17 de febrero 2022    /   CINE/TV
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La loca historia de la ‘Star Wars’ turca: la película más cutre de todos los tiempos

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Turquía, noche cerrada, 1982. Çetin Inanç entra en una sala de cine desierta. Él mismo es cineasta, pero no está allí por amor al arte, tiene una peligrosa misión. Entra sigilosamente en la sala de proyecciones y roba la preciada bobina de Star Wars, una película estadounidense que está teniendo un éxito arrollador.

Se la lleva a su casa, saca unas tijeras y empieza a amputar el metraje. Corta escenas del Halcón Milenario, secuencias de persecuciones con cazas del imperio… Todo aquello que él quiere incluir en su película pero no puede hacer por falta de presupuesto. Corta y pega, corta y pega. Llegan las primeras luces del alba y Çetin, exhausto, devuelve al cine la película original amputada. El público que vio Star Wars en esa sala se perdió varias escenas, pero el sacrificio mereció la pena: el mundo ganó Dünyayı Kurtaran Adam, más conocido como la Star Wars turca. 

«Es, posiblemente, la película comercial más cutre de todos los tiempos», sentencia Carlos Palencia, que de cine cutre sabe un rato. Es el director de CutreCon, el festival de cine cutre de Madrid, que esta semana se inicia con esta joya de la caspa. «Es un filme que siempre se ha valorado proyectar en CutreCon, pero las únicas copias que había eran versiones VHS amarillentas, de una calidad terrible», explica Palencia.

Pero después de mucho buscar han conseguido una versión remasterizada a partir del metraje original. «Los espectadores de CutreCon van a poder disfrutar de Dunyayi Kurtaran Adam prácticamente igual que cuando se estrenó en cines de Turquía en 1982».

Eso es mucho decir. En los años 70 y 80 el cine era una fiesta en Turquía. Las familias iban a las salas casi como un acto social, un lugar donde se hablaba, se chillaba y cantaba. Y si el villano de turno hacía algo reprobable, se tiraba algún que otro vaso a la pantalla. Una sesión de CutreCon cualquiera, vaya. Los directores turcos eran conscientes de que su público estaba más o menos distraído, así que exageraban las emociones, apostaban por una violencia cómica, un dramatismo de telenovela (turca, por supuesto), y se olvidaban de la calidad.

En el documental Remake, remix, rip-of, dedicado a este tipo de cine turco, cuentan como en el país se hacían pelis como churros, a razón de unas 300 al año. Çetin era un buen ejemplo: rodaba películas en diez días, sin parar. Por eso recibía el sobrenombre de Jet, por su velocidad ultrasónica.

No solo la labor del director era precaria. Apenas había tres guionistas para escribir cientos de películas y un puñado de intérpretes que rodaban a un ritmo frenético, a veces varias películas a la vez sin cambiarse siquiera de disfraz (llamar vestuario a aquello sería demasiado generoso). 

En Turquía no existía una ley de copyright, así que para garantizar su éxito, las pelis se inspiraban en superproducciones de Hollywood. Inspirar es quizá una palabra muy amable, más bien las plagiaban. Las plagiaban a lo cutre. Se pegaban secuencias de películas estadounidenses para ganar espectacularidad. Se copiaba título y se caricaturizaba el guion. La banda sonora del original, o de algún blockbuster de la época, se añadía al esperpéntico resultado.

En la de Star Wars, por ejemplo, hay melodías de Flash Gordon o de Indiana Jones. «No tengo ni dinero para catering, ¿cómo voy a pagar una orquesta?», se justifica el mismísimo Çetin en Remake, remix, rip-of. Sobre su robo de parte del metraje original de Star Wars también tiene una buena excusa: «¿Crees que los americanos iban a dárnoslo voluntariamente?».

La Star Wars turca ha pasado a la historia como una de las películas más cutres, malas y gamberras de la historia del cine. Pero también tiene un punto casero y genuinamente original. Hay algo de tierno en un puñado de gente sin dinero, sin tiempo y sin talento intentando emular la gran épopeya del cine moderno. Un director que quiere sacar adelante una película como sea y entretener a la gente. Se puede decir que lo consiguió.

Más allá de las historias de pillaje, hay una anécdota que explica muy bien el espíritu de la Star Wars turca. En la original hay varios travelings, un efecto propio de Hollywood en el que la cámara va sobre raíles, deslizándose suavemente hasta conseguir un plano elegante. Çetin quería replicarlo pero no tenía dinero, así que puso la cámara en una mesa, mojó el suelo, y colocó una pastilla de jabón en cada pata de la mesa… y a rodar. 

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Turquía, noche cerrada, 1982. Çetin Inanç entra en una sala de cine desierta. Él mismo es cineasta, pero no está allí por amor al arte, tiene una peligrosa misión. Entra sigilosamente en la sala de proyecciones y roba la preciada bobina de Star Wars, una película estadounidense que está teniendo un éxito arrollador.

Se la lleva a su casa, saca unas tijeras y empieza a amputar el metraje. Corta escenas del Halcón Milenario, secuencias de persecuciones con cazas del imperio… Todo aquello que él quiere incluir en su película pero no puede hacer por falta de presupuesto. Corta y pega, corta y pega. Llegan las primeras luces del alba y Çetin, exhausto, devuelve al cine la película original amputada. El público que vio Star Wars en esa sala se perdió varias escenas, pero el sacrificio mereció la pena: el mundo ganó Dünyayı Kurtaran Adam, más conocido como la Star Wars turca. 

«Es, posiblemente, la película comercial más cutre de todos los tiempos», sentencia Carlos Palencia, que de cine cutre sabe un rato. Es el director de CutreCon, el festival de cine cutre de Madrid, que esta semana se inicia con esta joya de la caspa. «Es un filme que siempre se ha valorado proyectar en CutreCon, pero las únicas copias que había eran versiones VHS amarillentas, de una calidad terrible», explica Palencia.

Pero después de mucho buscar han conseguido una versión remasterizada a partir del metraje original. «Los espectadores de CutreCon van a poder disfrutar de Dunyayi Kurtaran Adam prácticamente igual que cuando se estrenó en cines de Turquía en 1982».

Eso es mucho decir. En los años 70 y 80 el cine era una fiesta en Turquía. Las familias iban a las salas casi como un acto social, un lugar donde se hablaba, se chillaba y cantaba. Y si el villano de turno hacía algo reprobable, se tiraba algún que otro vaso a la pantalla. Una sesión de CutreCon cualquiera, vaya. Los directores turcos eran conscientes de que su público estaba más o menos distraído, así que exageraban las emociones, apostaban por una violencia cómica, un dramatismo de telenovela (turca, por supuesto), y se olvidaban de la calidad.

En el documental Remake, remix, rip-of, dedicado a este tipo de cine turco, cuentan como en el país se hacían pelis como churros, a razón de unas 300 al año. Çetin era un buen ejemplo: rodaba películas en diez días, sin parar. Por eso recibía el sobrenombre de Jet, por su velocidad ultrasónica.

No solo la labor del director era precaria. Apenas había tres guionistas para escribir cientos de películas y un puñado de intérpretes que rodaban a un ritmo frenético, a veces varias películas a la vez sin cambiarse siquiera de disfraz (llamar vestuario a aquello sería demasiado generoso). 

En Turquía no existía una ley de copyright, así que para garantizar su éxito, las pelis se inspiraban en superproducciones de Hollywood. Inspirar es quizá una palabra muy amable, más bien las plagiaban. Las plagiaban a lo cutre. Se pegaban secuencias de películas estadounidenses para ganar espectacularidad. Se copiaba título y se caricaturizaba el guion. La banda sonora del original, o de algún blockbuster de la época, se añadía al esperpéntico resultado.

En la de Star Wars, por ejemplo, hay melodías de Flash Gordon o de Indiana Jones. «No tengo ni dinero para catering, ¿cómo voy a pagar una orquesta?», se justifica el mismísimo Çetin en Remake, remix, rip-of. Sobre su robo de parte del metraje original de Star Wars también tiene una buena excusa: «¿Crees que los americanos iban a dárnoslo voluntariamente?».

La Star Wars turca ha pasado a la historia como una de las películas más cutres, malas y gamberras de la historia del cine. Pero también tiene un punto casero y genuinamente original. Hay algo de tierno en un puñado de gente sin dinero, sin tiempo y sin talento intentando emular la gran épopeya del cine moderno. Un director que quiere sacar adelante una película como sea y entretener a la gente. Se puede decir que lo consiguió.

Más allá de las historias de pillaje, hay una anécdota que explica muy bien el espíritu de la Star Wars turca. En la original hay varios travelings, un efecto propio de Hollywood en el que la cámara va sobre raíles, deslizándose suavemente hasta conseguir un plano elegante. Çetin quería replicarlo pero no tenía dinero, así que puso la cámara en una mesa, mojó el suelo, y colocó una pastilla de jabón en cada pata de la mesa… y a rodar. 

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