29 de septiembre 2021    /   CREATIVIDAD
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Los personajes existen: Dickens, Tarantino y otros escritores lo creen así

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Creer que los personajes existen puede ayudarte a escribir tu novela, tu obra teatral o tu guion.


Sentado sobre una gigantesca bomba con la mecha encendida, un garabato contempla el amanecer. «Este es el primer amanecer del resto de mis días», muestra un bocadillo de diálogo.

La imagen llega a mi mente observando una loseta a la manera de Da Vinci.

Para mí no tiene gracia: imagino el cuerpo del garabato desmembrado por la explosión: los palitos repartidos por los puntos cardinales. Realmente, me apena. Poco importa que la representación del personaje sea básica.

Mi sufrimiento y compasión por los personajes que no son de carne y hueso ha pasado de los personajes complejos a las representaciones más toscas.

Comenzó hace años tras ver un episodio de Star Trek, la serie original. (Omito el título para no destriparlo). En él, un joven está condenado a luchar contra su otro yo en otra dimensión. Una lucha sin fin que nadie gana ni pierde, de la que depende la existencia de todo lo conocido y lo desconocido. Cuando la vida me abruma, recuerdo al joven atrapado.

No estoy solo. De hecho, una parte del público considera que los personajes existen. Por esto, en ocasiones protesta así: «X no haría eso» o «El autor ha traicionado a X».

¿Por qué no?

Vivimos en un mundo en el que, con frecuencia, la realidad no parece real. Nos aseguramos de que leemos una noticia en un medio serio y no en El mundo today. Aun así, tenemos dudas.

En Firmado: Nikola Tesla, de Miguel A. Delgado, aparece un texto del genio que describe cómo siendo niño se evadió de los miedos (fantasmas, monstruos y animales extraños):

«Comencé a viajar, mentalmente, por supuesto (…). Veía nuevos lugares (…), conocía a la gente, forjaba nuevas amistades y relaciones, y para mí eran tan queridas como las de la vida real…».

En el mundo que llamamos real, hay creadores que manifiestan esta posibilidad más allá de la frase «Los personajes cobran vida» o «Ellos me llevan a donde quieren».

En 2020, La Universidad de Durham (Inglaterra) y The Guardian preguntaron a 181 autores invitados al Festival Internacional del Libro de Edimburgo cómo trabajaban. La conclusión:

«El 63% [de los autores] dijo que escuchó a sus personajes hablar mientras escribía, y el 61% informó que los personajes eran capaces de actuar de forma independiente».

Por otra parte, la página writersinnervoices.com recoge testimonios de escritores, guionistas o actores que perciben a los personajes como reales, entre ellos, Henry James, Faulkner y Tarantino.

Retrato de Charles Dickens (1859) por William Powell Frith
Retrato de Charles Dickens (1859) por William Powell Frith

Más de 150 años antes, Dickens convirtió las lecturas públicas de sus obras en espectáculos. En cada una de las 750 lecturas, Dickens recreaba las voces de todos los personajes. Voces únicas. «Un espectáculo mesmérico», dijo un crítico de entonces para alabar cómo el autor de Grandes esperanzas cautivaba a las asistentes.

Dickens afirmó a un amigo que no había inventado nada, que solo «miraba, escuchaba y transcribía».

Por supuesto, la idea de que los personajes existen es cuestionable. Una parte de la oposición proviene de autores que se consideran que son los dioses de sus obras. Pero ¿qué ocurre si en lugar de dioses nos consideramos invitados?

A veces, sucede que vemos el mundo pero no la historia. Bien. Visitemos ese mundo.

El guionista y productor ejecutivo Scott Myers, considera en su blog Go into the story, uno de los más prestigiosos sobre teoría del guion, que hay una diferencia entre trabajar yendo al meollo de la historia y considerar que los personajes tienen vida propia:

«Puede que estos personajes hayan esperado a que los encontráramos y quieren contarnos una historia».

¿No sería esta historia revelada más que inventada? ¿No sería una historia verdadera?

Pero ¿cómo podemos escuchar las voces si, hasta ahora, no las hemos escuchado?

Scott Myers propone que «tras la debida investigación, ¿por qué pasar realmente tiempo con nuestros personajes en los lugares donde viven? Puede que los mismos personajes nos honren revelando cómo son y su universo».

Se está con los personajes en el silencio. Un silencio que conduzca al aburrimiento, como propone Neil Gaiman. Un aburrimiento atroz que obligue a la mente a escapar inventando una historia… o visitando el mundo de los personajes.

Por su parte, Tarantino reveló al periodista Gerald Peary, autor de Quentin Tarantino: Entrevistas (1993):

«Cuando sé que voy a hacer un guion, voy a la papelería y compro un cuaderno con ochenta o cien páginas. Me digo: “Ok, este es el cuaderno que voy a escribir Pulp Fiction o lo que sea”. También compro tres rotuladores rojos y tres rotuladores negros. Es un ritual. Es psicología. Siempre digo que no puedes escribir poesía en un ordenador, pero puedo llevar el cuaderno a todas partes (…). Nunca parece un guion. Parece el diario de Richard Ramírez, el diario de un loco».

Por esto, no es raro encontrar en internet copias de sus guiones escritos de su puño y letra. Por supuesto que llega un momento en el que el resultado se mecanografía, se reescribe, pero la base del material es una mezcla de reflexiones, observaciones y apuntes sobre la naturaleza humana de un loco llamado Richard Ramírez.

Pensemos que escribir no es diferente a esculpir un bloque de mármol. La diferencia: quien escribe no encuentra una cantera de palabras, la construye… o la escucha, como Dickens.

En cualquier caso, el diario del personaje permite a la mente escapar de los carriles de la ortografía, la gramática y la moderación, la corrección política.

Y si quieres acercarte aún más a la narrativa primitiva, la propia de los chamanes frente al fuego, prueba la escritura al dictado. De esta manera, las palabras brotarán, quizá primero torpes; luego, fuertes, como el fuego avivado. Y te llegará la revelación de que los personajes existen.

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La imagen llega a mi mente observando una loseta a la manera de Da Vinci.

Para mí no tiene gracia: imagino el cuerpo del garabato desmembrado por la explosión: los palitos repartidos por los puntos cardinales. Realmente, me apena. Poco importa que la representación del personaje sea básica.

Mi sufrimiento y compasión por los personajes que no son de carne y hueso ha pasado de los personajes complejos a las representaciones más toscas.

Comenzó hace años tras ver un episodio de Star Trek, la serie original. (Omito el título para no destriparlo). En él, un joven está condenado a luchar contra su otro yo en otra dimensión. Una lucha sin fin que nadie gana ni pierde, de la que depende la existencia de todo lo conocido y lo desconocido. Cuando la vida me abruma, recuerdo al joven atrapado.

No estoy solo. De hecho, una parte del público considera que los personajes existen. Por esto, en ocasiones protesta así: «X no haría eso» o «El autor ha traicionado a X».

¿Por qué no?

Vivimos en un mundo en el que, con frecuencia, la realidad no parece real. Nos aseguramos de que leemos una noticia en un medio serio y no en El mundo today. Aun así, tenemos dudas.

En Firmado: Nikola Tesla, de Miguel A. Delgado, aparece un texto del genio que describe cómo siendo niño se evadió de los miedos (fantasmas, monstruos y animales extraños):

«Comencé a viajar, mentalmente, por supuesto (…). Veía nuevos lugares (…), conocía a la gente, forjaba nuevas amistades y relaciones, y para mí eran tan queridas como las de la vida real…».

En el mundo que llamamos real, hay creadores que manifiestan esta posibilidad más allá de la frase «Los personajes cobran vida» o «Ellos me llevan a donde quieren».

En 2020, La Universidad de Durham (Inglaterra) y The Guardian preguntaron a 181 autores invitados al Festival Internacional del Libro de Edimburgo cómo trabajaban. La conclusión:

«El 63% [de los autores] dijo que escuchó a sus personajes hablar mientras escribía, y el 61% informó que los personajes eran capaces de actuar de forma independiente».

Por otra parte, la página writersinnervoices.com recoge testimonios de escritores, guionistas o actores que perciben a los personajes como reales, entre ellos, Henry James, Faulkner y Tarantino.

Retrato de Charles Dickens (1859) por William Powell Frith
Retrato de Charles Dickens (1859) por William Powell Frith

Más de 150 años antes, Dickens convirtió las lecturas públicas de sus obras en espectáculos. En cada una de las 750 lecturas, Dickens recreaba las voces de todos los personajes. Voces únicas. «Un espectáculo mesmérico», dijo un crítico de entonces para alabar cómo el autor de Grandes esperanzas cautivaba a las asistentes.

Dickens afirmó a un amigo que no había inventado nada, que solo «miraba, escuchaba y transcribía».

Por supuesto, la idea de que los personajes existen es cuestionable. Una parte de la oposición proviene de autores que se consideran que son los dioses de sus obras. Pero ¿qué ocurre si en lugar de dioses nos consideramos invitados?

A veces, sucede que vemos el mundo pero no la historia. Bien. Visitemos ese mundo.

El guionista y productor ejecutivo Scott Myers, considera en su blog Go into the story, uno de los más prestigiosos sobre teoría del guion, que hay una diferencia entre trabajar yendo al meollo de la historia y considerar que los personajes tienen vida propia:

«Puede que estos personajes hayan esperado a que los encontráramos y quieren contarnos una historia».

¿No sería esta historia revelada más que inventada? ¿No sería una historia verdadera?

Pero ¿cómo podemos escuchar las voces si, hasta ahora, no las hemos escuchado?

Scott Myers propone que «tras la debida investigación, ¿por qué pasar realmente tiempo con nuestros personajes en los lugares donde viven? Puede que los mismos personajes nos honren revelando cómo son y su universo».

Se está con los personajes en el silencio. Un silencio que conduzca al aburrimiento, como propone Neil Gaiman. Un aburrimiento atroz que obligue a la mente a escapar inventando una historia… o visitando el mundo de los personajes.

Por su parte, Tarantino reveló al periodista Gerald Peary, autor de Quentin Tarantino: Entrevistas (1993):

«Cuando sé que voy a hacer un guion, voy a la papelería y compro un cuaderno con ochenta o cien páginas. Me digo: “Ok, este es el cuaderno que voy a escribir Pulp Fiction o lo que sea”. También compro tres rotuladores rojos y tres rotuladores negros. Es un ritual. Es psicología. Siempre digo que no puedes escribir poesía en un ordenador, pero puedo llevar el cuaderno a todas partes (…). Nunca parece un guion. Parece el diario de Richard Ramírez, el diario de un loco».

Por esto, no es raro encontrar en internet copias de sus guiones escritos de su puño y letra. Por supuesto que llega un momento en el que el resultado se mecanografía, se reescribe, pero la base del material es una mezcla de reflexiones, observaciones y apuntes sobre la naturaleza humana de un loco llamado Richard Ramírez.

Pensemos que escribir no es diferente a esculpir un bloque de mármol. La diferencia: quien escribe no encuentra una cantera de palabras, la construye… o la escucha, como Dickens.

En cualquier caso, el diario del personaje permite a la mente escapar de los carriles de la ortografía, la gramática y la moderación, la corrección política.

Y si quieres acercarte aún más a la narrativa primitiva, la propia de los chamanes frente al fuego, prueba la escritura al dictado. De esta manera, las palabras brotarán, quizá primero torpes; luego, fuertes, como el fuego avivado. Y te llegará la revelación de que los personajes existen.

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