12 de mayo 2022    /   IDEAS
por
Ilustración  Miriam Persand

El movimiento hace crecer tu cerebro

12 de mayo 2022    /   IDEAS     por        Ilustración  Miriam Persand
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista ¡Vamos! haciendo clic aquí.

Jason Zweig, columnista de inversiones y finanzas personales de The Wall Street Journal, escribió en una ocasión que no sabes lo que es el dinero hasta que lo pierdes. De igual modo, tampoco sabes lo que es una serpiente, ni lo que es el miedo hacia las serpientes, hasta que la tienes en tu regazo. 

Por esa razón, vale la pena moverse y tener experiencias fuera de tu burbuja. Solo así sabrás cómo es de verdad el mundo y, lo más importante, cómo el mundo te hará ser a ti

Cambiar de sitio, ver otros lugares y otras formas de vivir, por tanto, no solo permite conocerte mejor a ti mismo, sino también a los demás. Porque tampoco puedes empatizar tanto con las creencias de otras personas si ellas han experimentado partes del mundo que tú no.  

Y para moverse, solo hace falta calzarse y andar. 

NIKÉ Y LAS CÁMARAS JAPONESAS

¿Pueden los zapatos de deporte japoneses hacer lo que las cámaras japonesas han hecho a las cámaras alemanas? fue el título de un trabajo redactado por Phil Knight al poco de matricularse en la Escuela de Negocios de Stanford. Porque, a mediados del siglo XX, el mercado del calzado deportivo en Estados Unidos estaba dominado por firmas alemanas como Adidas, así que Knight había viajado a Japón para descubrir la marca de calzado deportivo Tiger. Quedó tan prendado de ella que no cejó en el empeño de convertirse en el representante oficial de la marca en su país bajo el nombre comercial Blue Ribbon Sports.

Según cuenta en su autobiografía Nunca te pares (Shoe Dog), Knight había destacado como un gran corredor de atletismo mientras estudiaba periodismo en la Universidad de Oregón. En 1965, tras formar equipo con su antiguo entrenador en la universidad, Bill Bowerman, que había sido también uno de los pioneros del jogging (la palabra con que los angloparlantes se refieren al running), se propuso diseñar las zapatillas deportivas perfectas. 

Para descubrir cuál era la mejor suela posible, ligera a la vez que efectiva en el agarre, ambos realizaron experimentos derritiendo caucho en una plancha para hacer gofres. Las señales de la plancha dejaba marcas en la suela que recordaban a las huellas de los astronautas en la Luna, lo que les inspiraría para bautizar a aquellas zapatillas como Moon Shoe (zapato lunar). 

movimiento y cerebro

A principios de los años 70, las relaciones entre Tiger y Blue Ribbon Sports se habían roto. El 30 de mayo de 1971 fundaron, así, su propia empresa. Pero ¿cómo llamarla? Muchas marcas icónicas —Clorox, Kleenex, Xerox— tenían nombres cortos. Y lo más importante para un deportista es el triunfo.

Ambas ideas convergieron hasta Nike, por Niké, la diosa alada de la victoria griega. El famoso logotipo de la firma, conocido como Swoosh, es una representación esquemática de las alas de la diosa Niké. El diseño había sido obra de Carolyn Davidson, una estudiante que solo cobró 35 dólares por su trabajo tras ganar el concurso que Knigh había convocado para crear una imagen que reflejara movimiento.

Aquellas zapatillas incentivaron a millones de personas a andar, a correr, a moverse, poniendo de moda más que nunca el jogging. El Just Do It, el «hazlo». 

HAZLO O NO LO HAGAS

«Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes», sentenció Yoda en El imperio contraataca (1980). Debajo de ese sencillo apotegma se esconde, no obstante, un hallazgo muy relevante sobre el sentido de la vida. 

La felicidad no solo resulta difícil de registrar o medir, sino, sobre todo, de pronosticar. Así lo señalan diversos estudios que sugieren que somos incapaces en esencia de determinar qué nos hará felices o infelices en un futuro, y mucho menos hasta qué punto. Por eso, perseguir la felicidad es como convertirse en el capitán Ahab persiguiendo incansablemente a la ballena blanca. Quizá la ballena ni siquiera existe. 

¿Entonces qué hacemos? ¿Qué consejo nos daríamos si fuéramos ya ancianos y pudiéramos hablarnos desde el futuro para no perseguir ballenas blancas como forma de vida? Gracias a un estudio llevado a cabo por la Universidad de Clemson, en Carolina del Sur, tenemos algunas pistas bastante sólidas.

Lo importante es andar, aunque sea sin rumbo, solo por el placer de cambiar de escenario y permanecer alerta a todas las novedades que te salgan al paso

En el estudio, se solicitó a varios cientos de voluntarios que escribieran qué consejos le darían a su yo más joven de tener la oportunidad de hacerlo. En síntesis, las respuestas se pudieron dividir en cinco áreas temáticas. Dinero (ahorra más), relaciones (no te cases por dinero, sino con alguien que te guste), educación (no estudies algo que no te gusta), autonomía (haz lo que sueñas sin importar lo que piensen los demás) y metas en la vida (no te rindas, establece metas, viaja más).

Este último punto fue bastante común en muchas respuestas. Moverse, cambiar de ambiente, conocer nuevos horizontes, alcanzar finisterres. Lo importante parece, sencillamente, andar, aunque sea sin rumbo, solo por el placer de cambiar de escenario y permanecer alerta a todas las novedades que te salgan al paso. 

EL COCIENTE LEARY Y LOS DIEZ MIL PASOS

En palabras de Richard Nixon, Tomothy Leary era «el hombre más peligroso de América». No en vano este profesor de psicología de la prestigiosa Universidad de Berkeley no solo se había convertido en un líder de los movimientos contraculturales de la década de 1960, sino en un apóstol del LSD. A punto estuvo de ser elegido gobernador de California, compitiendo contra Ronald Reagan.

En una de sus entradas en la cárcel, su vecino de celda era nada menos que del líder sectario Charles Manson, quien se declaró entusiasta de su persona. Tras su muerte, Leary sería también uno de los primeros cuyos restos fueron enviados al espacio por petición propia. 

Incluso después de muerto, pues, Leary nunca dejó de moverse, tanto a nivel físico como intelectual. Para él, solo el movimiento te permitía crecer. En su autobiografía Flashbacks incluso explica cómo llegó a calcular matemáticamente si estaba moviéndose lo suficiente. Lo llamó cociente evolutivo (CE), y era una cifra que surgía de dividir el número de direcciones de correo postal en las que había residido por su edad.

El día que Leary desarrolló el cociente evolutivo tenía 50 años y ya había vivido en 53 casas diferentes. Es decir, 53 dividido por 50, igual a 1,06. Un CE muy superior al del estadounidense medio, que era, según el propio Leary, de 0,25 (10 casas / 40 años). Su anciana tía Mae, una señora muy apegada a las tradiciones, solo había vivido en una casa en 80 años: tenía un CE de 0,01.

La tecnología y los medios de transporte, no solo las zapatillas deportivas, han propiciado que nuestro CE sea cada vez más elevado

Naturalmente, no es necesario mudarse a una casa diferente para cambiar de aires o diluir la sensación de que uno se está perdiendo gran parte de lo que acontece en el mundo. Basta con trasladarse a otro código postal y pasar allí el suficiente tiempo. De ver otras cosas, o de dejar de ver las mismas, como dijo Maupassant cuando le preguntaron la razón de sus viajes: «La necesidad incontenible de dejar de ver la torre Eiffel».

La tecnología y los medios de transporte, no solo las zapatillas deportivas, han propiciado que nuestro CE sea cada vez más elevado, como también calculó el epidemiólogo David Bradley.

Tras documentar los patrones de viaje de su bisabuelo, su abuelo y su padre durante los cien años anteriores a la década de 1990, estableció que su bisabuelo apenas había abandonado un cuadrado de tierra de 40 por 40 kilómetros. Su abuelo, al menos, se había desplazado por un cuadrado de 400 kilómetros. Su padre, de 4.000 kilómetros. El propio David, sin embargo, había ya cubierto toda la circunferencia de la Tierra: 40.000 kilómetros. 

movimiento y cerebro

La idea de que, para mantener una buena salud, debemos andar al menos diez mil pasos al día nació en 1965, cuando una empresa japonesa lanzó al mercado un podómetro llamado Manpo-Kei. La razón de elegir aquel número residía en que el kanji de 10.000, , recuerda a un hombre que camina.

Sin embargo, los últimos estudios científicos establecen la cifra en 8.000 pasos (7.000 si tienes más de 60 años). Andar esos pasos diarios mejora la salud cardiovascular y los procesos cognitivos del cerebro, e incluso retrasa el envejecimiento. Es decir, estás mejor, piensas mejor y vives más. 

Además, habida cuenta de que más de la mitad de todos los desacuerdos, personales, internacionales, financieros, desaparecerían si pudieras ver el mundo a través de la lente del otro, no cabe duda de que merece la pena moverse, aumentar el CE, hacerlo, swoosh, .

El mundo es un cuadrado de 40.000 kilómetros que puedes recorrer a tu antojo por primera vez en la historia. Tu salud física, mental y espiritual te lo agradecerán. Y, como escribía Leary en su típica prosa psicodélica, todo ello te permitirá «retroquelar tu cerebro». 

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista ¡Vamos! haciendo clic aquí.

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista ¡Vamos! haciendo clic aquí.

Jason Zweig, columnista de inversiones y finanzas personales de The Wall Street Journal, escribió en una ocasión que no sabes lo que es el dinero hasta que lo pierdes. De igual modo, tampoco sabes lo que es una serpiente, ni lo que es el miedo hacia las serpientes, hasta que la tienes en tu regazo. 

Por esa razón, vale la pena moverse y tener experiencias fuera de tu burbuja. Solo así sabrás cómo es de verdad el mundo y, lo más importante, cómo el mundo te hará ser a ti

Cambiar de sitio, ver otros lugares y otras formas de vivir, por tanto, no solo permite conocerte mejor a ti mismo, sino también a los demás. Porque tampoco puedes empatizar tanto con las creencias de otras personas si ellas han experimentado partes del mundo que tú no.  

Y para moverse, solo hace falta calzarse y andar. 

NIKÉ Y LAS CÁMARAS JAPONESAS

¿Pueden los zapatos de deporte japoneses hacer lo que las cámaras japonesas han hecho a las cámaras alemanas? fue el título de un trabajo redactado por Phil Knight al poco de matricularse en la Escuela de Negocios de Stanford. Porque, a mediados del siglo XX, el mercado del calzado deportivo en Estados Unidos estaba dominado por firmas alemanas como Adidas, así que Knight había viajado a Japón para descubrir la marca de calzado deportivo Tiger. Quedó tan prendado de ella que no cejó en el empeño de convertirse en el representante oficial de la marca en su país bajo el nombre comercial Blue Ribbon Sports.

Según cuenta en su autobiografía Nunca te pares (Shoe Dog), Knight había destacado como un gran corredor de atletismo mientras estudiaba periodismo en la Universidad de Oregón. En 1965, tras formar equipo con su antiguo entrenador en la universidad, Bill Bowerman, que había sido también uno de los pioneros del jogging (la palabra con que los angloparlantes se refieren al running), se propuso diseñar las zapatillas deportivas perfectas. 

Para descubrir cuál era la mejor suela posible, ligera a la vez que efectiva en el agarre, ambos realizaron experimentos derritiendo caucho en una plancha para hacer gofres. Las señales de la plancha dejaba marcas en la suela que recordaban a las huellas de los astronautas en la Luna, lo que les inspiraría para bautizar a aquellas zapatillas como Moon Shoe (zapato lunar). 

movimiento y cerebro

A principios de los años 70, las relaciones entre Tiger y Blue Ribbon Sports se habían roto. El 30 de mayo de 1971 fundaron, así, su propia empresa. Pero ¿cómo llamarla? Muchas marcas icónicas —Clorox, Kleenex, Xerox— tenían nombres cortos. Y lo más importante para un deportista es el triunfo.

Ambas ideas convergieron hasta Nike, por Niké, la diosa alada de la victoria griega. El famoso logotipo de la firma, conocido como Swoosh, es una representación esquemática de las alas de la diosa Niké. El diseño había sido obra de Carolyn Davidson, una estudiante que solo cobró 35 dólares por su trabajo tras ganar el concurso que Knigh había convocado para crear una imagen que reflejara movimiento.

Aquellas zapatillas incentivaron a millones de personas a andar, a correr, a moverse, poniendo de moda más que nunca el jogging. El Just Do It, el «hazlo». 

HAZLO O NO LO HAGAS

«Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes», sentenció Yoda en El imperio contraataca (1980). Debajo de ese sencillo apotegma se esconde, no obstante, un hallazgo muy relevante sobre el sentido de la vida. 

La felicidad no solo resulta difícil de registrar o medir, sino, sobre todo, de pronosticar. Así lo señalan diversos estudios que sugieren que somos incapaces en esencia de determinar qué nos hará felices o infelices en un futuro, y mucho menos hasta qué punto. Por eso, perseguir la felicidad es como convertirse en el capitán Ahab persiguiendo incansablemente a la ballena blanca. Quizá la ballena ni siquiera existe. 

¿Entonces qué hacemos? ¿Qué consejo nos daríamos si fuéramos ya ancianos y pudiéramos hablarnos desde el futuro para no perseguir ballenas blancas como forma de vida? Gracias a un estudio llevado a cabo por la Universidad de Clemson, en Carolina del Sur, tenemos algunas pistas bastante sólidas.

Lo importante es andar, aunque sea sin rumbo, solo por el placer de cambiar de escenario y permanecer alerta a todas las novedades que te salgan al paso

En el estudio, se solicitó a varios cientos de voluntarios que escribieran qué consejos le darían a su yo más joven de tener la oportunidad de hacerlo. En síntesis, las respuestas se pudieron dividir en cinco áreas temáticas. Dinero (ahorra más), relaciones (no te cases por dinero, sino con alguien que te guste), educación (no estudies algo que no te gusta), autonomía (haz lo que sueñas sin importar lo que piensen los demás) y metas en la vida (no te rindas, establece metas, viaja más).

Este último punto fue bastante común en muchas respuestas. Moverse, cambiar de ambiente, conocer nuevos horizontes, alcanzar finisterres. Lo importante parece, sencillamente, andar, aunque sea sin rumbo, solo por el placer de cambiar de escenario y permanecer alerta a todas las novedades que te salgan al paso. 

EL COCIENTE LEARY Y LOS DIEZ MIL PASOS

En palabras de Richard Nixon, Tomothy Leary era «el hombre más peligroso de América». No en vano este profesor de psicología de la prestigiosa Universidad de Berkeley no solo se había convertido en un líder de los movimientos contraculturales de la década de 1960, sino en un apóstol del LSD. A punto estuvo de ser elegido gobernador de California, compitiendo contra Ronald Reagan.

En una de sus entradas en la cárcel, su vecino de celda era nada menos que del líder sectario Charles Manson, quien se declaró entusiasta de su persona. Tras su muerte, Leary sería también uno de los primeros cuyos restos fueron enviados al espacio por petición propia. 

Incluso después de muerto, pues, Leary nunca dejó de moverse, tanto a nivel físico como intelectual. Para él, solo el movimiento te permitía crecer. En su autobiografía Flashbacks incluso explica cómo llegó a calcular matemáticamente si estaba moviéndose lo suficiente. Lo llamó cociente evolutivo (CE), y era una cifra que surgía de dividir el número de direcciones de correo postal en las que había residido por su edad.

El día que Leary desarrolló el cociente evolutivo tenía 50 años y ya había vivido en 53 casas diferentes. Es decir, 53 dividido por 50, igual a 1,06. Un CE muy superior al del estadounidense medio, que era, según el propio Leary, de 0,25 (10 casas / 40 años). Su anciana tía Mae, una señora muy apegada a las tradiciones, solo había vivido en una casa en 80 años: tenía un CE de 0,01.

La tecnología y los medios de transporte, no solo las zapatillas deportivas, han propiciado que nuestro CE sea cada vez más elevado

Naturalmente, no es necesario mudarse a una casa diferente para cambiar de aires o diluir la sensación de que uno se está perdiendo gran parte de lo que acontece en el mundo. Basta con trasladarse a otro código postal y pasar allí el suficiente tiempo. De ver otras cosas, o de dejar de ver las mismas, como dijo Maupassant cuando le preguntaron la razón de sus viajes: «La necesidad incontenible de dejar de ver la torre Eiffel».

La tecnología y los medios de transporte, no solo las zapatillas deportivas, han propiciado que nuestro CE sea cada vez más elevado, como también calculó el epidemiólogo David Bradley.

Tras documentar los patrones de viaje de su bisabuelo, su abuelo y su padre durante los cien años anteriores a la década de 1990, estableció que su bisabuelo apenas había abandonado un cuadrado de tierra de 40 por 40 kilómetros. Su abuelo, al menos, se había desplazado por un cuadrado de 400 kilómetros. Su padre, de 4.000 kilómetros. El propio David, sin embargo, había ya cubierto toda la circunferencia de la Tierra: 40.000 kilómetros. 

movimiento y cerebro

La idea de que, para mantener una buena salud, debemos andar al menos diez mil pasos al día nació en 1965, cuando una empresa japonesa lanzó al mercado un podómetro llamado Manpo-Kei. La razón de elegir aquel número residía en que el kanji de 10.000, , recuerda a un hombre que camina.

Sin embargo, los últimos estudios científicos establecen la cifra en 8.000 pasos (7.000 si tienes más de 60 años). Andar esos pasos diarios mejora la salud cardiovascular y los procesos cognitivos del cerebro, e incluso retrasa el envejecimiento. Es decir, estás mejor, piensas mejor y vives más. 

Además, habida cuenta de que más de la mitad de todos los desacuerdos, personales, internacionales, financieros, desaparecerían si pudieras ver el mundo a través de la lente del otro, no cabe duda de que merece la pena moverse, aumentar el CE, hacerlo, swoosh, .

El mundo es un cuadrado de 40.000 kilómetros que puedes recorrer a tu antojo por primera vez en la historia. Tu salud física, mental y espiritual te lo agradecerán. Y, como escribía Leary en su típica prosa psicodélica, todo ello te permitirá «retroquelar tu cerebro». 

¡Yorokobu gratis en formato digital!

Lee gratis la revista ¡Vamos! haciendo clic aquí.

Compártelo twitter facebook whatsapp
¿Quiénes fueron los primeros en llevar sandalias con calcetines?
Los collage mitológicos de Marina Molares
Los peces no se mojan: Un proyecto para integrar a los niños con síndrome de down
El iPhone, la globalización y el fin de la clase media
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.