Publicado: 18 de junio 2024 08:39  /   CIENCIA
por
 

¿Había maricas en Atapuerca?

El arqueólogo y divulgador de historia Mikel Herranz, @PutoMikel, analiza en su libro ‘Sodomitas, vagas y maleantes’ la historia de las disidencias sexuales.

Publicado: 18 de junio 2024 08:39  /   CIENCIA     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
putomikel sodomitas

La historia que conocemos no es realmente como nos la han contado. O, bueno, no del todo. Faltan algunas perspectivas a la hora de contemplarla que no han estado presentes desde que en el siglo XIX un montón de hombres (en el sentido más estricto de género) decidieron echar la vista atrás para estudiar el devenir de la humanidad.

En esa historia solo había hombres muy hombres, para lo bueno y para lo malo. Hombres que reinaban, hombres que luchaban, hombres que dictaban leyes, hombres que asesinaban y hombres que amaban también. Pero no había mujeres como protagonistas (salvo algunas excepciones que se empeñaron en amargar la vida al patriarcado). Y mucho menos homosexuales. Por eso enarcamos las cejas y nos quedamos ojipláticos cuando alguien se plantea una pregunta: ¿Había maricas entre los neardenthales? ¡Qué cosas!

Pero sorprende aún mucho más la respuesta: ¿Y por qué no? ¿Qué evidencias hay de que no fuera así? Pues a estudiar esto y desde la perspectiva de las disidencias sexuales y de género, queridas, queridos, querides, se dedica cierta rama de la arqueología denominada arqueología queer o arqueología transfeminista. La misma que practica Mikel Herranz, más conocido en redes sociales como @PutoMikel, y que pretende romper con ese pensamiento heteropatriarcal de la historia en su libro Sodomitas, vagas y maleantes (Planeta, 2024), para contar otra historia, la del colectivo LGTBIQ+.

putomikel

¿Cómo cambia la historia desde la mirada queer?

«Cuando investigamos la historia —o la historia del colectivo, la homosexualidad como categoría—, solemos irnos a la medicalización y a la persecución que conocemos de la época moderna. Pero yo quería usar esos primeros capítulos del libro para asentar las bases de cómo funciona la arqueología transfeminista, la arqueología queer —o la historia de género y la historia queer—, que, básicamente, también funciona con buscar en esos silencios y buscar un poco más allá de lo que creemos saber».

Silencios, qué perfecta definición para describir esas líneas en blanco que se salta el estudio de la historia siguiendo el modo tradicional. Unos silencios que guardan, sin embargo, una gran diversidad que se ha condenado a permanecer oculta, que se ha perseguido y que se ha castigado durante siglos, y que aún no está sacada a la luz por completo.

Pero, siguiendo una lógica, si hoy existe toda esa diversidad sexual que hoy hemos decidido representar y mostrar públicamente, parece lógico pensar que ha estado ahí siempre, cavernas incluidas. Esto, evidentemente, implica un cambio, un nuevo punto de vista desde el que partir y al que mirar sobre el que merece la pena reflexionar.

«La Prehistoria, para mucha gente, es hombres cazando y mujeres cuidando; es violenta también, muy individualista… esa imagen que tenemos de las películas. Pero la evidencia arqueológica y antropológica no nos muestra eso»

Contemplar qué supone aceptar que la homosexualidad, así, en general, como una manera simplificadora de tratar de incluir todas las letras y más que caben en el concepto lgtbi, ha estado presente desde el momento en el que el ser humano habitó el planeta (otra cosa es que hayamos querido verlo), «cómo cambia la historia si imaginamos todas esas disidencias, que igual en ese momento no se entendían como disidencias, sino como un tercer ordenamiento y ya está, pero para nosotros sí es disidente. Cómo cambia el relato de la Prehistoria, en este caso, si añadimos esos agentes», puntualiza Mikel Herranz.

«Si comparamos nuestra evolución, la de los homínidos, vaya, con la de los bonobos, pues es un resultado muy distinto a si la comparamos con la del chimpancé, que es lo que tradicionalmente hemos hecho. Esa es la línea que plantea, por ejemplo, Almudena Hernando. Porque la Prehistoria, para mucha gente, es hombres cazando y mujeres cuidando; es violenta también, muy individualista… esa imagen que tenemos de las películas. Pero la evidencia arqueológica y antropológica no nos muestra eso».

Y si queremos evidencias, ahí está el ejemplo del enterramiento de dos hombres en una misma sepultura, que siempre se vio como una pareja heterosexual hasta que el ADN descubrió el pastel. ¡Qué osadía la de aquellos dos antiquísimos esqueletos al llevar la contraria a los cánones históricos!

Una cuestión de poder y de patriarcado

Así que sí, demos por hecho, aunque no se pueda demostrar aún, que había homosexuales en la Prehistoria. Y que los siguió habiendo en los siglos posteriores, aunque no te lo cuente tu libro del instituto. Son disidencias, sexuales, sí, pero disidencias, que hay que sacar al primer plano y dejar de leer entre líneas.

Ahora bien, como escribe el propio Herranz en su libro, «el cuerpo se lee dentro de un contexto social e histórico, y, por tanto, tiene muchas trazas de lo cultural». Y añade más adelante: «Un mismo cuerpo puede tener interpretaciones muy distintas según la época en la que le toque vivir». De ahí que la disidencia sexual y de género se haya visto e interpretado de diferentes maneras a lo largo de la historia.

Pero, en el fondo, todas esas interpretaciones, normalmente negativas, prohibicionistas y censuradoras, se remiten a lo mismo: una cuestión de poder y de patriarcado. «Claro —corrobora Mikel Herranz—, al final, la base de la homofobia (y también de la transfobia en general) es el patriarcado, eso no lo podemos olvidar. Y por eso también la arqueología queer y la transfeminista vienen de una genealogía feminista. Porque si no nos damos cuenta de cómo el patriarcado nos afecta, no lo podemos analizar ni lo podemos desmontar, en el sentido más quirúrgico de la palabra».

«Cuando ilustras eso, que el sexo era algo que se hacía a alguien, creo que se aclaran muchas cuestiones. Y creo que ver el sexo como un acto de poder se ha mantenido a día de hoy»

«Muchos de los modelos de sexualidad del pasado se basan en la misoginia y en un sistema de desigualdad basado en el patriarcado y en el género», continúa argumentando el autor del libro. Para él, el ejemplo más claro es el que desmonta el mito de que en Roma y en Grecia se toleraba la homosexualidad, y no, Maricarmen, no. En Roma, en especial, tú podías sodomizar a un maromo siempre y cuando fueras tú el activo y el maromo estuviera por debajo de ti socialmente.

putomikel

Dar por culo a un esclavo, a un extranjero o a un inferior a ti en rango y posición social, bien. Dar por culo (o ser dado) por un igual, una mariconada imperdonable. Porque de lo que se trataba era de demostrar quién era el hombre, el macho, el puto amo. Otra posición se contemplaba como feminizante y eso sí que no Julio Cayo, por ahí sí que no. Como feminizante era también practicarle un cunnilingus a tu esposa o consentir que ella se subiera a caballito sobre ti a la hora de follar. ¡Por todos los dioses!, ¿estamos locos o qué, Marco Antonio, someterse a los deseos femeninos?

Y llamadme loca, pero qué poquito ha cambiado el cuento todavía hoy entre ciertos especímenes del género masculino, que siguen viendo el sexo oral hacia la mujer como un menoscabo de su hombría.

«Cuando ilustras eso, que el sexo era algo que se hacía a alguien, creo que se aclaran muchas cuestiones. Y creo que ver el sexo como un acto de poder se ha mantenido a día de hoy. Si pensamos en las violencias que hay, obviamente, ese sexo violento tiene que ver no tanto con lo que hoy entenderíamos como el colectivo, evidentemente, sino que ha formado parte de todo tipo de relaciones y de cómo se han construido. Y, obviamente, esa violencia ha estado mucho más permitida en ámbitos donde esa sexualidad ha estado prohibida, donde no se podía hablar de esa sexualidad», comenta Herranz.

Si no había ningún tipo de control social porque esas relaciones estaban prohibidas, la violencia cometida era mayor y permanecía impune. «Por eso en muchos expedientes de la Edad Moderna encontramos relaciones afectivas y relaciones violentas, todas imbricadas en este halo de lo prohibido».

Cómo cambia el cuento según el siglo que se mire

La interpretación de disidencia sexual, la homosexualidad, ha ido variando a lo largo de los siglos. «Les desviades hemos sido corruptores que empujaban a la gente al vicio y al pecado; hemos sido agentes de contagio social que propagaban enfermedades y, más recientemente, somos un lobby que busca transicionar a les niñes y mearse en la Real Academia Española», resume Mikel Herranz en las conclusiones del final del libro.

«Desde que el género y la clase se establecieron como una relación de desigualdad, se han creado desviados. En la Antigua Grecia, desviada era la mujer que deseaba a otra mujer o el hombre adulto que deseaba a otro adulto. En Roma, el desviado era aquel que renunciaba a su masculinidad y se ”sometía” sexualmente a un esclavo o a un extranjero. En el cristianismo medieval y moderno, desviado era todo acto que no llevase a la reproducción, desde la sodomía a la masturbación».

Y así, hasta el siglo XIX y principios del XX, donde a la homosexualidad se la patologizó y medicalizó, pasando a considerarla una enfermedad con un posible tratamiento (aunque aún hay ciertos especímenes en nuestro siglo XXI que siguen pensando así, en eso no han evolucionado mucho. Vamos, que ser maricón y lesbiana se cura). Y hasta hoy, que todo el colectivo LGTBIQ+ es un objeto mercantilizado del que sacar dinero a mansalva, un invento moderno que se ha puesto de moda, según los más reaccionarios, además de una cuestión política que cada bando, izquierda y derecha, utilizan según les convenga.

Terminología de ayer y de hoy

Lo que sí es moderna es la terminología. Homosexual y lesbiana son dos palabras mucho más recientes de lo que pensamos. En la Edad Media, no existían los hombres homosexuales, existían los sodomitas, los bujarrones, los maricas. Ellas ni siquiera tenían nombre; como mucho, eran machorras, mujeres masculinizadas.

«Bueno, lesbiana es un término anterior al de homosexual [para referirse también a la mujer], pero es verdad que homosexual surge, sobre todo, asociado a lo masculino. Después se aplicará también para la homosexualidad femenina. Pero para las mujeres, cuando se empieza a hacer toda esta psiquiatrización del deseo, se utilizan otros términos como tríbada. Se recuperan muchos términos de la antigüedad como ese. Safos también tiene una presencia dentro del imaginario colectivo», matiza Mikel Herranz.

«Una mujer lesbiana, como no cumplía el único propósito social que tenía la mujer, que era la reproducción, no era entendida como una mujer como tal. Obviamente, a nivel sociológico, a nivel interno de cómo se identificaba esta persona, suponemos que la mayoría sí lo hacían como mujeres, pero es algo más difícil de constatar».

«Y ahora, que entendemos estas diferencias entre la identidad y la expresión, y que hemos dejado atrás ese punto de vista del siglo XVII que se refería a ellos como sodomitas pero no hombres —y no sabemos muy bien qué—; ahora que lo hemos desmenuzado y separado en categorías diferentes de identidad, expresión, etc., tenemos que ver cómo encajan esas piezas. Y se están creando nuevas categorías».

«Hablamos de identidades no binarias, de identidades trans, etc. Y esto está creando nuevas formas de relacionarnos con el género que no es simplemente leído a nivel social, sino que estamos siendo capaces de expresar más ese mundo interior que no se permitía expresar. Obviamente, es un aprendizaje, pero también puede servir, incluso a las personas cis, para entender cuál es su relación con la masculinidad, con la feminidad, con cómo se ven en el mundo, cómo se expresan, etc.», concluye Herranz.

putomikel

Guetos de resistencia

En cualquier caso, estas personas que mostraban una disidencia sexual se vieron obligadas a buscar sus propios espacios, a encontrarse en ellos a escondidas (o simplemente ignoradas, que hay cosas que es mejor no saber) de los biempensantes. Y es verdad que los hemos entendido como guetos, pero son guetos de resistencia, en el fondo.

«Claro, porque, al final, siempre surgen espacios donde evadir la ley, la persecución y el control social —confirma el autor de Sodomitas, vagas y maleantes—. Había leyes con penas de cárcel, exilio, castración, quema… en distintos momentos de la historia, pero obviamente venía mucho de un control social. Lo que encontramos es que los sodomitas que eran castigados en la Edad Moderna o que llegan a un tribunal, llegan ahí por ser denunciados por vecinos, porque te han visto haciendo cosas o por disputas vecinales».

«La mejor defensa contra ello, contra esos agentes que no son agentes de la ley sino sociales, el resultado de un milenio diciendo que esto es un pecado contra natura, siempre ha sido buscar esos espacios de colectividad y buscar el apoyo tejiendo una red. Esas redes son muy importantes».

Tanto es así, que lugares tan lgtbi como hoy consideramos al barrio de Chueca en Madrid, o ciertas discotecas y locales de ocio nocturno dirigidas a un público gay, «son el resultado de esos espacios que también eran reivindicativos, donde se socializaba, se disfrutaba y se tenía sexo, y se travestía y se hacían obras de teatro…», remarca Herranz.

«Si queremos hablar de la historia, hablemos de cosas de la historia que nos siguen atravesando como personas. Así dejaríamos también de dar muchas cosas por sentadas»

«Y esto se remonta a 400 años, donde están documentados estos espacios no solo dedicados al encuentro sexual fortuito y momentáneo. Cuando desaparecen es porque los han encontrado y clausurado. Y, aun así, que sigan apareciendo es sintomático de que la persecución de la sexualidad y la disidencia de género como un crimen solo consigue empujar a la confidencialidad y a la marginalidad realidades que son perpetuas en la sociedad».

Por eso hay que seguir insistiendo, necesitamos contar la historia desde una perspectiva diferente que nos incluya a todos, a todas, a todes. Porque llevamos con una visión mediada por intereses de género y de clase ya demasiado tiempo, casi 200 años, desde que en el siglo XIX ciertos hombres de clase media alta se dedicaran a estudiarla buscando los pilares que sustentaban las naciones, como un medio de construir el sentimiento nacional. Ya huele.

La historia que nos han enseñado en el colegio y en el instituto «está muy sesgada y mediada, y eso impide que imaginemos otros pasados, que no seamos capaces de ver qué hacía la otra mitad de la población, cómo era la sexualidad, qué hacía la gente que no era importante, cómo fue la historia de clase de las personas trabajadoras», opina Herranz.

«Por qué estamos dando la matraca siempre con Felipe II o los grandes hitos nacionales un año sí y otro también y no estamos enseñando otras cosas: cómo se construye la desigualdad de género, cómo aparece la desigualdad de género. Son debates mucho más interesantes y que se dan continuamente en la historia y en la arqueología, y no hay una respuesta única, pero sí que hay teorías».

«Por qué no hablar de esas teorías, que explican mucho más del mundo de lo que explica la batalla de Lepanto. Esa batalla no me explica el mundo como sí me lo explica la aparición de la desigualdad en el Neolítico. O no me lo explica como sí lo hace cómo se trataban los motines de subsistencia, cómo se trataba a las verduleras en la Revuelta de las verduleras, que me explica mucho más de estructuras como el machismo».

«Si queremos hablar de la historia, hablemos de cosas de la historia que nos siguen atravesando como personas. Así dejaríamos también de dar muchas cosas por sentadas», concluye Herranz.

La historia que conocemos no es realmente como nos la han contado. O, bueno, no del todo. Faltan algunas perspectivas a la hora de contemplarla que no han estado presentes desde que en el siglo XIX un montón de hombres (en el sentido más estricto de género) decidieron echar la vista atrás para estudiar el devenir de la humanidad.

En esa historia solo había hombres muy hombres, para lo bueno y para lo malo. Hombres que reinaban, hombres que luchaban, hombres que dictaban leyes, hombres que asesinaban y hombres que amaban también. Pero no había mujeres como protagonistas (salvo algunas excepciones que se empeñaron en amargar la vida al patriarcado). Y mucho menos homosexuales. Por eso enarcamos las cejas y nos quedamos ojipláticos cuando alguien se plantea una pregunta: ¿Había maricas entre los neardenthales? ¡Qué cosas!

Pero sorprende aún mucho más la respuesta: ¿Y por qué no? ¿Qué evidencias hay de que no fuera así? Pues a estudiar esto y desde la perspectiva de las disidencias sexuales y de género, queridas, queridos, querides, se dedica cierta rama de la arqueología denominada arqueología queer o arqueología transfeminista. La misma que practica Mikel Herranz, más conocido en redes sociales como @PutoMikel, y que pretende romper con ese pensamiento heteropatriarcal de la historia en su libro Sodomitas, vagas y maleantes (Planeta, 2024), para contar otra historia, la del colectivo LGTBIQ+.

putomikel

¿Cómo cambia la historia desde la mirada queer?

«Cuando investigamos la historia —o la historia del colectivo, la homosexualidad como categoría—, solemos irnos a la medicalización y a la persecución que conocemos de la época moderna. Pero yo quería usar esos primeros capítulos del libro para asentar las bases de cómo funciona la arqueología transfeminista, la arqueología queer —o la historia de género y la historia queer—, que, básicamente, también funciona con buscar en esos silencios y buscar un poco más allá de lo que creemos saber».

Silencios, qué perfecta definición para describir esas líneas en blanco que se salta el estudio de la historia siguiendo el modo tradicional. Unos silencios que guardan, sin embargo, una gran diversidad que se ha condenado a permanecer oculta, que se ha perseguido y que se ha castigado durante siglos, y que aún no está sacada a la luz por completo.

Pero, siguiendo una lógica, si hoy existe toda esa diversidad sexual que hoy hemos decidido representar y mostrar públicamente, parece lógico pensar que ha estado ahí siempre, cavernas incluidas. Esto, evidentemente, implica un cambio, un nuevo punto de vista desde el que partir y al que mirar sobre el que merece la pena reflexionar.

«La Prehistoria, para mucha gente, es hombres cazando y mujeres cuidando; es violenta también, muy individualista… esa imagen que tenemos de las películas. Pero la evidencia arqueológica y antropológica no nos muestra eso»

Contemplar qué supone aceptar que la homosexualidad, así, en general, como una manera simplificadora de tratar de incluir todas las letras y más que caben en el concepto lgtbi, ha estado presente desde el momento en el que el ser humano habitó el planeta (otra cosa es que hayamos querido verlo), «cómo cambia la historia si imaginamos todas esas disidencias, que igual en ese momento no se entendían como disidencias, sino como un tercer ordenamiento y ya está, pero para nosotros sí es disidente. Cómo cambia el relato de la Prehistoria, en este caso, si añadimos esos agentes», puntualiza Mikel Herranz.

«Si comparamos nuestra evolución, la de los homínidos, vaya, con la de los bonobos, pues es un resultado muy distinto a si la comparamos con la del chimpancé, que es lo que tradicionalmente hemos hecho. Esa es la línea que plantea, por ejemplo, Almudena Hernando. Porque la Prehistoria, para mucha gente, es hombres cazando y mujeres cuidando; es violenta también, muy individualista… esa imagen que tenemos de las películas. Pero la evidencia arqueológica y antropológica no nos muestra eso».

Y si queremos evidencias, ahí está el ejemplo del enterramiento de dos hombres en una misma sepultura, que siempre se vio como una pareja heterosexual hasta que el ADN descubrió el pastel. ¡Qué osadía la de aquellos dos antiquísimos esqueletos al llevar la contraria a los cánones históricos!

Una cuestión de poder y de patriarcado

Así que sí, demos por hecho, aunque no se pueda demostrar aún, que había homosexuales en la Prehistoria. Y que los siguió habiendo en los siglos posteriores, aunque no te lo cuente tu libro del instituto. Son disidencias, sexuales, sí, pero disidencias, que hay que sacar al primer plano y dejar de leer entre líneas.

Ahora bien, como escribe el propio Herranz en su libro, «el cuerpo se lee dentro de un contexto social e histórico, y, por tanto, tiene muchas trazas de lo cultural». Y añade más adelante: «Un mismo cuerpo puede tener interpretaciones muy distintas según la época en la que le toque vivir». De ahí que la disidencia sexual y de género se haya visto e interpretado de diferentes maneras a lo largo de la historia.

Pero, en el fondo, todas esas interpretaciones, normalmente negativas, prohibicionistas y censuradoras, se remiten a lo mismo: una cuestión de poder y de patriarcado. «Claro —corrobora Mikel Herranz—, al final, la base de la homofobia (y también de la transfobia en general) es el patriarcado, eso no lo podemos olvidar. Y por eso también la arqueología queer y la transfeminista vienen de una genealogía feminista. Porque si no nos damos cuenta de cómo el patriarcado nos afecta, no lo podemos analizar ni lo podemos desmontar, en el sentido más quirúrgico de la palabra».

«Cuando ilustras eso, que el sexo era algo que se hacía a alguien, creo que se aclaran muchas cuestiones. Y creo que ver el sexo como un acto de poder se ha mantenido a día de hoy»

«Muchos de los modelos de sexualidad del pasado se basan en la misoginia y en un sistema de desigualdad basado en el patriarcado y en el género», continúa argumentando el autor del libro. Para él, el ejemplo más claro es el que desmonta el mito de que en Roma y en Grecia se toleraba la homosexualidad, y no, Maricarmen, no. En Roma, en especial, tú podías sodomizar a un maromo siempre y cuando fueras tú el activo y el maromo estuviera por debajo de ti socialmente.

putomikel

Dar por culo a un esclavo, a un extranjero o a un inferior a ti en rango y posición social, bien. Dar por culo (o ser dado) por un igual, una mariconada imperdonable. Porque de lo que se trataba era de demostrar quién era el hombre, el macho, el puto amo. Otra posición se contemplaba como feminizante y eso sí que no Julio Cayo, por ahí sí que no. Como feminizante era también practicarle un cunnilingus a tu esposa o consentir que ella se subiera a caballito sobre ti a la hora de follar. ¡Por todos los dioses!, ¿estamos locos o qué, Marco Antonio, someterse a los deseos femeninos?

Y llamadme loca, pero qué poquito ha cambiado el cuento todavía hoy entre ciertos especímenes del género masculino, que siguen viendo el sexo oral hacia la mujer como un menoscabo de su hombría.

«Cuando ilustras eso, que el sexo era algo que se hacía a alguien, creo que se aclaran muchas cuestiones. Y creo que ver el sexo como un acto de poder se ha mantenido a día de hoy. Si pensamos en las violencias que hay, obviamente, ese sexo violento tiene que ver no tanto con lo que hoy entenderíamos como el colectivo, evidentemente, sino que ha formado parte de todo tipo de relaciones y de cómo se han construido. Y, obviamente, esa violencia ha estado mucho más permitida en ámbitos donde esa sexualidad ha estado prohibida, donde no se podía hablar de esa sexualidad», comenta Herranz.

Si no había ningún tipo de control social porque esas relaciones estaban prohibidas, la violencia cometida era mayor y permanecía impune. «Por eso en muchos expedientes de la Edad Moderna encontramos relaciones afectivas y relaciones violentas, todas imbricadas en este halo de lo prohibido».

Cómo cambia el cuento según el siglo que se mire

La interpretación de disidencia sexual, la homosexualidad, ha ido variando a lo largo de los siglos. «Les desviades hemos sido corruptores que empujaban a la gente al vicio y al pecado; hemos sido agentes de contagio social que propagaban enfermedades y, más recientemente, somos un lobby que busca transicionar a les niñes y mearse en la Real Academia Española», resume Mikel Herranz en las conclusiones del final del libro.

«Desde que el género y la clase se establecieron como una relación de desigualdad, se han creado desviados. En la Antigua Grecia, desviada era la mujer que deseaba a otra mujer o el hombre adulto que deseaba a otro adulto. En Roma, el desviado era aquel que renunciaba a su masculinidad y se ”sometía” sexualmente a un esclavo o a un extranjero. En el cristianismo medieval y moderno, desviado era todo acto que no llevase a la reproducción, desde la sodomía a la masturbación».

Y así, hasta el siglo XIX y principios del XX, donde a la homosexualidad se la patologizó y medicalizó, pasando a considerarla una enfermedad con un posible tratamiento (aunque aún hay ciertos especímenes en nuestro siglo XXI que siguen pensando así, en eso no han evolucionado mucho. Vamos, que ser maricón y lesbiana se cura). Y hasta hoy, que todo el colectivo LGTBIQ+ es un objeto mercantilizado del que sacar dinero a mansalva, un invento moderno que se ha puesto de moda, según los más reaccionarios, además de una cuestión política que cada bando, izquierda y derecha, utilizan según les convenga.

Terminología de ayer y de hoy

Lo que sí es moderna es la terminología. Homosexual y lesbiana son dos palabras mucho más recientes de lo que pensamos. En la Edad Media, no existían los hombres homosexuales, existían los sodomitas, los bujarrones, los maricas. Ellas ni siquiera tenían nombre; como mucho, eran machorras, mujeres masculinizadas.

«Bueno, lesbiana es un término anterior al de homosexual [para referirse también a la mujer], pero es verdad que homosexual surge, sobre todo, asociado a lo masculino. Después se aplicará también para la homosexualidad femenina. Pero para las mujeres, cuando se empieza a hacer toda esta psiquiatrización del deseo, se utilizan otros términos como tríbada. Se recuperan muchos términos de la antigüedad como ese. Safos también tiene una presencia dentro del imaginario colectivo», matiza Mikel Herranz.

«Una mujer lesbiana, como no cumplía el único propósito social que tenía la mujer, que era la reproducción, no era entendida como una mujer como tal. Obviamente, a nivel sociológico, a nivel interno de cómo se identificaba esta persona, suponemos que la mayoría sí lo hacían como mujeres, pero es algo más difícil de constatar».

«Y ahora, que entendemos estas diferencias entre la identidad y la expresión, y que hemos dejado atrás ese punto de vista del siglo XVII que se refería a ellos como sodomitas pero no hombres —y no sabemos muy bien qué—; ahora que lo hemos desmenuzado y separado en categorías diferentes de identidad, expresión, etc., tenemos que ver cómo encajan esas piezas. Y se están creando nuevas categorías».

«Hablamos de identidades no binarias, de identidades trans, etc. Y esto está creando nuevas formas de relacionarnos con el género que no es simplemente leído a nivel social, sino que estamos siendo capaces de expresar más ese mundo interior que no se permitía expresar. Obviamente, es un aprendizaje, pero también puede servir, incluso a las personas cis, para entender cuál es su relación con la masculinidad, con la feminidad, con cómo se ven en el mundo, cómo se expresan, etc.», concluye Herranz.

putomikel

Guetos de resistencia

En cualquier caso, estas personas que mostraban una disidencia sexual se vieron obligadas a buscar sus propios espacios, a encontrarse en ellos a escondidas (o simplemente ignoradas, que hay cosas que es mejor no saber) de los biempensantes. Y es verdad que los hemos entendido como guetos, pero son guetos de resistencia, en el fondo.

«Claro, porque, al final, siempre surgen espacios donde evadir la ley, la persecución y el control social —confirma el autor de Sodomitas, vagas y maleantes—. Había leyes con penas de cárcel, exilio, castración, quema… en distintos momentos de la historia, pero obviamente venía mucho de un control social. Lo que encontramos es que los sodomitas que eran castigados en la Edad Moderna o que llegan a un tribunal, llegan ahí por ser denunciados por vecinos, porque te han visto haciendo cosas o por disputas vecinales».

«La mejor defensa contra ello, contra esos agentes que no son agentes de la ley sino sociales, el resultado de un milenio diciendo que esto es un pecado contra natura, siempre ha sido buscar esos espacios de colectividad y buscar el apoyo tejiendo una red. Esas redes son muy importantes».

Tanto es así, que lugares tan lgtbi como hoy consideramos al barrio de Chueca en Madrid, o ciertas discotecas y locales de ocio nocturno dirigidas a un público gay, «son el resultado de esos espacios que también eran reivindicativos, donde se socializaba, se disfrutaba y se tenía sexo, y se travestía y se hacían obras de teatro…», remarca Herranz.

«Si queremos hablar de la historia, hablemos de cosas de la historia que nos siguen atravesando como personas. Así dejaríamos también de dar muchas cosas por sentadas»

«Y esto se remonta a 400 años, donde están documentados estos espacios no solo dedicados al encuentro sexual fortuito y momentáneo. Cuando desaparecen es porque los han encontrado y clausurado. Y, aun así, que sigan apareciendo es sintomático de que la persecución de la sexualidad y la disidencia de género como un crimen solo consigue empujar a la confidencialidad y a la marginalidad realidades que son perpetuas en la sociedad».

Por eso hay que seguir insistiendo, necesitamos contar la historia desde una perspectiva diferente que nos incluya a todos, a todas, a todes. Porque llevamos con una visión mediada por intereses de género y de clase ya demasiado tiempo, casi 200 años, desde que en el siglo XIX ciertos hombres de clase media alta se dedicaran a estudiarla buscando los pilares que sustentaban las naciones, como un medio de construir el sentimiento nacional. Ya huele.

La historia que nos han enseñado en el colegio y en el instituto «está muy sesgada y mediada, y eso impide que imaginemos otros pasados, que no seamos capaces de ver qué hacía la otra mitad de la población, cómo era la sexualidad, qué hacía la gente que no era importante, cómo fue la historia de clase de las personas trabajadoras», opina Herranz.

«Por qué estamos dando la matraca siempre con Felipe II o los grandes hitos nacionales un año sí y otro también y no estamos enseñando otras cosas: cómo se construye la desigualdad de género, cómo aparece la desigualdad de género. Son debates mucho más interesantes y que se dan continuamente en la historia y en la arqueología, y no hay una respuesta única, pero sí que hay teorías».

«Por qué no hablar de esas teorías, que explican mucho más del mundo de lo que explica la batalla de Lepanto. Esa batalla no me explica el mundo como sí me lo explica la aparición de la desigualdad en el Neolítico. O no me lo explica como sí lo hace cómo se trataban los motines de subsistencia, cómo se trataba a las verduleras en la Revuelta de las verduleras, que me explica mucho más de estructuras como el machismo».

«Si queremos hablar de la historia, hablemos de cosas de la historia que nos siguen atravesando como personas. Así dejaríamos también de dar muchas cosas por sentadas», concluye Herranz.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Tú, a través del balcón
El hombre que superó el cáncer gracias a una babosa (y mucha ciencia)
Expectativas vs realidad: las cosas no son como crees
Invéntate una profesión: por ejemplo, profesor de matemáticas
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp