6 de julio 2021    /   IDEAS
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Miguel Sánchez Ibáñez: «¿Por qué tiene que ser la aspiración de una palabra entrar en el diccionario?»

6 de julio 2021    /   IDEAS     por          
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Si jugamos con la metáfora del idioma como un tren, podríamos decir que los neologismos, esas palabras que los hablantes creamos para nombrar nuevas realidades, son, en cierta manera, el motor. O uno de los engranajes de ese motor, si el símil puede parecer exagerado. Porque sin palabras nuevas, los idiomas se paran. Y si una lengua se detiene y no crece, muere.

Sin embargo, qué complicado resulta definir qué es en realidad un neologismo. Miguel Sánchez Ibáñez, profesor universitario, lingüista y traductor, ya advierte en su libro La (neo)lógica de las lenguas (Pie de Página, 2021) que no basta con delimitar a la novedad de una palabra esa definición. Por eso, más que de neologismos, el lingüista vallisoletano prefiere centrarse en la neología y la formación de esos nuevos vocablos. Para él, «la neología es la cuerda que se tensa y se tensa, sin llegar a romperse, entre las normas y la tendencia a hacer de la lengua algo estable y previsible de un lado y todos los elementos que pugnan por renovarla y reinventarla del otro». Y en esa cuerda, los neologismos son las hebras de cáñamo que la componen.

Esa tensión es lo que hace que una lengua sobreviva y crezca, aunque en sus entresijos se desarrollen verdaderas luchas de gigantes: la chispa de lo nuevo y el alcanfor de la norma; lo que dice la Academia sobre su aceptación contra la recepción de los hablantes ante lo nuevo; o, a veces, algo tan simple y tan complejo de explicar como un significado nuevo que destrona al antiguo rey.

la neológica de las lenguas

«La definición de neologismo nunca es estanca ni única para todos los hablantes», explica Sánchez Ibáñez. «Yo puedo percibir una palabra como novedosa que, sin embargo, para ti no lo sea, y viceversa. Todo va a depender de dónde establezcas los límites y de dónde traces las rayas que separan lo nuevo de lo que no es nuevo. En lugar de quedarnos con los neologismos como objeto, como piedrecitas preciosas léxicas que fetichizamos muchas veces, yo creo que es muchísimo más importante hablar de la neología como proceso más que de neologismo como producto; del fenómeno en sí, de la creatividad, de la renovación del lenguaje, en lugar de intentar ponerle puertas al campo e intentar medir cuándo una palabra es neológica, cuándo deja de serlo… porque eso va a variar en función de muchísimos factores».

Simplificando mucho los procesos por los que se crean nuevas palabras, podría decirse que existe una neología formal (añadir prefijos y sufijos, por ejemplo, a una raíz) y una neología semántica (crear nuevos significados a palabras ya existentes en el idioma, como ocurre en el caso de bizarro). Pero, como buen pez escurridizo que es, resulta difícil determinar cuál de ellas es más productiva.

Los neologismos semánticos se nos cuelan de una manera mucho más soterrada y nos cuesta mucho más apreciar o darnos cuenta de que estamos frente a una unidad que ha adquirido un nuevo significado

«No se puede comparar en términos cuantitativos porque las dos pueden ser y son muy productivas, cada una a su manera —aclara el autor de La (neo)lógica de las lenguas—. Sí que es verdad que la productividad de la neología formal es más evidente, quizá, y pasa mucho menos desapercibida que la productividad de la neología semántica. Los neologismos semánticos se nos cuelan de una manera mucho más soterrada y nos cuesta mucho más apreciar o darnos cuenta de que estamos frente a una unidad que ha adquirido un nuevo significado.  Muchas veces son significados relacionados con otros previos, que tienen algún tipo de vínculo, y eso hace que se cuelen y den el pego como palabras no neológicas. Mientras que, si tú añades un prefijo o un sufijo o compones una nueva palabra a partir de otras dos diferentes, salta a la vista enseguida; te van a saltar todas las alarmas seguro. Así que yo creo que las dos son igualmente productivas, pero la formal se ve mucho antes».

¿Hay alguna realidad que cree más neologismos? En un momento dado, mencionas los insultos. ¿La mala leche nos hace ser mucho más creativos?

No es que haya ámbitos que creen más neologismos con más facilidad que otros. Yo creo que en el momento en que hay un ámbito, un campo, un contexto en el que hay necesidades nominativas o estilísticas… necesidades de crear maneras de nombrar la realidad, pues se crean. De nuevo, yo creo que lo que pasa es que en algunos campos y con algunos esquemas, algunas pautas, nos saltan más las alarmas neológicas que en otros.

Cuando hablo de los insultos en el libro es cuando hablo de la creación de neología por composición. Y me parece la cuadratura del círculo cuando se crean palabras por composición, y en concreto esa estructura de verbo + complemento, es decir, pagafantas, comeorejas… ¿Y por qué es la cuadratura del círculo neológica? Porque, por un lado, es un esquema reconocible para los hablantes, es un esquema muy productivo y es un esquema que no chirría.

Los hablantes no sentimos que nos estamos columpiando cuando decimos una palabra así, aunque no la hayamos dicho nunca o no la hayamos escuchado nunca. No sentimos que estemos transgrediendo ninguna norma, y a la vez, tiene una fuerza evocadora y despierta unos radares de neologicidad que cuando escuchas por primera vez recogebolsas, sabes que es la primera vez que lo oyes, lo consideras novedad y sabes, al mismo tiempo, que es un esquema en tu lengua con el que no estás incurriendo en ningún salto al vacío lingüístico a la hora de decirlo.

Cuando aceptamos préstamos, palabras que vienen de otros idiomas, estamos dando un salto al vacío en ese sentido. Estamos usando palabras con las que corremos el riesgo de que quien nos las escuche las tome como poco aceptables. Pero estos neologismos por composición [lo que usan prefijos como mini-, muy productivos y muy utilizados en español} combinan ambas cosas. Combinan el salto al vacío del préstamo con la previsibilidad de la prefijación, están a medio camino entre ambas cosas. Combinan novedad con recursividad, y eso hace que nos encanten y que los formemos constantemente.

Y pobre de la lengua si dejamos de crearlos…

Bueno, desde luego. Una lengua sana es una lengua que está en tensión, una lengua que está en expansión. Y eso implica tropiezos, implica saltos adelante, implica pasos para atrás, implica discrepancias… Si no hubiera eso, el código que utilizamos para expresarnos no se adaptaría a la realidad que va cambiando a nuestro alrededor. Si cambia la realidad que nombramos, cómo no va a cambiar la forma de nombrarla.

Y ahí entramos en conflicto con lo normativo, que podría estar representado por la RAE y su Diccionario, con lo creativo, que seríamos los hablantes…

Claro, esa tensión no tiene por qué estar destinada a solucionarse mediante la asimilación de según qué palabras por la norma. O sea, ¿por qué tiene que ser la aspiración de una palabra entrar en el diccionario? Es genial que haya un diccionario prescriptivo, es genial que haya una serie de normas, que haya unas coordenadas que nos permitan ser eficientes a la hora de comunicarnos y saber cuál es el estándar, o lo que se entiende por estándar según ciertos estamentos de la sociedad. El problema es pensar que ese estándar es la única variante válida, la única legítima, que no hay más maneras de nombrar el mundo, que no hay más maneras de entender el lenguaje y de hacerlo nuestro. Ahí está la falacia.

No pasa nada porque usemos una palabra que no tenga el beneplácito de la norma. Y tampoco pasa nada porque no termine de encontrar su beneplácito

No pasa nada porque usemos una palabra que no tenga el beneplácito de la norma. Y tampoco pasa nada porque no termine de encontrar su beneplácito. No tiene por qué. La RAE lleva diciendo ocho años que tenemos que decir teléfono inteligente y nosotros decimos smartphone. Y smartphone es una palabra que para alguien que no sabe inglés es de todo menos intuitiva. Es que cuesta saber cómo escribirla, la pronunciación tampoco es que sea supersencilla si no estás familiarizado, etc. Y, sin embargo, es la palabra que prima. Y la Academia puede decir misa. ¿Es el objetivo que smartphone acabe en el diccionario? Pues yo no sé hasta qué punto. No le veo el sentido tampoco.

Yo discrepo ahí. Sí le veo el sentido, porque a los que sabemos un poco de lengua, enseguida nos pregunta: y esto cómo se escribe. Y un diccionario sí recoge cómo puedo escribir eso.

Sí, pero ahí entramos en una cuestión que es la ortografía, y no hay que perder de vista que la ortografía es una convención, es algo arbitrario. Es eficiente poder adherirnos a una norma, pero muchas veces esas normas tienen resquicios, tienen puntos ciegos que no permiten saber cómo escribir según qué palabras. Y desde el momento en que una norma tiene esos puntos ciegos, esos huecos que te dejan con la duda, pues igual esa norma no está respondiendo a las necesidades de los hablantes. Y eso también hay que tenerlo en cuenta.

Genial poder consultar una ortografía para saber cómo escribir una palabra, pero también hay que ser conscientes de que si tú la escribes y quien tienes delante entiende lo que estás escribiendo, qué más da si lo escribes con e inicial, o con f, o con ph… Si la otra persona lo entiende, qué más da. ¿Verdaderamente quieres usar la ortografía para hacerte entender o para adherirte a una convención prestigiada que va a hacer que lo que escribas tenga X marchamo de calidad?

La norma no puede ser ni limitante ni desconcertante

Sabes lo que pasa, que con la ortografía cada vez soy más radical, estoy en una época destroyer de mi vida, jajaja. Lo veo muy en clave constructo oprimente, también en algunos casos un poco opresor, y esa falacia de la ortografía de invalidar mensajes porque no estén bien escritos… Me rebelo contra eso con bastante fiereza.

La norma no puede ser ni limitante ni desconcertante. Al final, la norma termina por crear pequeños monstruos normativos. Y al final, nos tragamos a la Academia todos y todos tenemos un académico dentro que nos dice cómo hacer las cosas, incluso aunque la propia Academia nos diga lo contario. Esto es paradójico y muy elocuente.

Otra clave que no quiero pasar por alto: Cada vez escribimos más. Y es verdad, pero cada vez escribimos más en contextos que rozan en la oralidad. Yo me paso el día escribiendo guasaps, pero son conversaciones, si lo piensas. Y son conversaciones que antes se tenían en un plano oral.

También esa oralidad influye en la manera en que nos comunicamos por escrito. Influye en la variación ortográfica, pero influye también en la puntuación, por ejemplo, el uso de los emojis… Hay un montón de elementos y de factores que se están incorporando al canal escrito por el influjo total de la oralidad y de las necesidades pragmáticas de los nuevos medios de expresión. Me cuestiono el papel de la ortografía ahí. O replanteamos qué entendemos por ortografía o se nos queda un poco corta en muchísimas cosas. Y quizá para cuando llegue la regularización de muchísimas cosas, ni sean relevantes.

Cierto. La Academia necesita un punto de vista más novedoso y eso lo dan los jóvenes. No se puede limitar el habla al punto de vista de los más mayores. Los jóvenes son los que innovan en el idioma.

Y no solo que los jóvenes innoven, sino que son también los que tienen una percepción más positiva de la innovación. Porque ya no es una cuestión de hablantes como acuñadores de unidades léxicas, sino de hablantes como jueces de la propia lengua que usan.

Al final, es vital el juicio que emitimos y la consideración que tenemos de según qué palabras. Y los jóvenes tienen una predisposición muchísimo más positiva frente a unidades que no han visto antes. Y eso tiene que estar reflejado en quien dice que marca los designios de nuestra lengua.

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Si jugamos con la metáfora del idioma como un tren, podríamos decir que los neologismos, esas palabras que los hablantes creamos para nombrar nuevas realidades, son, en cierta manera, el motor. O uno de los engranajes de ese motor, si el símil puede parecer exagerado. Porque sin palabras nuevas, los idiomas se paran. Y si una lengua se detiene y no crece, muere.

Sin embargo, qué complicado resulta definir qué es en realidad un neologismo. Miguel Sánchez Ibáñez, profesor universitario, lingüista y traductor, ya advierte en su libro La (neo)lógica de las lenguas (Pie de Página, 2021) que no basta con delimitar a la novedad de una palabra esa definición. Por eso, más que de neologismos, el lingüista vallisoletano prefiere centrarse en la neología y la formación de esos nuevos vocablos. Para él, «la neología es la cuerda que se tensa y se tensa, sin llegar a romperse, entre las normas y la tendencia a hacer de la lengua algo estable y previsible de un lado y todos los elementos que pugnan por renovarla y reinventarla del otro». Y en esa cuerda, los neologismos son las hebras de cáñamo que la componen.

Esa tensión es lo que hace que una lengua sobreviva y crezca, aunque en sus entresijos se desarrollen verdaderas luchas de gigantes: la chispa de lo nuevo y el alcanfor de la norma; lo que dice la Academia sobre su aceptación contra la recepción de los hablantes ante lo nuevo; o, a veces, algo tan simple y tan complejo de explicar como un significado nuevo que destrona al antiguo rey.

la neológica de las lenguas

«La definición de neologismo nunca es estanca ni única para todos los hablantes», explica Sánchez Ibáñez. «Yo puedo percibir una palabra como novedosa que, sin embargo, para ti no lo sea, y viceversa. Todo va a depender de dónde establezcas los límites y de dónde traces las rayas que separan lo nuevo de lo que no es nuevo. En lugar de quedarnos con los neologismos como objeto, como piedrecitas preciosas léxicas que fetichizamos muchas veces, yo creo que es muchísimo más importante hablar de la neología como proceso más que de neologismo como producto; del fenómeno en sí, de la creatividad, de la renovación del lenguaje, en lugar de intentar ponerle puertas al campo e intentar medir cuándo una palabra es neológica, cuándo deja de serlo… porque eso va a variar en función de muchísimos factores».

Simplificando mucho los procesos por los que se crean nuevas palabras, podría decirse que existe una neología formal (añadir prefijos y sufijos, por ejemplo, a una raíz) y una neología semántica (crear nuevos significados a palabras ya existentes en el idioma, como ocurre en el caso de bizarro). Pero, como buen pez escurridizo que es, resulta difícil determinar cuál de ellas es más productiva.

Los neologismos semánticos se nos cuelan de una manera mucho más soterrada y nos cuesta mucho más apreciar o darnos cuenta de que estamos frente a una unidad que ha adquirido un nuevo significado

«No se puede comparar en términos cuantitativos porque las dos pueden ser y son muy productivas, cada una a su manera —aclara el autor de La (neo)lógica de las lenguas—. Sí que es verdad que la productividad de la neología formal es más evidente, quizá, y pasa mucho menos desapercibida que la productividad de la neología semántica. Los neologismos semánticos se nos cuelan de una manera mucho más soterrada y nos cuesta mucho más apreciar o darnos cuenta de que estamos frente a una unidad que ha adquirido un nuevo significado.  Muchas veces son significados relacionados con otros previos, que tienen algún tipo de vínculo, y eso hace que se cuelen y den el pego como palabras no neológicas. Mientras que, si tú añades un prefijo o un sufijo o compones una nueva palabra a partir de otras dos diferentes, salta a la vista enseguida; te van a saltar todas las alarmas seguro. Así que yo creo que las dos son igualmente productivas, pero la formal se ve mucho antes».

«No se puede comparar en términos cuantitativos porque las dos pueden ser y son muy productivas, cada una a su manera —aclara el autor de La (neo)lógica de las lenguas—. Sí que es verdad que la productividad de la neología formal es más evidente, quizá, y pasa mucho menos desapercibida que la productividad de la neología semántica. Los neologismos semánticos se nos cuelan de una manera mucho más soterrada y nos cuesta mucho más apreciar o darnos cuenta de que estamos frente a una unidad que ha adquirido un nuevo significado.  Muchas veces son significados relacionados con otros previos, que tienen algún tipo de vínculo, y eso hace que se cuelen y den el pego como palabras no neológicas. Mientras que, si tú añades un prefijo o un sufijo o compones una nueva palabra a partir de otras dos diferentes, salta a la vista enseguida; te van a saltar todas las alarmas seguro. Así que yo creo que las dos son igualmente productivas, pero la formal se ve mucho antes».

¿Hay alguna realidad que cree más neologismos? En un momento dado, mencionas los insultos. ¿La mala leche nos hace ser mucho más creativos?

No es que haya ámbitos que creen más neologismos con más facilidad que otros. Yo creo que en el momento en que hay un ámbito, un campo, un contexto en el que hay necesidades nominativas o estilísticas… necesidades de crear maneras de nombrar la realidad, pues se crean. De nuevo, yo creo que lo que pasa es que en algunos campos y con algunos esquemas, algunas pautas, nos saltan más las alarmas neológicas que en otros.

Cuando hablo de los insultos en el libro es cuando hablo de la creación de neología por composición. Y me parece la cuadratura del círculo cuando se crean palabras por composición, y en concreto esa estructura de verbo + complemento, es decir, pagafantas, comeorejas… ¿Y por qué es la cuadratura del círculo neológica? Porque, por un lado, es un esquema reconocible para los hablantes, es un esquema muy productivo y es un esquema que no chirría.

Los hablantes no sentimos que nos estamos columpiando cuando decimos una palabra así, aunque no la hayamos dicho nunca o no la hayamos escuchado nunca. No sentimos que estemos transgrediendo ninguna norma, y a la vez, tiene una fuerza evocadora y despierta unos radares de neologicidad que cuando escuchas por primera vez recogebolsas, sabes que es la primera vez que lo oyes, lo consideras novedad y sabes, al mismo tiempo, que es un esquema en tu lengua con el que no estás incurriendo en ningún salto al vacío lingüístico a la hora de decirlo.

Cuando aceptamos préstamos, palabras que vienen de otros idiomas, estamos dando un salto al vacío en ese sentido. Estamos usando palabras con las que corremos el riesgo de que quien nos las escuche las tome como poco aceptables. Pero estos neologismos por composición [lo que usan prefijos como mini-, muy productivos y muy utilizados en español} combinan ambas cosas. Combinan el salto al vacío del préstamo con la previsibilidad de la prefijación, están a medio camino entre ambas cosas. Combinan novedad con recursividad, y eso hace que nos encanten y que los formemos constantemente.

Y pobre de la lengua si dejamos de crearlos…

Bueno, desde luego. Una lengua sana es una lengua que está en tensión, una lengua que está en expansión. Y eso implica tropiezos, implica saltos adelante, implica pasos para atrás, implica discrepancias… Si no hubiera eso, el código que utilizamos para expresarnos no se adaptaría a la realidad que va cambiando a nuestro alrededor. Si cambia la realidad que nombramos, cómo no va a cambiar la forma de nombrarla.

Y ahí entramos en conflicto con lo normativo, que podría estar representado por la RAE y su Diccionario, con lo creativo, que seríamos los hablantes…

Claro, esa tensión no tiene por qué estar destinada a solucionarse mediante la asimilación de según qué palabras por la norma. O sea, ¿por qué tiene que ser la aspiración de una palabra entrar en el diccionario? Es genial que haya un diccionario prescriptivo, es genial que haya una serie de normas, que haya unas coordenadas que nos permitan ser eficientes a la hora de comunicarnos y saber cuál es el estándar, o lo que se entiende por estándar según ciertos estamentos de la sociedad. El problema es pensar que ese estándar es la única variante válida, la única legítima, que no hay más maneras de nombrar el mundo, que no hay más maneras de entender el lenguaje y de hacerlo nuestro. Ahí está la falacia.

No pasa nada porque usemos una palabra que no tenga el beneplácito de la norma. Y tampoco pasa nada porque no termine de encontrar su beneplácito

No pasa nada porque usemos una palabra que no tenga el beneplácito de la norma. Y tampoco pasa nada porque no termine de encontrar su beneplácito. No tiene por qué. La RAE lleva diciendo ocho años que tenemos que decir teléfono inteligente y nosotros decimos smartphone. Y smartphone es una palabra que para alguien que no sabe inglés es de todo menos intuitiva. Es que cuesta saber cómo escribirla, la pronunciación tampoco es que sea supersencilla si no estás familiarizado, etc. Y, sin embargo, es la palabra que prima. Y la Academia puede decir misa. ¿Es el objetivo que smartphone acabe en el diccionario? Pues yo no sé hasta qué punto. No le veo el sentido tampoco.

Yo discrepo ahí. Sí le veo el sentido, porque a los que sabemos un poco de lengua, enseguida nos pregunta: y esto cómo se escribe. Y un diccionario sí recoge cómo puedo escribir eso.

Sí, pero ahí entramos en una cuestión que es la ortografía, y no hay que perder de vista que la ortografía es una convención, es algo arbitrario. Es eficiente poder adherirnos a una norma, pero muchas veces esas normas tienen resquicios, tienen puntos ciegos que no permiten saber cómo escribir según qué palabras. Y desde el momento en que una norma tiene esos puntos ciegos, esos huecos que te dejan con la duda, pues igual esa norma no está respondiendo a las necesidades de los hablantes. Y eso también hay que tenerlo en cuenta.

Genial poder consultar una ortografía para saber cómo escribir una palabra, pero también hay que ser conscientes de que si tú la escribes y quien tienes delante entiende lo que estás escribiendo, qué más da si lo escribes con e inicial, o con f, o con ph… Si la otra persona lo entiende, qué más da. ¿Verdaderamente quieres usar la ortografía para hacerte entender o para adherirte a una convención prestigiada que va a hacer que lo que escribas tenga X marchamo de calidad?

La norma no puede ser ni limitante ni desconcertante

Sabes lo que pasa, que con la ortografía cada vez soy más radical, estoy en una época destroyer de mi vida, jajaja. Lo veo muy en clave constructo oprimente, también en algunos casos un poco opresor, y esa falacia de la ortografía de invalidar mensajes porque no estén bien escritos… Me rebelo contra eso con bastante fiereza.

La norma no puede ser ni limitante ni desconcertante. Al final, la norma termina por crear pequeños monstruos normativos. Y al final, nos tragamos a la Academia todos y todos tenemos un académico dentro que nos dice cómo hacer las cosas, incluso aunque la propia Academia nos diga lo contario. Esto es paradójico y muy elocuente.

Otra clave que no quiero pasar por alto: Cada vez escribimos más. Y es verdad, pero cada vez escribimos más en contextos que rozan en la oralidad. Yo me paso el día escribiendo guasaps, pero son conversaciones, si lo piensas. Y son conversaciones que antes se tenían en un plano oral.

También esa oralidad influye en la manera en que nos comunicamos por escrito. Influye en la variación ortográfica, pero influye también en la puntuación, por ejemplo, el uso de los emojis… Hay un montón de elementos y de factores que se están incorporando al canal escrito por el influjo total de la oralidad y de las necesidades pragmáticas de los nuevos medios de expresión. Me cuestiono el papel de la ortografía ahí. O replanteamos qué entendemos por ortografía o se nos queda un poco corta en muchísimas cosas. Y quizá para cuando llegue la regularización de muchísimas cosas, ni sean relevantes.

Cierto. La Academia necesita un punto de vista más novedoso y eso lo dan los jóvenes. No se puede limitar el habla al punto de vista de los más mayores. Los jóvenes son los que innovan en el idioma.

Y no solo que los jóvenes innoven, sino que son también los que tienen una percepción más positiva de la innovación. Porque ya no es una cuestión de hablantes como acuñadores de unidades léxicas, sino de hablantes como jueces de la propia lengua que usan.

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