Publicado: 17 de enero 2024 10:46  /   CREATIVIDAD
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Lola Flores, la posverdad, la IA y el puntillismo

Hace cien años era difícil imaginar cuáles serían las distopías con las que conviviríamos hoy. Cómo augurar entonces que contemplaríamos asombrados el avance de la inteligencia artificial en una realidad llena de manipulaciones, bulos y posverdad.

Publicado: 17 de enero 2024 10:46  /   CREATIVIDAD     por          
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La omnisciente y el puntillismo

Hace algo más de cien años nacía Lola Flores, que tenía poco de distópica, pero que reapareció en las pantallas después de muerta para una campaña publicitaria. Pero no era ella, sino una simulación realista usando inteligencia artificial. Otro engaño de un presente en el que es difícil confiar. Un arte, el del engaño, que ella misma manejaba también con arte: «Cuando yo digo las mentiras las convierto en verdad», dijo en una ocasión. Posverdad pura.

Tres décadas antes de que naciera, se puso de moda en Francia un movimiento artístico que sirve bien para entender la dicotomía temporal de la Faraona. Fue un movimiento pictórico cuyos cuadros se componían con pequeños puntos de colores —de ahí el nombre— que, vistos de cerca, sugieren formas y figuras. Pero esas láminas tienen una doble lectura. Al darse unos pasos atrás para ganar perspectiva, los motivos se diluyen, los puntos se unen y se despliega ante la vista el retrato general. Los detalles desaparecen para que aparezca una visión de conjunto.

La vida es como un cuadro puntillista porque el revisionismo está de moda. A lo largo de la historia hemos intentado tomar perspectiva para juzgar los hechos, para entender causas y consecuencias. Pero de un tiempo a esta parte nos ha dado por acercarnos para ver los puntos muy de cerca: escrutamos cada pequeño detalle sin distancia, aplicando sobre él un juicio basado en la actualidad. El lenguaje de Roal Dahl es degradante. Los clásicos de Disney son estereotipados. Tintín nació en un periódico colaboracionista. Y entonces lanzamos un cuadro de pintura negra sobre la obra para taparlo todo.

Los cuadros puntillistas, aunque partían de composiciones básicas, eran coloridos y ricos en matices. Tenían un aire costumbrista, retratando paisajes y escenas cotidianas con esa doble perspectiva. La realidad actual se asemeja más a un conjunto de blancos o negros, con escalas grises entre el lógico rechazo a conductas que hoy nos parecen reprobables y el aprecio a la obra de quienes vivieron contextos que no se pueden juzgar desde el nuestro.

Pocas figuras hay más costumbristas, y que peguen más con la estética de puntos de colores, que Lola Flores. En su caso, claro está, lunares y bata de cola. Pero también hay dobles lecturas: la del entonces y la del ahora.

Por eso es también una de las figuras más reinterpretadas de nuestro tiempo: su modernidad, por todo lo que dijo e hizo, en un a veces difícil equilibrio con su contexto. Repasar su vida con la óptica que da el momento actual hace que muchos vean en ella a una adelantada a su tiempo, una pionera en muchos ámbitos. Como en el meme de «esto ya lo dijeron Los Simpson», Lola Flores es, para muchos, una especie de mito omnisciente. Como cuando hizo de adivina en una serie de televisión, pero de verdad.

EL AYER JUZGADO DESDE EL HOY

Pero es difícil entender su estatus de símbolo nacional sin tener en cuenta cómo era esa nación a la que simbolizaba. Era la España del franquismo y el racionamiento, del hambre y la opresión. «Franco me dio paz, y se lo agradezco en nombre mío y de mis hijos», dijo una vez. Cómo no iba a pensar eso alguien que hizo fortuna en la dictadura. En la sociedad de hoy eso genera la pulsión de separar a la obra y al artista para evitar echar sobre ambos un cubo de pintura negra que lo tape todo. Como si fuera posible separar la expresión artística de su contexto, o al personaje de la persona. Lola Flores no habría existido en una España distinta.

Pero en la vida de Lola Flores hay trozos de historia que suenan mucho a hoy. Nació en la periferia sur, en el seno de una familia con ascendencia gitana por parte de abuelo materno. Migró a la capital para poder medrar, y desde ahí partió a hacer fortuna en el extranjero porque lo nuestro se le quedaba pequeño. Como muchas mujeres de la época, también abortó de forma clandestina antes de pasar por el altar, a pesar de la moral imperante.

Si miras ese cuadro de lunares de cerca parece que ella ya sabía de la España Vaciada, de ascensores sociales, de ser una expatriada o de decidir sobre su sexualidad y su cuerpo antes de que nosotros naciéramos.

[pullquote]Lola Flores era populista y simbólica, como lo era el franquismo en el que creció e hizo fortuna. Pero también era una mujer empoderada, de convicciones firmes y valiente a la hora de dar testimonio[/pullquote]

Pero, sobre todo, Lola Flores sabía de espectáculo. Como, por ejemplo, cuando firmó ante las cámaras del No-Do su histórico contrato con Suevia, una productora apoyada por el régimen que buscó crear un star-system patrio. O como cuando, años después, ya siendo una diva internacional, organizó un partido de fútbol benéfico, también recogido por el No-Do, entre mujeres finolis y mujeres flamencas. Los puntos de ese retrato, vistos de cerca, muestran que también fue streamer, y que también fue capaz de imaginar una especie de King’s League en blanco y negro.

Desde la perspectiva de esa constante necesidad de reinterpretación, la de Lola Flores fue una vida que tiene mucho de actual. Por ejemplo, en cómo la condicionaron las mismas problemáticas que nos acucian ahora, y también en las respuestas que adoptó al respecto. En su caso, su vida estuvo marcada por una clara ambición por mejorar en lo económico y por su capacidad de adaptación, que fue lo que le permitió conseguirlo. Por eso fue cantante, pero también actriz y figura televisiva.

La lámina que recoge su vida habla, al verla de cerca con las gafas de hoy, de hacerse a sí misma, de generar riqueza y, sobre todo, de resiliencia.

Llevó esa ansia económica hasta extremos difíciles de imaginar. Ella misma contó en una biografía dramatizada para televisión cómo se acostó con un millonario a cambio de 50.000 pesetas de la época. El dinero, dijo, era para sus padres, para devolverles lo que habían pagado para costear el inicio de su carrera.

Ese detalle del cuadro habla de exponer su vida y su físico como vía de monetización, y eso también resuena en nuestro mundo actual.

DINERO, ADAPTACIÓN Y BROMAS QUE NO LO ERAN 

Se recuerdan más, sin embargo, los episodios cómicos que mostraban de qué manera lo material era determinante para entender su figura. Como aquella vez que interrumpió el final de un programa en directo porque había perdido un pendiente de oro. «Ustedes me lo vais a devolver porque mi trabajito me costó», dijo. O cuando, al ser multada por defraudar a Hacienda durante años, dijo lo de «si una peseta diera cada español…». Bajando al detalle con nuestra perspectiva de la historia casi parece que Lola Flores también supiera de fraude, y que hasta inventara el crowdfunding.

Lo que ha convertido a Lola Flores en un mito revisitado desde nuestros días no ha sido solo lo contado hasta aquí, ni tampoco su calidad artística. Ha sido su capacidad de lanzar pequeñas profecías del mundo que venía, hablándole a muchas mujeres de nuestros días a través de los puntos que compusieron su vida.

Por ejemplo, cuando, en una entrevista con Jesús Quintero, dijo aquello de «¿Sabes por qué yo estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera». O como cuando en aquel programa televisivo biográfico contó, años antes del testimonio de Ana Orantes, que su exmarido le insultaba y maltrataba.

Detrás de los puntos, en cada muestra de coraje, había empoderamiento, pero también autoestima, rechazo a la belleza normativa y valentía para denunciar el abuso machista.

Pero Lola Flores, en realidad, no era adivina. Era, sencillamente, una mujer de su época que supo construirse y hacerse valer a pesar de los precios que pagó por ello. Y lo hizo desde su contexto, desde el abrigo del régimen, pero también desde un ángulo propio de la vida. 

Ese que le hacía decir «los mariquitas, que me quieren mucho», ante la risa de Lauren Postigo, pero que en realidad buscaba poner en valor al colectivo. O como cuando habló de personas trans en un programa en la televisión pública de 1995 como «mujeres que han sufrido muchísimo. Yo soy una admiradora y las trato con mucho respeto».

Lola Flores era populista y simbólica, como lo era el franquismo en el que creció e hizo fortuna. Pero también era una mujer empoderada, de convicciones firmes y valiente a la hora de dar testimonio. Según los escépticos del mito, solo fue valiente porque pudo permitirse serlo.

En cualquier caso, su lienzo se compone de muchos colores como para apreciarlos tan de cerca. Es uno de esos que necesitan de perspectiva para poder apreciarlos. De los que hay que alejarse mucho. Parafraseándola, «si me queréis algo, irse». Solo con el tiempo y la distancia se aprecian las pinceladas y los flecos.

Hace algo más de cien años nacía Lola Flores, que tenía poco de distópica, pero que reapareció en las pantallas después de muerta para una campaña publicitaria. Pero no era ella, sino una simulación realista usando inteligencia artificial. Otro engaño de un presente en el que es difícil confiar. Un arte, el del engaño, que ella misma manejaba también con arte: «Cuando yo digo las mentiras las convierto en verdad», dijo en una ocasión. Posverdad pura.

Tres décadas antes de que naciera, se puso de moda en Francia un movimiento artístico que sirve bien para entender la dicotomía temporal de la Faraona. Fue un movimiento pictórico cuyos cuadros se componían con pequeños puntos de colores —de ahí el nombre— que, vistos de cerca, sugieren formas y figuras. Pero esas láminas tienen una doble lectura. Al darse unos pasos atrás para ganar perspectiva, los motivos se diluyen, los puntos se unen y se despliega ante la vista el retrato general. Los detalles desaparecen para que aparezca una visión de conjunto.

La vida es como un cuadro puntillista porque el revisionismo está de moda. A lo largo de la historia hemos intentado tomar perspectiva para juzgar los hechos, para entender causas y consecuencias. Pero de un tiempo a esta parte nos ha dado por acercarnos para ver los puntos muy de cerca: escrutamos cada pequeño detalle sin distancia, aplicando sobre él un juicio basado en la actualidad. El lenguaje de Roal Dahl es degradante. Los clásicos de Disney son estereotipados. Tintín nació en un periódico colaboracionista. Y entonces lanzamos un cuadro de pintura negra sobre la obra para taparlo todo.

Los cuadros puntillistas, aunque partían de composiciones básicas, eran coloridos y ricos en matices. Tenían un aire costumbrista, retratando paisajes y escenas cotidianas con esa doble perspectiva. La realidad actual se asemeja más a un conjunto de blancos o negros, con escalas grises entre el lógico rechazo a conductas que hoy nos parecen reprobables y el aprecio a la obra de quienes vivieron contextos que no se pueden juzgar desde el nuestro.

Pocas figuras hay más costumbristas, y que peguen más con la estética de puntos de colores, que Lola Flores. En su caso, claro está, lunares y bata de cola. Pero también hay dobles lecturas: la del entonces y la del ahora.

Por eso es también una de las figuras más reinterpretadas de nuestro tiempo: su modernidad, por todo lo que dijo e hizo, en un a veces difícil equilibrio con su contexto. Repasar su vida con la óptica que da el momento actual hace que muchos vean en ella a una adelantada a su tiempo, una pionera en muchos ámbitos. Como en el meme de «esto ya lo dijeron Los Simpson», Lola Flores es, para muchos, una especie de mito omnisciente. Como cuando hizo de adivina en una serie de televisión, pero de verdad.

EL AYER JUZGADO DESDE EL HOY

Pero es difícil entender su estatus de símbolo nacional sin tener en cuenta cómo era esa nación a la que simbolizaba. Era la España del franquismo y el racionamiento, del hambre y la opresión. «Franco me dio paz, y se lo agradezco en nombre mío y de mis hijos», dijo una vez. Cómo no iba a pensar eso alguien que hizo fortuna en la dictadura. En la sociedad de hoy eso genera la pulsión de separar a la obra y al artista para evitar echar sobre ambos un cubo de pintura negra que lo tape todo. Como si fuera posible separar la expresión artística de su contexto, o al personaje de la persona. Lola Flores no habría existido en una España distinta.

Pero en la vida de Lola Flores hay trozos de historia que suenan mucho a hoy. Nació en la periferia sur, en el seno de una familia con ascendencia gitana por parte de abuelo materno. Migró a la capital para poder medrar, y desde ahí partió a hacer fortuna en el extranjero porque lo nuestro se le quedaba pequeño. Como muchas mujeres de la época, también abortó de forma clandestina antes de pasar por el altar, a pesar de la moral imperante.

Si miras ese cuadro de lunares de cerca parece que ella ya sabía de la España Vaciada, de ascensores sociales, de ser una expatriada o de decidir sobre su sexualidad y su cuerpo antes de que nosotros naciéramos.

[pullquote]Lola Flores era populista y simbólica, como lo era el franquismo en el que creció e hizo fortuna. Pero también era una mujer empoderada, de convicciones firmes y valiente a la hora de dar testimonio[/pullquote]

Pero, sobre todo, Lola Flores sabía de espectáculo. Como, por ejemplo, cuando firmó ante las cámaras del No-Do su histórico contrato con Suevia, una productora apoyada por el régimen que buscó crear un star-system patrio. O como cuando, años después, ya siendo una diva internacional, organizó un partido de fútbol benéfico, también recogido por el No-Do, entre mujeres finolis y mujeres flamencas. Los puntos de ese retrato, vistos de cerca, muestran que también fue streamer, y que también fue capaz de imaginar una especie de King’s League en blanco y negro.

Desde la perspectiva de esa constante necesidad de reinterpretación, la de Lola Flores fue una vida que tiene mucho de actual. Por ejemplo, en cómo la condicionaron las mismas problemáticas que nos acucian ahora, y también en las respuestas que adoptó al respecto. En su caso, su vida estuvo marcada por una clara ambición por mejorar en lo económico y por su capacidad de adaptación, que fue lo que le permitió conseguirlo. Por eso fue cantante, pero también actriz y figura televisiva.

La lámina que recoge su vida habla, al verla de cerca con las gafas de hoy, de hacerse a sí misma, de generar riqueza y, sobre todo, de resiliencia.

Llevó esa ansia económica hasta extremos difíciles de imaginar. Ella misma contó en una biografía dramatizada para televisión cómo se acostó con un millonario a cambio de 50.000 pesetas de la época. El dinero, dijo, era para sus padres, para devolverles lo que habían pagado para costear el inicio de su carrera.

Ese detalle del cuadro habla de exponer su vida y su físico como vía de monetización, y eso también resuena en nuestro mundo actual.

DINERO, ADAPTACIÓN Y BROMAS QUE NO LO ERAN 

Se recuerdan más, sin embargo, los episodios cómicos que mostraban de qué manera lo material era determinante para entender su figura. Como aquella vez que interrumpió el final de un programa en directo porque había perdido un pendiente de oro. «Ustedes me lo vais a devolver porque mi trabajito me costó», dijo. O cuando, al ser multada por defraudar a Hacienda durante años, dijo lo de «si una peseta diera cada español…». Bajando al detalle con nuestra perspectiva de la historia casi parece que Lola Flores también supiera de fraude, y que hasta inventara el crowdfunding.

Lo que ha convertido a Lola Flores en un mito revisitado desde nuestros días no ha sido solo lo contado hasta aquí, ni tampoco su calidad artística. Ha sido su capacidad de lanzar pequeñas profecías del mundo que venía, hablándole a muchas mujeres de nuestros días a través de los puntos que compusieron su vida.

Por ejemplo, cuando, en una entrevista con Jesús Quintero, dijo aquello de «¿Sabes por qué yo estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera». O como cuando en aquel programa televisivo biográfico contó, años antes del testimonio de Ana Orantes, que su exmarido le insultaba y maltrataba.

Detrás de los puntos, en cada muestra de coraje, había empoderamiento, pero también autoestima, rechazo a la belleza normativa y valentía para denunciar el abuso machista.

Pero Lola Flores, en realidad, no era adivina. Era, sencillamente, una mujer de su época que supo construirse y hacerse valer a pesar de los precios que pagó por ello. Y lo hizo desde su contexto, desde el abrigo del régimen, pero también desde un ángulo propio de la vida. 

Ese que le hacía decir «los mariquitas, que me quieren mucho», ante la risa de Lauren Postigo, pero que en realidad buscaba poner en valor al colectivo. O como cuando habló de personas trans en un programa en la televisión pública de 1995 como «mujeres que han sufrido muchísimo. Yo soy una admiradora y las trato con mucho respeto».

Lola Flores era populista y simbólica, como lo era el franquismo en el que creció e hizo fortuna. Pero también era una mujer empoderada, de convicciones firmes y valiente a la hora de dar testimonio. Según los escépticos del mito, solo fue valiente porque pudo permitirse serlo.

En cualquier caso, su lienzo se compone de muchos colores como para apreciarlos tan de cerca. Es uno de esos que necesitan de perspectiva para poder apreciarlos. De los que hay que alejarse mucho. Parafraseándola, «si me queréis algo, irse». Solo con el tiempo y la distancia se aprecian las pinceladas y los flecos.

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