21 de noviembre 2014    /   CREATIVIDAD
por
 

¿Cuántos significados tiene la lluvia?

21 de noviembre 2014    /   CREATIVIDAD     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Se despidió de todos con un beso y salió por la puerta con su troley azul por todo equipaje. Dentro, desde el balcón del salón, su madre miraba cómo se alejaba calle abajo en dirección al metro. Llovía. Las gotas de agua mojaban sin orden el cristal del ventanal. Empezaba así el primer día del resto de sus vidas. Y el de ella estaba empapado de nostalgia y de un pasado que se escurría sin ruido por los cristales del mirador.
La lluvia tiene ese tono melancólico y lacio que nos pone tristes cuando la vemos aparecer. Quizá el gris de sus nubes o la languidez de su caída tengan que ver con esa tendencia a la melancolía.
Y sin embargo, cuánta vida albergan sus gotas. Cuánto de renovación, de revitalización en su esencia.
«Tiene que llover a cántaros», cantaban los jóvenes revolucionarios del 68 para cambiar el mundo. Debe ser que no llovió todo lo necesario, y que de aquellos polvos, estos lodos. Pero qué bien entendieron el mensaje del agua caída del cielo: limpiemos los adoquines por si fuera verdad que debajo de ellos está la arena de la playa.
A la lluvia le han cantado poetas. Ha inspirado canciones, ha creado modas, ha despertado la fe de los más escépticos en forma de novena, haciendo desfilar vírgenes y santos por los campos áridos pidiéndoles agua. Sin lluvia, sin agua los árboles mueren. Y mueren los charcos y los ríos. Y morimos todos, secos y ásperos.
Si llueve, parece que el alma se nos encoge un poco. No es miedo, sino algo así como un gesto friolero que nuestro ánimo hiciera para intentar conservar el calor ovillándose sobre sí mismo. Da miedo el agua cuando no sabemos bien si nos va a limpiar o solo nos mojará. Aterra cuando cae sin control y lo inunda todo. Qué peor castigo pudo inventar Dios para renovar su creación que enviar un diluvio a modo de borrón y cuenta nueva.

La lluvia tiene ese tono melancólico y lacio que nos pone tristes cuando la vemos aparecer


La lluvia acompaña cuando la escuchamos golpear los cristales del dormitorio. Nos mece su canción rítmica, ininterrumpida y suave ayudándonos a coger el sueño. Y nos regala el aroma a tierra mojada, a pura vida, para que sepamos que nada acaba para siempre, que todo se transforma, que nada muere si ella está allí.
¡Qué hermosa la lluvia como metáfora! La invocamos para que se lleve nuestro dolor, para que borre nuestros errores, para que traiga lágrimas a nuestros ojos cuando se secan. Y cómo nos molesta cuando la sacamos del campo poético. Qué incordio cuando nos obliga a cargar con paraguas o con capuchas, cuando paraliza nuestro tráfico, cuando mancha nuestro coche recién lavado, cuando nos obliga a encerrarnos en casa porque no deja de caer despótica y cruel, carcelera implacable. Así que nos volvemos niños una vez más y esperamos impacientes a que amaine, vigilando nerviosos desde las ventanas, esperando ansiosos para salir a jugar al jardín.
La lluvia es erótica cuando la vemos mojar el cuerpo de la persona amada. Juega con la ropa ciñéndola a las curvas y recovecos del cuerpo que deseamos poseer, que deseamos tocar, que deseamos abrazar. Nos regala divertida la silueta que alimenta y da alas a nuestro deseo. Abrillanta los labios que invitan a ser besados. Nos cala de sensualidad incluso aunque no nos sintamos bellos.
Y qué cruel, sin embargo, cuando en lugar de dibujarlos encorva los cuerpos de los que no tienen nada, de los que todo lo perdieron y viven en la calle. A su pobreza y a su miseria los rubrica con un sello de agua implacable. La lluvia como marca maldita de la mayor de las desolaciones en los abrigos sucios de los desheradados.
Lluvia como amenaza. Lluvia como esperanza. Y en el fondo, detrás de tanta literatura y de tanto simbolismo, la lluvia no es más que un fenómeno atmosférico que nos recuerda lo frágiles o poderosos que podemos llegar a ser.
Al abrir la puerta del portal, se detuvo un momento y miró hacia el cielo. El agua se dibujaba brillante a la luz de la farola de la esquina. Tranquilo, yo te cubro, parecía decirle. Se subió el cuello del abrigo, abrió el paraguas, y agarrando la maleta salió con decisión a la calle sin querer mirar hacia el balcón de su casa donde, estaba seguro, vería a su madre observándole detrás de los visillos. Hoy era el día. Pero la lluvia que caía sin parar, lejos de molestarle, le alentaba a seguir andando, como si ella sola bastara para despejar de dudas el camino que ahora empezaba.

Foto: Shutterstock

Se despidió de todos con un beso y salió por la puerta con su troley azul por todo equipaje. Dentro, desde el balcón del salón, su madre miraba cómo se alejaba calle abajo en dirección al metro. Llovía. Las gotas de agua mojaban sin orden el cristal del ventanal. Empezaba así el primer día del resto de sus vidas. Y el de ella estaba empapado de nostalgia y de un pasado que se escurría sin ruido por los cristales del mirador.
La lluvia tiene ese tono melancólico y lacio que nos pone tristes cuando la vemos aparecer. Quizá el gris de sus nubes o la languidez de su caída tengan que ver con esa tendencia a la melancolía.
Y sin embargo, cuánta vida albergan sus gotas. Cuánto de renovación, de revitalización en su esencia.
«Tiene que llover a cántaros», cantaban los jóvenes revolucionarios del 68 para cambiar el mundo. Debe ser que no llovió todo lo necesario, y que de aquellos polvos, estos lodos. Pero qué bien entendieron el mensaje del agua caída del cielo: limpiemos los adoquines por si fuera verdad que debajo de ellos está la arena de la playa.
A la lluvia le han cantado poetas. Ha inspirado canciones, ha creado modas, ha despertado la fe de los más escépticos en forma de novena, haciendo desfilar vírgenes y santos por los campos áridos pidiéndoles agua. Sin lluvia, sin agua los árboles mueren. Y mueren los charcos y los ríos. Y morimos todos, secos y ásperos.
Si llueve, parece que el alma se nos encoge un poco. No es miedo, sino algo así como un gesto friolero que nuestro ánimo hiciera para intentar conservar el calor ovillándose sobre sí mismo. Da miedo el agua cuando no sabemos bien si nos va a limpiar o solo nos mojará. Aterra cuando cae sin control y lo inunda todo. Qué peor castigo pudo inventar Dios para renovar su creación que enviar un diluvio a modo de borrón y cuenta nueva.

La lluvia tiene ese tono melancólico y lacio que nos pone tristes cuando la vemos aparecer


La lluvia acompaña cuando la escuchamos golpear los cristales del dormitorio. Nos mece su canción rítmica, ininterrumpida y suave ayudándonos a coger el sueño. Y nos regala el aroma a tierra mojada, a pura vida, para que sepamos que nada acaba para siempre, que todo se transforma, que nada muere si ella está allí.
¡Qué hermosa la lluvia como metáfora! La invocamos para que se lleve nuestro dolor, para que borre nuestros errores, para que traiga lágrimas a nuestros ojos cuando se secan. Y cómo nos molesta cuando la sacamos del campo poético. Qué incordio cuando nos obliga a cargar con paraguas o con capuchas, cuando paraliza nuestro tráfico, cuando mancha nuestro coche recién lavado, cuando nos obliga a encerrarnos en casa porque no deja de caer despótica y cruel, carcelera implacable. Así que nos volvemos niños una vez más y esperamos impacientes a que amaine, vigilando nerviosos desde las ventanas, esperando ansiosos para salir a jugar al jardín.
La lluvia es erótica cuando la vemos mojar el cuerpo de la persona amada. Juega con la ropa ciñéndola a las curvas y recovecos del cuerpo que deseamos poseer, que deseamos tocar, que deseamos abrazar. Nos regala divertida la silueta que alimenta y da alas a nuestro deseo. Abrillanta los labios que invitan a ser besados. Nos cala de sensualidad incluso aunque no nos sintamos bellos.
Y qué cruel, sin embargo, cuando en lugar de dibujarlos encorva los cuerpos de los que no tienen nada, de los que todo lo perdieron y viven en la calle. A su pobreza y a su miseria los rubrica con un sello de agua implacable. La lluvia como marca maldita de la mayor de las desolaciones en los abrigos sucios de los desheradados.
Lluvia como amenaza. Lluvia como esperanza. Y en el fondo, detrás de tanta literatura y de tanto simbolismo, la lluvia no es más que un fenómeno atmosférico que nos recuerda lo frágiles o poderosos que podemos llegar a ser.
Al abrir la puerta del portal, se detuvo un momento y miró hacia el cielo. El agua se dibujaba brillante a la luz de la farola de la esquina. Tranquilo, yo te cubro, parecía decirle. Se subió el cuello del abrigo, abrió el paraguas, y agarrando la maleta salió con decisión a la calle sin querer mirar hacia el balcón de su casa donde, estaba seguro, vería a su madre observándole detrás de los visillos. Hoy era el día. Pero la lluvia que caía sin parar, lejos de molestarle, le alentaba a seguir andando, como si ella sola bastara para despejar de dudas el camino que ahora empezaba.

Foto: Shutterstock

¡Descarga Yorokobu gratis en formato digital!

Llévate el PDF de la Gran Oportunidad por la cara haciendo clic aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
La agencia de viajes en el tiempo
Lanzamientos de bebé, pelo congelado y otras tradiciones populares
Las tipografías infinitas de Typewear
¿Por qué el diseño de textos en internet tiene que ser feo?
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 5
  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    El rollo legal de las cookies

    La Ley 34/2002 nos obliga a avisarte de que usamos cookies propias y de terceros (ni de cuartos ni de quintos) con objetivos estadísticos y de sesión y para mostrarte la 'publi' que nos da de comer. Tenemos una política de cookies majísima y bla bla bla. Si continúas navegando, asumimos que aceptas y que todo guay. Si no te parece bien, huye y vuelve por donde has venido, que nadie te obliga a entrar aquí. Pincha este enlace para conocer los detalles. Tranquilo, este mensaje solo sale una vez. Esperamos.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies