisarla y corregirla».

Johnson era un tipo singular pero, sobre todo, contradictorio, como sostiene el biógrafo Jeffrey Meyers: «perezoso y enérgico, agresivo y tierno, melancólico y gracioso, sensato e irracional, confortado pero atormentado por la religión».

Como escribía a menudo en tabernas y cafeterías, también era habitual que se enzarzara en debates con los parroquianos. Cuando esto ocurría, tenía una gran habilidad para aplastar al otro, así que no era raro que cambiara de bando solo para hacer más entretenida la controversia; y también porque creía que la vida real era tan compleja que era necesario, para entender algo, el poder examinarlo desde muchas perspectivas, sacando a la luz todas las contradicciones.

Johnson también era un hombre que experimentaba de primera mano muchas de las cosas sobre las que escribía: entrevistaba a prostitutas, dormía en parques con poetas y le encantaba conocer a gente nueva con independencia de su nivel social. Incluso, ya de anciano, llegó a traerse vagabundos.

The Club, club de caballeros fundado por Samuel Johnson, reunido en una de sus sesiones.

En 1746, firmaría un contrato para escribir un diccionario. Pero si un siglo atrás la Academia francesa había necesitado de cuarenta sabios trabajando durante 45 años en un proyecto semejante, Johnson y seis empleados concluyeron aquel diccionario en solo ocho años.

El Diccionario de Johnson, el primero de la lengua inglesa hasta la publicación del Oxford English Dictionary, es hoy en día aclamado como «uno de los mayores logros individuales de la erudición». Pero Johnson seguía siendo Johnson, siempre a contracorriente, así que, en ocasiones, evitaba la simple descripción de la palabra e incluía algunas notas irónicas y hasta sarcásticas. Es el caso de oats (avena), que definió como «un cereal que generalmente se les da a los caballos en Inglaterra, pero que en Escocia sustenta a la gente».

HIJO DE SU TIEMPO

El principal riesgo de citar sentencias de personajes ilustres no es solo que, de ignorar las circunstancias vitales del personaje, la sentencia pueda sacarse de contexto y malinterpretarse. El principal problema es que tales sentencias están contaminadas por el ecosistema de su tiempo.

Los pensamientos y reflexiones de Johnson hunden sus raíces en la historia cultural de su entorno. Sin contar que hasta el intelectual más elevado también está movido por emociones y prejuicios que pueden influir decisivamente en sus posicionamientos.

En Vida de Samuel Johnson, el biógrafo y amigo James Boswell refiere que un día deambulaba aquel por las noches londinenses con Richard Savage, el poeta vagabundo y asesino convicto. Mientras cruzaban St. James Square, ambos, «muy animosos y rebosantes de patriotismo», estuvieron varias horas despotricando contra el primer ministro, y «resolvieron ayudar como fuera a su país».

Su patriotismo, sin embargo, excluía a los estadounidenses de su sentimiento, pues estos querían independizarse de la soberanía británica. «Deseoso estoy de amar a la humanidad toda, excepto a un americano».

En otras palabras: el patriotismo de Johnson pudiera haber sido alimentado por el nacionalismo estadounidense. Así de irónico es que un nacionalista cite a Johnson como autoridad para despotricar acerca del patriotismo.

Por si fuera poco, el patriotismo de Johnson, claramente delimitado y fronterizo, es también hijo de su tiempo y responde a una cosmovisión inédita, por ejemplo, en la Europa medieval, donde había escasas fronteras territoriales claras. Como explica Michael Billig en Nacionalismo banal:

«Ni una sola instancia de poder controlaba un territorio bien perfilado, ni a la gente que lo habitaba. En todo caso, los territorios no dejaban de alterar su forma de una generación a otra, pues los primeros monarcas medievales solían dividir el reino entre sus herederos. Los campesinos podían sentirse en deuda con un noble local, antes que con un monarca lejano».

Es decir, que en la Europa medieval, los grupos de individuos que habitaban lo que hoy se conoce como Francia o Inglaterra no se consideraban a sí mismos como franceses o ingleses.

Johnson habla desde una cosmovisión donde hay fronteras bien delimitadas y un relato a propósito de la identidad colectiva. Sin estos prerrequisitos, que en ocasiones pueden verse moldeados por la lengua, la religión o la geografía, no puede existir el patriotismo ni el nacionalismo.

«Comunidades imaginadas», que diría el experto en nacionalismos Benedict Anderson. Comunidades que, para reafirmarse, son capaces incluso de inventar tradiciones aparentemente antiguas, como las faldas escocesas.

Tal y como dijo el nacionalista italiano decimonónico Massimo d´Azeglio tras el Risorgimento, «hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer los italianos». También se crearían centros administrativos para gestionar más eficientemente el territorio, hasta el punto de que París, por ejemplo, hablaba metonímica y literalmente por la totalidad de Francia.

Por contrapartida a estas ideas, aparecerán escisiones étnicas o culturales, pues raramente un país es lo suficientemente homogéneo: se estima que apenas 15 de los 180 países actuales no tienen esta clase de manifestaciones. Y entonces, de nuevo, la patria empujará en sentido contrario, persiguiendo la homogeneización: la Constitución turca de 1982, por ejemplo, prohíbe expresamente que un partido político promueva «la defensa, desarrollo o difusión de cualquier lengua o cultura no turcas».

Son relatos que se contraponen. Que luchan por su hegemonía cultural. Sin embargo, son relatos recientes, casi creados ad hoc. El sociólogo Immanuel Wallerstein señala en Raza, nación y clase que en la actualidad muy pocos Estados pueden presumir de ser una entidad administrativa y tener una localización geográfica invariable desde 1450. Porque han sido fuerzas azarosas y arbitrarias las que han configurado el mapa actual del mundo.

Mantenerlo y desconfigurarlo son dos fuerzas legítimas que combaten entre sí. A veces, también violentamente, pues fue a través de la coerción, por ejemplo, como se logró que bretones y occitanos fueran franceses. En caso contrario, Francia sería un conjunto desordenado de grupos de personas que incluso hablarían diferentes lenguas.

De hecho, según el historiador especializado en Francia Douglas Johnson, en la Edad Media «resultaba indiscutiblemente arduo para una persona corriente de una región de Francia hacerse entender en otra región de Francia». Pero un Estado necesita la disciplina de una lengua, y una gramática común.

Por ello, los parlamentos establecen qué lenguas se van a utilizar en la educación pública obligatoria. Incluso los secesionistas, al concebir su nuevo Estado, hacen lo propio: Cataluña no solo aspira a que el catalán sea su lengua frente al castellano, sino también frente al aranés, que se habla en una región dentro de la misma región de Cataluña.

Por ello, la clase media de las zonas metropolitanas tiende a fijar la lengua oficial, relegando a otros patrones de la región la condición de «dialectos». Al fin y al cabo un dialecto es una lengua que no ha triunfado políticamente, como ha señalado el lingüista Einar Haugen.

EL NUEVO RELATO: EL ABRACADABRA TECNOLÓGICO

«Las respuestas correctas rara vez son obvias. Y en los raros casos en que lo son, la política puede hacer que las personas más lúcidas sean ciegas a las verdades más simples. Por eso, cualquier medio de comunicación dirigido por el Estado a menudo se equivocará en las respuestas».
Coleman Hughes

Al igual que contarnos historias sobre patrias, naciones, países o estados es algo relativamente reciente en la historia, también hay fuertes indicios que sugieren que tales relatos van a convertirse en piezas de museo.

Al fin y al cabo, antes del siglo XIX, los estados-nación apenas representaban una mínima fracción de las soberanías del mundo. Su ascenso como tales tuvo lugar con la Revolución francesa, y los síntomas de su muerte, según explican Lord William Rees-Mogg y James Dale Davison en El individuo soberano, empezó con la caída del Muro de Berlín y fueron particularmente afectados por la llegada de la era de la información.

De tal modo, al igual que los desarrollos tecnológicos a partir del siglo XV crearon fuertes incentivos para deslegitimar la religión organizada (otro relato que nos contábamos) y la influencia del clero, las disrupciones tecnológicas del siglo XXI reducirán significativamente el poder y la influencia del estado-nación, así como aumentarán el desprecio hacia los políticos y los burócratas (el moderno oficio sacerdotal).

Patriotas y nacionalistas se irán extinguiendo por igual, cual azucarillos en el café, en un mundo donde tales clasificaciones ya no tienen sentido.

O tal vez no. O no en tanta intensidad. Todo depende, básicamente, de cuánto se desarrolle y de qué manera dos de las tecnologías más disruptivas de nuestro siglo.

Según defienden personas como el cofundador de PayPal, Peter Thiel: por un lado, la inteligencia artificial (IA); por el otro, la criptografía, las tecnologías de cifrado de clave pública/privada y la Web3 (NFT, DeFi, DAO, DApp, Cryptocurrency, GameFi…), así como otras tecnologías basadas en blockchain.

Porque si la inteligencia artificial puede abonar el camino hacia la centralización (no es raro, así, que sea la tecnología favorita del Partido Comunista de China), la criptografía ofrece la perspectiva de un mundo descentralizado e individualizado en el que podremos asociarnos con quienes nos interese.

La IA ofrece un escenario donde uno o dos grandes centros de poder de procesamiento de datos y algoritmos nos ayudarán a surfear la gran ola de incertidumbre que viene. Por su parte, el blockchain nos permite escoger con más libertad que nunca quiénes somos y cómo nos queremos organizar, a expensas de quienes no sintonizan con nosotros.

O todos estamos inmersos en el mismo relato guiados por una divinidad algorítmica o todos nos alzaremos libres para inventar nuestro propio relato.

O nos contarán un cuento o escribiremos nuestro propio cuento.

O Gran Hermano o anarquía.

Probablemente acabaremos entre estos dos mundos. Queda por saber hacia cuál nos inclinaremos más.

CENTRALIZACIÓN VS. DESCENTRALIZACIÓN

Definamos con más detalle ambos escenarios, que acaso funcionan como fantasías escapistas o utopías, para procesar cómo podría moldearse un mundo donde coexistirán con más o menos armonía ambos relatos.

Empecemos por la descentralización absoluta. En este escenario, estaremos rodeados de élites cognitivas y grupos homofílicos que trazarán sus propias jurisdicciones, así como su propio futuro y particular cosmovisión. Una vida fuera del alcance de reyes y políticos, y sobre todo de los grilletes de la democracia (entendida como la dictadura de las mayorías). Una suerte de inmunidad diplomática.

La tecnología de encriptación permitirá, a través del blockchain, formalizar contratos, establecer acuerdos, celebrar matrimonios y realizar pagos sin la intervención de ningún Estado, banco, institución o burócrata, como insisten Rees-Mogg y Dale Davison:

«En el nuevo milenio, el dinero cibernético controlado por los mercados privados reemplazará al dinero fiduciario emitido por los gobiernos. Solo los pobres serán víctimas de la inflación y los consiguientes colapsos en la deflación, que son consecuencias del apalancamiento artificial que el dinero fiduciario inyecta en la economía».

Ya hay varias empresas que están tratando de hacerlo realidad, al igual que lo hicieron asociaciones como la Liga Hanseática hasta la consolidación de los Estados soberanos en Europa hacia finales del siglo XV; o como la Orden de Malta, que aún hoy es reconocida como sujeto de derecho internacional.

Agrupaciones que buscan su propia forma de organización, su propia economía, sus propias regulaciones, incluso su propia forma de afrontar la vida.

Fueros 2.0. Una suerte de sofisticación de muchos de los movimientos separatistas más activos en el mundo, como la Liga del Norte en Italia (la región del norte más rica que quiere independizarse de la región más pobre del sur), los flamencos belgas (más ricos que los valones, quieren dividir Bélgica en dos) o Quebec en Canadá (que aspiran a secesionarse del país sin asumir una carga proporcional de la deuda federal).

En los últimos siglos, tales divisiones se alimentaban popularmente a través del agravio étnico y se troquelaban perfectamente a través de la geografía (lo cual es paradójico, porque la división geográfica no responde a la étnica). Porque el nacionalismo no propone la agrupación libre del individuo, sino la imposición de la unión, tal y como hacen las naciones-estado de los que tratan de desvincularse. No obstante, las independencias del siglo XXI no responderán a criterios geográficos o étnicos, porque la etnia y la geografía carecen de importancia en la era de la información.

A lo largo del siglo XXI, las independencias de moribundos estados-nación no se fundaran en criterios arbitrarios, sino en el proyecto de vida de cada individuo. Pudiendo cambiar de organización todas las veces que lo desee, o incluso participando en unas y otras simultáneamente.

El «votar con los pies» llevado a su máxima expresión, con la diferencia de que ya ni siquiera importará dónde tengas los pies, pues gran parte de las actividades tendrán lugar entre bits en vez de átomos.

Pudiera parecer ilegal o irrealizable en muchas jurisdicciones que las tecnologías de cifrado permitan realizar actividades económicas en cualquier lugar del mundo, lejos del escrutinio estatal, sin depender de territorios concretos, pero en los años 80 también era ilegal en Estados Unidos el enviar un simple fax porque la Oficina Postal consideraba los faxes como correo de primera clase y reclamaba, en consecuencia, su monopolio.

Sea o no ilegal, pues, será inevitable que ocurra, porque existirá un poderoso incentivo ante la posibilidad de que, por fin, no sea condición sine qua non que las controversias sobre opciones mutuamente excluyentes se resuelvan de manera que se requiera la supresión de las preferencias de un gran número de personas.

El otro escenario diametralmente opuesto podría desarrollarse también de un modo incomprensible en la actualidad si el primer escenario fracasa debido a cuestiones técnicas o sociales. De modo que si no triunfa este pronóstico del futuro puede hacerlo su contraparte, la centralización absoluta, el imperio de la IA.

En 2018, el Washington Post publicó un artículo de opinión del profesor de Derecho de la Universidad de Tsinghua (China) Feng Xiang que resume bastante bien esta aspiración:

«Si la IA asigna racionalmente los recursos a través del análisis de big data, y si los circuitos de retroalimentación robustos pueden suplantar las imperfecciones de «la mano invisible» mientras comparten de manera justa la gran riqueza que crea, una economía planificada que realmente funcione podría finalmente ser alcanzable».

En estas megalómanas y homogéneas sociedades centralizadas, las decisiones, en aras de prosperar, deberán cederse a una suerte de sofisticación orwelliana de las recomendaciones personalizadas que realiza Netflix a cada usuario o los algoritmos de los motores de búsqueda, que ofrece la información más fiable de forma automatizada. De esta manera, se evitan influencias políticas, sesgos y partidismos.

Los ciudadanos, incapaces de comprender las complejas interacciones sociales y económicas que se suceden a su alrededor, deberán delegar su autonomía. Delegarán sus decisiones más complejas, y tomarán otras más mundanas, pues máquinas y humanos, frecuentemente, tienen fortalezas y debilidades opuestas.

Habrá quienes quizá desearán ser más libres y autónomos, pero enseguida naufragarán en sus propósitos porque la prosperidad de quienes se dejan guiar por la IA será comparativamente mayor.

Naturalmente, habrá quienes se debatirán entre ser libres pero menos prósperos frente a quienes abandonarán su autonomía. El debate libertad-felicidad dependerá incluso de los niveles neuroquímicos de cada ponente.

Otro escollo más: puede que muchos de estos algoritmos centralizados también cometan errores, pero ¿cómo saberlo? ¿Cómo penetrar en sus cajas negras deliberativas? ¿Cómo aspirar a entender un mundo tan complejo?

Los aspectos de la teoría contemporánea de la IA desafiarán totalmente las intuiciones de Karl Popper expresadas en The Open Society and Its Enemies: persuadido principalmente por la reacción a los horrores totalitarios del fascismo y el comunismo en la Segunda Guerra Mundial, Popper intuyó que la verdad social se sirve mejor mediante la competencia política y la ingeniería social fragmentada, no mediante el monopolio político.

Un planificador central podría seleccionar lo que es mejor para un ser humano promedio, pero lo que es mejor a menudo está lejos de ser obvio. Los seres humanos son bastante diferentes entre sí. Compartimos objetivos solo en el sentido más general. Pero ¿cómo salirse del redil si afuera hace frío? ¿Cómo aceptar la condena al ostracismo cuando los demás parecen sonreír?

Ambos, la centralización extrema y la descentralización extrema, son escenarios de ciencia ficción. No sabemos si se cumplirá alguno de los dos ni en qué medida. Pero sirvan ambos paradigmas para reflexionar, desde ya, sobre los pros y contras. ¿En cuál de ellos podríamos encajar mejor? ¿Quizá habría que dividir la propia humanidad en dos?

Cuando en un estudio de 2015 se analizaron los escaladores del Himalaya durante un siglo (5.104 expediciones en total), los equipos que valoraban más la jerarquía lograban que más escaladores alcanzaran la cima, pero pagando el tributo de tener más muertos en el camino.

Una sólida cadena de mando, pues, tiene sus ventajas, pero la cadena de información se resiente y se ocultan los problemas de los individuos. Los equipos de escaladores necesitan entonces tanto las jerarquías como el individualismo.

Si lo extrapolamos al mundo real, necesitamos IA y criptografía. El problema es que la propia tecnología nos encaminará más hacia un lado que hacia el otro, y si no cuidamos de que haya una tensión entre ambas tendencias que cambie en función de las circunstancias, también seremos testigos de desastres inenarrables.

Es conclusión: ¿Descentralización o centralización? ¿Soberanía individual e independencia fractal o una gigantesca colmena de obreros que rinden pleitesía a la abeja reina? ¿Confiar en que cada uno opte por su proyecto de vida individual o colectivo o depositar la confianza en desarrolladores de algoritmos que perseguirán objetivos que se considerarán inequívocamente correctos?

¿Millones de microsesgos o un gran sesgo monolítico? ¿La soberanía fragmentada o la dictadura democrática? Y lo más importante: la respuesta quizá no debería centrarse en lo que es mejor, sino también en lo que nos hace más felices.

Las implicaciones totales de ambas derivas son casi inimaginables. No sabemos hasta qué punto podremos controlarlas y equilibrarlas. Va a ser apasionante asistir al cambio. Si Samuel Johnson levantase la cabeza…

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«La nación, como comunidad culturalmente definida, es el valor simbólico más alto de la modernidad; ha sido dotada de una carácter casi sagrado que solo puede ser igualado por la religión. De hecho, este carácter casi sagrado se deriva de la religión».
El dios de la modernidad, Josep Ramon Llobera i Plana

«El patriotismo es el último refugio de los canallas» es un apotegma frecuentemente malinterpretado. De hecho, es usado a menudo como argamasa por quienes vituperan el patriotismo.

Sin embargo, lo que aquí estaba sugiriendo Samuel Johnson (1709-1784), una de las figuras más notables de la literatura inglesa de todos los tiempos, es justo lo contrario: que el patriotismo es una idea tan noble que los canallas se refugian en él para perseguir sus propios intereses, lo usan de forma demagógica para vender la moto.

La crítica de Johnson, de hecho, fue una réplica a Jean-Jacques Rousseau de resultas de las disputas que mantuvieron sobre América. Johnson era todo un patriota, además de conservador, y su libro más célebre se titula precisamente El patriota. Los canallas, pues, se refugian en conceptos inmaculados (patriotismo, bondad) cuando arrecian las críticas. Son falsos patriotas.

Irónicamente, son muchos nacionalistas los que usan a Johnson como arma arrojadiza para justificar su anhelo centrífugo, a la vez que atacan el anhelo centrípeto del patriotismo. Porque, si bien las acepciones son porosas y ciertamente intercambiables, hay cierto acuerdo general para definir el patriotismo como el sentimiento de unión y el nacionalismo, como el deseo de escisión de un grupo más pequeño respecto a otro más grande a través del mandato popular. Una idea que denostaba Johnson, como podemos leer en este fragmento de El patriota:

«Aún menos se compromete con confusas vaguedades a obedecer las exigencias de sus electores. Conoce bien los peligros de las facciones y la inconstancia de las multitudes. Antes procurará conocer la importancia y alcance de las opiniones de sus electores. Los programas populares generalmente son obra no de los más sabios y constantes, sino de los violentos y temerarios. Quienes atienden mítines para conferir con sus representantes suelen ser individuos ociosos y licenciosos. Y no andarán errados quienes sospechen que, como sucede con cualquier otra congregación humana, los más sabios de sus representados suelen ser una minoría».

NO HAY MÁS CERA QUE LA QUE ARDE

«El nacionalismo, por supuesto, es intrínsecamente absurdo. ¿Por qué el accidente, la desgracia o infortunio de nacer como estadounidense, albanés, escocés o isleño de Fiji debe imponer lealtades que dominan la vida de un individuo y estructurar una sociedad para ponerla en conflicto formal con otras? En el pasado había lealtades locales al lugar y al clan y la tribu, obligaciones al señor o al terrateniente, guerras dinásticas o territoriales, pero las lealtades primarias eran a la religión, a Dios o al dios-rey, posiblemente al emperador, a una civilización como tal. No había ninguna nación. Había apego a la patria, a la tierra de los padres o al patriotismo, pero hablar de nacionalismo antes de los tiempos modernos es anacrónico».
William Pfaff

Partamos de la base, así, sin cataplasmas, de que el sentimiento patriótico es una bobada. Solo es una creencia que apacigua las zozobras psicológicas y otorga sentido a la existencia. Como creer en el libre albedrío o como actuar olvidando que el sol se hinchará en una gigante roja y reducirá nuestro mundo a cenizas en unos millones de años. Si abandonas por un instante la caja y analizas el mundo con perspectiva, todo es absurdo e infantil. Como el amor. El sacrificio. El decoro. La educación. La meritocracia.

Partamos de la base, así, sin cataplasmas, de que el sentimiento patriótico es una bobada. Solo es una creencia que apacigua las zozobras psicológicas y otorga sentido a la existencia. Como creer en el libre albedrío o como actuar olvidando que el sol se hinchará en una gigante roja y reducirá nuestro mundo a cenizas en unos millones de años. Si abandonas por un instante la caja y analizas el mundo con perspectiva, todo es absurdo e infantil. Como el amor. El sacrificio. El decoro. La educación. La meritocracia.

Mitos alrededor de los cuales construimos nuestra existencia finita y carente de sentido porque somos seres humanos, no robots perfectamente racionales. Sin esos mitos, tropezaríamos frecuentemente en la abulia o el nihilismo. Si nada importa, tampoco importaría vivir. Todos somos un poco como don Quijote; y formularnos según qué preguntas, si acaso, nos puede conducir a respuestas poco o nada esclarecedoras. Como «42».

La patria solo es otro de esos relatos que nos contamos unos a otros, y también a nosotros mismos, para sentir que nuestra vida tiene un propósito, una dirección, una transcendencia. Para olvidarnos durante un rato de que en realidad solo somos un amasijo de células, o el receptáculo de un conjunto de genes egoístas… o el resultado de una miríada de causas y efectos de partículas en un universo que tiende a la entropía.

Algunas ideas, aunque se nos antojen rancias o bobas, obran como fábulas infantiles que nos permiten codificar un mundo inhumano de una forma más humana. Necesitamos rendir pleitesía a dioses laicos, ya sea la patria, ya sea al amor. En caso contrario, seríamos pasto de un cinismo a lo Mr. Scrooge. O peor aún, acabaríamos atrapados en un conjunto de creencias demagógicas, maniqueas y simplonas vendidas por algún mercachifle que promete la solución a todos nuestros problemas.

La cuestión importante es aceptar que todos, de una u otra forma, seguimos adelante gracias a cuentos que narramos en la oscuridad de la noche para obviar la certeza de que, en fin, no hay más cera que la que arde.

Por eso resulta irónico que los nacionalistas invoquen una sentencia que parece estar reprobando la idea de patria, a la vez que ellos mismos se declaran como nacionalistas, otra idea igual de fantasiosa y absurda. El quid de la cuestión sería, entonces, el dilucidar cuál de los dos cuentos es más peligroso o problemático: ¿el nacionalismo o el patriotismo?

Según Samuel Johnson, el nacionalismo. Porque el patriotismo (que no el jingoísmo o el sentimiento patriotero) favorece la armonía y la cohesión. El nacionalismo, sin embargo, favorece la división y el conflicto; porque es una fuerza que trata de dividir a los pueblos fundamentalmente por su etnia, alcanzando su apogeo con el intento de Woodrow Wilson de dotar a cada grupo étnico de Europa de su propio estado al final de la Primera Guerra Mundial.

El relato lo es todo. No vale afirmar que una cosa es un relato y lo otro, no. Pero, como hemos visto, hay relatos y relatos. Por eso, vamos a contarnos el relato de Samuel Johnson.

LA HISTORIA DEL NIÑO QUE ERA RARO POR DENTRO Y POR FUERA

«El propósito de un semáforo en rojo es puramente comunicativo: existe para que los conductores sepan que deben detenerse. Del mismo modo, creemos algunas cosas solo para comunicar hechos sobre nosotros mismos a los demás».
Eric Funkhouser

Nacido en Lichfield, Inglaterra, en 1709, Johnson fue hijo de un librero fracasado.  También fue un niño frágil que, tras ser infectado de tuberculosis a través de la leche de una nodriza, perdió la visión de un ojo y se quedó sordo de un oído. La viruela que llegó más tarde le dejó marcado el rostro para siempre. Sin embargo, con un aspecto muy parecido al de un ogro, corpulento, feo y cacarizo, evitó siempre la autoindulgencia a la que creía propensos a los enfermos crónicos.

Devoró libros de todo tipo, sobre todo de caballería. Gracias a su memoria prodigiosa era capaz de recitar fragmentos de aquellos volúmenes incluso décadas después de haberlos leído. Pero, si bien prefería la formación autodidacta por encima de la reglada, acabó ingresando en Oxford, donde destacó como un alumno brillante (a pesar de que su ánimo tosco y rebelde le inclinaba a pasar días enteros en total indolencia para, a última hora, entregarse a una actividad febril que le permitía concluir sus tareas antes de la hora prevista de entrega).

Por falta de dinero, solo duró un año en Oxford. Regresó a casa deprimido y, para ahuyentar la idea del sucidio, empezó a hacer caminatas de 50 kilómetros diarios para mantenerse ocupado.

Lo logró y continuó adelante con su aspecto de raro por fuera y raro por dentro. Más aún: había llegado a desarrollar una serie de tics y gestos que probablemente eran resultado de un síndrome de Tourette y un trastorno obsesivo compulsivo.

Por eso, cuando un desconocido lo veía en una taberna, con sus gestos y su rostro espantoso, podía llegar a tomarlo como el tonto del pueblo. Una idea que esfumaba como por ensalmo en cuanto Johnson se decidía a desplegar su desbordante erudición. Con todo, esta demostración tardaba un poco en realizarla para que la sorpresa fuera mayor en su interlocutor. Le encantaba la expresión de sorpresa que producía en quien le había prejuzgado.

El 2 de marzo de 1737, Johnson por fin dio el paso de establecerse en Londres para ganarse la vida precariamente como escritor independiente. Escribía de absolutamente todo, desde poesía a ensayos políticos. Se adaptaba a cualquier tema porque había leído un poco de todo y, si no lo había hecho, no le resultaba difícil documentarse para ir trampeando.

Como hacía poco que se había aprobado una ley que prohibía transcribir los discursos que se pronunciaban en el Parlamento, durante unos años Johnson se especializó en publicar versiones ficticias de tales alocuciones, a modo de ghost writer. Su talento era tan extraordinario que ni siquiera los propios oradores desautorizaban estas versiones libres.

En más de una ocasión, en alguna cena se dio la circunstancia de que alguien elogió el discurso de un político y Johnson tuvo que señalar que el discurso lo había escrito él mismo en una buhardilla de Exeter Street.

Vivía de su talento, como freelance, algo ciertamente insólito en aquella época. Además, llevaba una vida desordenada, disoluta y perezosa, y al parecer era un gran procrastinador, como lo había sido durante su año Oxford. Muchas veces ni siquiera acababa los libros que empezaba a leer. Pero si lograba superar la pereza y empezaba a escribir, entonces su producción se volvía torrencial, como explica David Brooks en El camino del carácter:

«Podía producir doce mil palabras, o treinta páginas de un libro, en una sentada. En esos arrebatos, escribía mil ochocientas palabras por hora, o treinta por minuto. A veces, un mensajero permanecía apoyado en su codo y llevaba cada página a la imprenta cuando Johnson la terminaba, para que no pudiera revisarla y corregirla».

Johnson era un tipo singular pero, sobre todo, contradictorio, como sostiene el biógrafo Jeffrey Meyers: «perezoso y enérgico, agresivo y tierno, melancólico y gracioso, sensato e irracional, confortado pero atormentado por la religión».

Como escribía a menudo en tabernas y cafeterías, también era habitual que se enzarzara en debates con los parroquianos. Cuando esto ocurría, tenía una gran habilidad para aplastar al otro, así que no era raro que cambiara de bando solo para hacer más entretenida la controversia; y también porque creía que la vida real era tan compleja que era necesario, para entender algo, el poder examinarlo desde muchas perspectivas, sacando a la luz todas las contradicciones.

Johnson también era un hombre que experimentaba de primera mano muchas de las cosas sobre las que escribía: entrevistaba a prostitutas, dormía en parques con poetas y le encantaba conocer a gente nueva con independencia de su nivel social. Incluso, ya de anciano, llegó a traerse vagabundos.

The Club, club de caballeros fundado por Samuel Johnson, reunido en una de sus sesiones.

En 1746, firmaría un contrato para escribir un diccionario. Pero si un siglo atrás la Academia francesa había necesitado de cuarenta sabios trabajando durante 45 años en un proyecto semejante, Johnson y seis empleados concluyeron aquel diccionario en solo ocho años.

El Diccionario de Johnson, el primero de la lengua inglesa hasta la publicación del Oxford English Dictionary, es hoy en día aclamado como «uno de los mayores logros individuales de la erudición». Pero Johnson seguía siendo Johnson, siempre a contracorriente, así que, en ocasiones, evitaba la simple descripción de la palabra e incluía algunas notas irónicas y hasta sarcásticas. Es el caso de oats (avena), que definió como «un cereal que generalmente se les da a los caballos en Inglaterra, pero que en Escocia sustenta a la gente».

HIJO DE SU TIEMPO

El principal riesgo de citar sentencias de personajes ilustres no es solo que, de ignorar las circunstancias vitales del personaje, la sentencia pueda sacarse de contexto y malinterpretarse. El principal problema es que tales sentencias están contaminadas por el ecosistema de su tiempo.

Los pensamientos y reflexiones de Johnson hunden sus raíces en la historia cultural de su entorno. Sin contar que hasta el intelectual más elevado también está movido por emociones y prejuicios que pueden influir decisivamente en sus posicionamientos.

En Vida de Samuel Johnson, el biógrafo y amigo James Boswell refiere que un día deambulaba aquel por las noches londinenses con Richard Savage, el poeta vagabundo y asesino convicto. Mientras cruzaban St. James Square, ambos, «muy animosos y rebosantes de patriotismo», estuvieron varias horas despotricando contra el primer ministro, y «resolvieron ayudar como fuera a su país».

Su patriotismo, sin embargo, excluía a los estadounidenses de su sentimiento, pues estos querían independizarse de la soberanía británica. «Deseoso estoy de amar a la humanidad toda, excepto a un americano».

En otras palabras: el patriotismo de Johnson pudiera haber sido alimentado por el nacionalismo estadounidense. Así de irónico es que un nacionalista cite a Johnson como autoridad para despotricar acerca del patriotismo.

Por si fuera poco, el patriotismo de Johnson, claramente delimitado y fronterizo, es también hijo de su tiempo y responde a una cosmovisión inédita, por ejemplo, en la Europa medieval, donde había escasas fronteras territoriales claras. Como explica Michael Billig en Nacionalismo banal:

«Ni una sola instancia de poder controlaba un territorio bien perfilado, ni a la gente que lo habitaba. En todo caso, los territorios no dejaban de alterar su forma de una generación a otra, pues los primeros monarcas medievales solían dividir el reino entre sus herederos. Los campesinos podían sentirse en deuda con un noble local, antes que con un monarca lejano».

Es decir, que en la Europa medieval, los grupos de individuos que habitaban lo que hoy se conoce como Francia o Inglaterra no se consideraban a sí mismos como franceses o ingleses.

Johnson habla desde una cosmovisión donde hay fronteras bien delimitadas y un relato a propósito de la identidad colectiva. Sin estos prerrequisitos, que en ocasiones pueden verse moldeados por la lengua, la religión o la geografía, no puede existir el patriotismo ni el nacionalismo.

«Comunidades imaginadas», que diría el experto en nacionalismos Benedict Anderson. Comunidades que, para reafirmarse, son capaces incluso de inventar tradiciones aparentemente antiguas, como las faldas escocesas.

Tal y como dijo el nacionalista italiano decimonónico Massimo d´Azeglio tras el Risorgimento, «hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer los italianos». También se crearían centros administrativos para gestionar más eficientemente el territorio, hasta el punto de que París, por ejemplo, hablaba metonímica y literalmente por la totalidad de Francia.

Por contrapartida a estas ideas, aparecerán escisiones étnicas o culturales, pues raramente un país es lo suficientemente homogéneo: se estima que apenas 15 de los 180 países actuales no tienen esta clase de manifestaciones. Y entonces, de nuevo, la patria empujará en sentido contrario, persiguiendo la homogeneización: la Constitución turca de 1982, por ejemplo, prohíbe expresamente que un partido político promueva «la defensa, desarrollo o difusión de cualquier lengua o cultura no turcas».

Son relatos que se contraponen. Que luchan por su hegemonía cultural. Sin embargo, son relatos recientes, casi creados ad hoc. El sociólogo Immanuel Wallerstein señala en Raza, nación y clase que en la actualidad muy pocos Estados pueden presumir de ser una entidad administrativa y tener una localización geográfica invariable desde 1450. Porque han sido fuerzas azarosas y arbitrarias las que han configurado el mapa actual del mundo.

Mantenerlo y desconfigurarlo son dos fuerzas legítimas que combaten entre sí. A veces, también violentamente, pues fue a través de la coerción, por ejemplo, como se logró que bretones y occitanos fueran franceses. En caso contrario, Francia sería un conjunto desordenado de grupos de personas que incluso hablarían diferentes lenguas.

De hecho, según el historiador especializado en Francia Douglas Johnson, en la Edad Media «resultaba indiscutiblemente arduo para una persona corriente de una región de Francia hacerse entender en otra región de Francia». Pero un Estado necesita la disciplina de una lengua, y una gramática común.

Por ello, los parlamentos establecen qué lenguas se van a utilizar en la educación pública obligatoria. Incluso los secesionistas, al concebir su nuevo Estado, hacen lo propio: Cataluña no solo aspira a que el catalán sea su lengua frente al castellano, sino también frente al aranés, que se habla en una región dentro de la misma región de Cataluña.

Por ello, la clase media de las zonas metropolitanas tiende a fijar la lengua oficial, relegando a otros patrones de la región la condición de «dialectos». Al fin y al cabo un dialecto es una lengua que no ha triunfado políticamente, como ha señalado el lingüista Einar Haugen.

EL NUEVO RELATO: EL ABRACADABRA TECNOLÓGICO

«Las respuestas correctas rara vez son obvias. Y en los raros casos en que lo son, la política puede hacer que las personas más lúcidas sean ciegas a las verdades más simples. Por eso, cualquier medio de comunicación dirigido por el Estado a menudo se equivocará en las respuestas».
Coleman Hughes

Al igual que contarnos historias sobre patrias, naciones, países o estados es algo relativamente reciente en la historia, también hay fuertes indicios que sugieren que tales relatos van a convertirse en piezas de museo.

Al fin y al cabo, antes del siglo XIX, los estados-nación apenas representaban una mínima fracción de las soberanías del mundo. Su ascenso como tales tuvo lugar con la Revolución francesa, y los síntomas de su muerte, según explican Lord William Rees-Mogg y James Dale Davison en El individuo soberano, empezó con la caída del Muro de Berlín y fueron particularmente afectados por la llegada de la era de la información.

De tal modo, al igual que los desarrollos tecnológicos a partir del siglo XV crearon fuertes incentivos para deslegitimar la religión organizada (otro relato que nos contábamos) y la influencia del clero, las disrupciones tecnológicas del siglo XXI reducirán significativamente el poder y la influencia del estado-nación, así como aumentarán el desprecio hacia los políticos y los burócratas (el moderno oficio sacerdotal).

Patriotas y nacionalistas se irán extinguiendo por igual, cual azucarillos en el café, en un mundo donde tales clasificaciones ya no tienen sentido.

O tal vez no. O no en tanta intensidad. Todo depende, básicamente, de cuánto se desarrolle y de qué manera dos de las tecnologías más disruptivas de nuestro siglo.

Según defienden personas como el cofundador de PayPal, Peter Thiel: por un lado, la inteligencia artificial (IA); por el otro, la criptografía, las tecnologías de cifrado de clave pública/privada y la Web3 (NFT, DeFi, DAO, DApp, Cryptocurrency, GameFi…), así como otras tecnologías basadas en blockchain.

Porque si la inteligencia artificial puede abonar el camino hacia la centralización (no es raro, así, que sea la tecnología favorita del Partido Comunista de China), la criptografía ofrece la perspectiva de un mundo descentralizado e individualizado en el que podremos asociarnos con quienes nos interese.

La IA ofrece un escenario donde uno o dos grandes centros de poder de procesamiento de datos y algoritmos nos ayudarán a surfear la gran ola de incertidumbre que viene. Por su parte, el blockchain nos permite escoger con más libertad que nunca quiénes somos y cómo nos queremos organizar, a expensas de quienes no sintonizan con nosotros.

O todos estamos inmersos en el mismo relato guiados por una divinidad algorítmica o todos nos alzaremos libres para inventar nuestro propio relato.

O nos contarán un cuento o escribiremos nuestro propio cuento.

O Gran Hermano o anarquía.

Probablemente acabaremos entre estos dos mundos. Queda por saber hacia cuál nos inclinaremos más.

CENTRALIZACIÓN VS. DESCENTRALIZACIÓN

Definamos con más detalle ambos escenarios, que acaso funcionan como fantasías escapistas o utopías, para procesar cómo podría moldearse un mundo donde coexistirán con más o menos armonía ambos relatos.

Empecemos por la descentralización absoluta. En este escenario, estaremos rodeados de élites cognitivas y grupos homofílicos que trazarán sus propias jurisdicciones, así como su propio futuro y particular cosmovisión. Una vida fuera del alcance de reyes y políticos, y sobre todo de los grilletes de la democracia (entendida como la dictadura de las mayorías). Una suerte de inmunidad diplomática.

La tecnología de encriptación permitirá, a través del blockchain, formalizar contratos, establecer acuerdos, celebrar matrimonios y realizar pagos sin la intervención de ningún Estado, banco, institución o burócrata, como insisten Rees-Mogg y Dale Davison:

«En el nuevo milenio, el dinero cibernético controlado por los mercados privados reemplazará al dinero fiduciario emitido por los gobiernos. Solo los pobres serán víctimas de la inflación y los consiguientes colapsos en la deflación, que son consecuencias del apalancamiento artificial que el dinero fiduciario inyecta en la economía».

Ya hay varias empresas que están tratando de hacerlo realidad, al igual que lo hicieron asociaciones como la Liga Hanseática hasta la consolidación de los Estados soberanos en Europa hacia finales del siglo XV; o como la Orden de Malta, que aún hoy es reconocida como sujeto de derecho internacional.

Agrupaciones que buscan su propia forma de organización, su propia economía, sus propias regulaciones, incluso su propia forma de afrontar la vida.

Fueros 2.0. Una suerte de sofisticación de muchos de los movimientos separatistas más activos en el mundo, como la Liga del Norte en Italia (la región del norte más rica que quiere independizarse de la región más pobre del sur), los flamencos belgas (más ricos que los valones, quieren dividir Bélgica en dos) o Quebec en Canadá (que aspiran a secesionarse del país sin asumir una carga proporcional de la deuda federal).

En los últimos siglos, tales divisiones se alimentaban popularmente a través del agravio étnico y se troquelaban perfectamente a través de la geografía (lo cual es paradójico, porque la división geográfica no responde a la étnica). Porque el nacionalismo no propone la agrupación libre del individuo, sino la imposición de la unión, tal y como hacen las naciones-estado de los que tratan de desvincularse. No obstante, las independencias del siglo XXI no responderán a criterios geográficos o étnicos, porque la etnia y la geografía carecen de importancia en la era de la información.

A lo largo del siglo XXI, las independencias de moribundos estados-nación no se fundaran en criterios arbitrarios, sino en el proyecto de vida de cada individuo. Pudiendo cambiar de organización todas las veces que lo desee, o incluso participando en unas y otras simultáneamente.

El «votar con los pies» llevado a su máxima expresión, con la diferencia de que ya ni siquiera importará dónde tengas los pies, pues gran parte de las actividades tendrán lugar entre bits en vez de átomos.

Pudiera parecer ilegal o irrealizable en muchas jurisdicciones que las tecnologías de cifrado permitan realizar actividades económicas en cualquier lugar del mundo, lejos del escrutinio estatal, sin depender de territorios concretos, pero en los años 80 también era ilegal en Estados Unidos el enviar un simple fax porque la Oficina Postal consideraba los faxes como correo de primera clase y reclamaba, en consecuencia, su monopolio.

Sea o no ilegal, pues, será inevitable que ocurra, porque existirá un poderoso incentivo ante la posibilidad de que, por fin, no sea condición sine qua non que las controversias sobre opciones mutuamente excluyentes se resuelvan de manera que se requiera la supresión de las preferencias de un gran número de personas.

El otro escenario diametralmente opuesto podría desarrollarse también de un modo incomprensible en la actualidad si el primer escenario fracasa debido a cuestiones técnicas o sociales. De modo que si no triunfa este pronóstico del futuro puede hacerlo su contraparte, la centralización absoluta, el imperio de la IA.

En 2018, el Washington Post publicó un artículo de opinión del profesor de Derecho de la Universidad de Tsinghua (China) Feng Xiang que resume bastante bien esta aspiración:

«Si la IA asigna racionalmente los recursos a través del análisis de big data, y si los circuitos de retroalimentación robustos pueden suplantar las imperfecciones de «la mano invisible» mientras comparten de manera justa la gran riqueza que crea, una economía planificada que realmente funcione podría finalmente ser alcanzable».

En estas megalómanas y homogéneas sociedades centralizadas, las decisiones, en aras de prosperar, deberán cederse a una suerte de sofisticación orwelliana de las recomendaciones personalizadas que realiza Netflix a cada usuario o los algoritmos de los motores de búsqueda, que ofrece la información más fiable de forma automatizada. De esta manera, se evitan influencias políticas, sesgos y partidismos.

Los ciudadanos, incapaces de comprender las complejas interacciones sociales y económicas que se suceden a su alrededor, deberán delegar su autonomía. Delegarán sus decisiones más complejas, y tomarán otras más mundanas, pues máquinas y humanos, frecuentemente, tienen fortalezas y debilidades opuestas.

Habrá quienes quizá desearán ser más libres y autónomos, pero enseguida naufragarán en sus propósitos porque la prosperidad de quienes se dejan guiar por la IA será comparativamente mayor.

Naturalmente, habrá quienes se debatirán entre ser libres pero menos prósperos frente a quienes abandonarán su autonomía. El debate libertad-felicidad dependerá incluso de los niveles neuroquímicos de cada ponente.

Otro escollo más: puede que muchos de estos algoritmos centralizados también cometan errores, pero ¿cómo saberlo? ¿Cómo penetrar en sus cajas negras deliberativas? ¿Cómo aspirar a entender un mundo tan complejo?

Los aspectos de la teoría contemporánea de la IA desafiarán totalmente las intuiciones de Karl Popper expresadas en The Open Society and Its Enemies: persuadido principalmente por la reacción a los horrores totalitarios del fascismo y el comunismo en la Segunda Guerra Mundial, Popper intuyó que la verdad social se sirve mejor mediante la competencia política y la ingeniería social fragmentada, no mediante el monopolio político.

Un planificador central podría seleccionar lo que es mejor para un ser humano promedio, pero lo que es mejor a menudo está lejos de ser obvio. Los seres humanos son bastante diferentes entre sí. Compartimos objetivos solo en el sentido más general. Pero ¿cómo salirse del redil si afuera hace frío? ¿Cómo aceptar la condena al ostracismo cuando los demás parecen sonreír?

Ambos, la centralización extrema y la descentralización extrema, son escenarios de ciencia ficción. No sabemos si se cumplirá alguno de los dos ni en qué medida. Pero sirvan ambos paradigmas para reflexionar, desde ya, sobre los pros y contras. ¿En cuál de ellos podríamos encajar mejor? ¿Quizá habría que dividir la propia humanidad en dos?

Cuando en un estudio de 2015 se analizaron los escaladores del Himalaya durante un siglo (5.104 expediciones en total), los equipos que valoraban más la jerarquía lograban que más escaladores alcanzaran la cima, pero pagando el tributo de tener más muertos en el camino.

Una sólida cadena de mando, pues, tiene sus ventajas, pero la cadena de información se resiente y se ocultan los problemas de los individuos. Los equipos de escaladores necesitan entonces tanto las jerarquías como el individualismo.

Si lo extrapolamos al mundo real, necesitamos IA y criptografía. El problema es que la propia tecnología nos encaminará más hacia un lado que hacia el otro, y si no cuidamos de que haya una tensión entre ambas tendencias que cambie en función de las circunstancias, también seremos testigos de desastres inenarrables.

Es conclusión: ¿Descentralización o centralización? ¿Soberanía individual e independencia fractal o una gigantesca colmena de obreros que rinden pleitesía a la abeja reina? ¿Confiar en que cada uno opte por su proyecto de vida individual o colectivo o depositar la confianza en desarrolladores de algoritmos que perseguirán objetivos que se considerarán inequívocamente correctos?

¿Millones de microsesgos o un gran sesgo monolítico? ¿La soberanía fragmentada o la dictadura democrática? Y lo más importante: la respuesta quizá no debería centrarse en lo que es mejor, sino también en lo que nos hace más felices.

Las implicaciones totales de ambas derivas son casi inimaginables. No sabemos hasta qué punto podremos controlarlas y equilibrarlas. Va a ser apasionante asistir al cambio. Si Samuel Johnson levantase la cabeza…

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