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4 de abril 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Paco no te pertenece, al menos según la RAE

4 de abril 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Su palabra favorita era «mío». Desde pequeño tenía un afán desmedido por poseer, por acumular, por tener. Sin embargo, esa necesidad de ser el dueño de todo lo que le rodeaba no se traducía en egoísmo malsano que incapacita a las personas para compartir. No, él no. Él era generoso. Pero tenía la necesidad física y psicológica de dejar bien claro ante todo el mundo que eso que estaba prestando era suyo. Él tenía su propiedad. Él era su dueño.

Tal obsesión no se limitaba al ámbito de lo material. Con las personas le ocurría lo mismo. Eran SU madre y SU padre. Y SU mujer. Y SU jefe. Y SU amigo. Y SU compañero de pádel. Su médico, su confesor, su carnicero y su entrenador. Si veía a alguien dolorido tras un partido, le decía: «Aquí tienes el teléfono de MI fisio», remarcando fuertemente la entonación del posesivo. O si quería hablar de su esposa, siempre se refería a ella como «MI Paqui», nunca como Paqui a secas. Por esa forma tan suya de marcar territorio, más de uno quiso ver en él a un machista recalcitrante, un posible maltratador de esos que trata a su pareja como un objeto que se posee y no como una compañera de viaje con quien compartir la vida. Las sospechas eran comprensibles, pero insostenibles. Él amaba a su esposa. Y a sus hijos. Y ellos le correspondían porque era una buena persona cuyo único defecto era ese amor desmedido por la palabra «mío».

Una de las expresiones más oídas en conversaciones informales es esa de «Mi Paco dice» o «Mi Manolín piensa» o «Mi Vanessa opina». Muy de madre, ¿no? Es su manera de transmitir orgullo hacia quienes considera importantes en su vida. Pero ¿es correcto? Lo cierto es que, en la lengua culta, no. Los nombres de pila en nuestra lengua no admiten el uso de artículos o determinantes delante de ellos, salvo algunas excepciones:

– Cuando se usa para destacar un rasgo o cualidad significativos de esa persona: «Tiene la voz de un Freddy Mercury» (en este caso, el nombre propio pierde su valor denominativo y toma un sentido calificativo)

– O en el caso de apellidos femeninos: la Caballé, la Navratilova…

Así que eso de usar el posesivo delante del nombre propio, mejor olvídalo si no estás hablando en un ambiente familiar (e incluso ahí, tampoco).

Nada de «Mi Paco está durmiendo la siesta» y más «Mi marido Paco» o «Paco» a secas. Ya entendemos que tu chico está muy goloso y que en el mercado del barrio hay mucha lagarta que le tiene echado el ojo. Pero las posesiones no son buenas cuando hablamos de personas. Ahora, a ver quién le explica esto a su madre sin herir sus sentimientos.

 

 

Su palabra favorita era «mío». Desde pequeño tenía un afán desmedido por poseer, por acumular, por tener. Sin embargo, esa necesidad de ser el dueño de todo lo que le rodeaba no se traducía en egoísmo malsano que incapacita a las personas para compartir. No, él no. Él era generoso. Pero tenía la necesidad física y psicológica de dejar bien claro ante todo el mundo que eso que estaba prestando era suyo. Él tenía su propiedad. Él era su dueño.

Tal obsesión no se limitaba al ámbito de lo material. Con las personas le ocurría lo mismo. Eran SU madre y SU padre. Y SU mujer. Y SU jefe. Y SU amigo. Y SU compañero de pádel. Su médico, su confesor, su carnicero y su entrenador. Si veía a alguien dolorido tras un partido, le decía: «Aquí tienes el teléfono de MI fisio», remarcando fuertemente la entonación del posesivo. O si quería hablar de su esposa, siempre se refería a ella como «MI Paqui», nunca como Paqui a secas. Por esa forma tan suya de marcar territorio, más de uno quiso ver en él a un machista recalcitrante, un posible maltratador de esos que trata a su pareja como un objeto que se posee y no como una compañera de viaje con quien compartir la vida. Las sospechas eran comprensibles, pero insostenibles. Él amaba a su esposa. Y a sus hijos. Y ellos le correspondían porque era una buena persona cuyo único defecto era ese amor desmedido por la palabra «mío».

Una de las expresiones más oídas en conversaciones informales es esa de «Mi Paco dice» o «Mi Manolín piensa» o «Mi Vanessa opina». Muy de madre, ¿no? Es su manera de transmitir orgullo hacia quienes considera importantes en su vida. Pero ¿es correcto? Lo cierto es que, en la lengua culta, no. Los nombres de pila en nuestra lengua no admiten el uso de artículos o determinantes delante de ellos, salvo algunas excepciones:

– Cuando se usa para destacar un rasgo o cualidad significativos de esa persona: «Tiene la voz de un Freddy Mercury» (en este caso, el nombre propio pierde su valor denominativo y toma un sentido calificativo)

– O en el caso de apellidos femeninos: la Caballé, la Navratilova…

Así que eso de usar el posesivo delante del nombre propio, mejor olvídalo si no estás hablando en un ambiente familiar (e incluso ahí, tampoco).

Nada de «Mi Paco está durmiendo la siesta» y más «Mi marido Paco» o «Paco» a secas. Ya entendemos que tu chico está muy goloso y que en el mercado del barrio hay mucha lagarta que le tiene echado el ojo. Pero las posesiones no son buenas cuando hablamos de personas. Ahora, a ver quién le explica esto a su madre sin herir sus sentimientos.

 

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