25 de noviembre 2021    /   CREATIVIDAD
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 Imagen de portada: Pinkcandy - Shutterstock

Richard Buckminster Fuller: Cuando la tecnología quiso salvar el planeta

25 de noviembre 2021    /   CREATIVIDAD     por          Imagen de portada: Pinkcandy - Shutterstock
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El 27 de abril de 1967 se inauguró la Exposición Universal de Montreal. Entre los pabellones de la Expo estaba el de los Estados Unidos: una monumental cúpula de acero y plástico acrílico que envolvía tanto el propio edificio como los árboles y la vegetación de alrededor. Debajo de paseaban el presidente de los USA Lyndon B. Johnson y el diseñador de la misma, Richard Buckminster Fuller.

– Señor Fuller, lo que ha construido usted aquí es magnífico. Dígame, ¿qué tamaño tiene?

– Pues son 62 metros de alto por 76 metros de diámetro. Es la cúpula geodésica más grande que se ha levantado jamás. Sin embargo, con este método se podría cubrir muchísima más superficie. Tengo la completa certeza de que se podrían cubrir barrios enteros. Incluso ciudades.

– ¿De veras, señor Fuller? ¿Algo tan grande?

– En efecto, señor presidente. Tan grande como Manhattan. Quizá más.

Ese paseo en la primavera del 67 marcaba el punto culminante de la carrera de Fuller. Tenía 72 años y acababa de terminar una proeza, pero no era una proeza arquitectónica o de la ingeniería; era la proeza de una vida. Por eso, en ese paseo no podía dejar de recordar la noche de 1927, cuarenta años antes, en la que paseaba desesperado por la orilla del lago Michigan.

Richard Buckminster Fuller
R. Buckminster Fuller holds up a Tensegrity sphere. 18th April, 1979.

Arruinado, con una familia a la que mantener y con el recuerdo reciente de la muerte de su hija pequeña, Fuller estaba decidido a saltar al lago y acabar con su vida. Así, su familia podría cobrar el seguro y sobrevivir. Pero no lo hizo. En una mezcla de epifanía y autoconsciencia ficcionada, el inventor relataría más tarde que una brillante esfera de luz apareció sobre las aguas y le dijo: «Tu vida no te pertenece. Tu vida pertenece al Universo».

Seguramente lo de la esfera de luz es algo un poco embellecido, pero el caso es que Fuller se tomó muy en serio el asunto y decidió sobrevivir. Y no solo decidió hacerlo, sino que decidió encomendarse a una misión: cambiar el mundo. Mejorar la vida de toda la humanidad. Y hacerlo desde la tecnología.

Y lo hizo. En las siguientes cuatro décadas, Fuller abordó todos los ámbitos del conocimiento. Desde el diseño industrial hasta la arquitectura y la construcción. Desde la enseñanza hasta la ecología. Con unos cuantos errores y muchos aciertos, pero siempre de la manera más eficaz y más beneficiosa para todo el mundo.

A saber: en 1933 diseñó el Dymaxion Car: un coche con tres ruedas, capacidad para once personas, con un radio de giro cortísimo y capaz de alcanzar los 250 km/h. Un coche que llegaba desde el futuro. En 1946 patentó el Dymaxion Map, mucho más eficaz que los habituales pues apenas tenía distorsión, además de ser estéticamente bellísimo.

Dymaxion Car

Pero la relación de Buckminster Fuller con nuestro planeta no era solo como artefacto para representar: en los años 60, décadas antes de que el concepto de sostenibilidad medioambiental circulase por el subconsciente colectivo, el inventor ya concebía la Tierra como un lugar precioso que debíamos conservar. Y no es solo que advirtiese en conferencias por todo el mundo que los recursos del planeta eran limitados y que había que cuidarlos, es que acuñó un concepto formidable.

La Tierra no era un planeta, era una nave espacial: la Spaceship Earth. En palabras de Fuller, «todos los seres humanos viajamos en la nave espacial Tierra, pero no somos pasajeros, somos tripulación. Y como la tripulación de cualquier gran nave, todos los seres humanos tenemos que trabajar juntos para mantener el planeta funcionando correctamente».

Con todo, y aunque no era arquitecto, Bucky Fuller fue (y es) mundialmente conocido por sus aportaciones al mundo de la arquitectura y la construcción. Empezando por la Dymaxion House: una casa hecha en serie, construida por compañías aeronáuticas y tan ligera que se podía transportar por el aire. Literalmente colgada de un helicóptero.

La casa, diseñada en los años 20 pero construida justo después de la 2ª Guerra Mundial, era energéticamente hipereficiente y, entre otros avances, disponía de un baño con una ducha de vapor que permitía ducharse empleando solo un vaso de agua.

Dymaxion House as installed at the Henry Ford Museum; photo by rmhermen.

Pero Fuller siempre quería hacer «más con menos». Por eso quiso diseñar una estructura aún más ligera. Tomando nota de las telas de araña, que son capaces de flotar en un huracán conservando su integridad estructural, alumbró el concepto de cúpula geodésica: el sistema más eficaz, más barato y más rápido capaz de cubrir la mayor superficie posible. Y, claro, fue un éxito total.

Se estima que, desde que Fuller patentó la cúpula geodésica en 1954 hasta la actualidad, se han construido más de 200.000 cúpulas geodésicas por todo el mundo, de todo porte y alcance. Como refugios de radares, como tiendas de campaña y como grandes estructuras civiles. Como el pabellón de los Estados Unidos en la Expo de Montreal, como la esfera de Epcot en Disney World Orlando e incluso como la propia casa de Fuller, donde vivió feliz junto a su esposa en Carbondale, Illinois, hasta el día de su muerte, ya en 1983.

Las cúpulas geodésicas se convirtieron en un símbolo de la cultura de la tecnología, la destilación perfecta de la imagen colectiva del futuro. Han aparecido en cien libros, tebeos, series de televisión y películas, desde Los Simpson hasta la novela Under the dome, de Stepehen King, en la que una ciudad aparece cubierta, de la noche a la mañana, por una colosal cúpula.

La diferencia es que Bucky Fuller se planteó en serio la idea de cubrir una ciudad bajo una cúpula geodésica. Y esa ciudad era Manhattan.

R. Buckminster Fuller stands in front of a depiction of his domed city design at its first public showing at a community meeting in East St. Louis, Illinois. 1971. Author: Steve Yelvington.

Con la ayuda del arquitecto japonés Shoji Sadao, quien le había ayudado en todas sus grandes estructuras, Fuller propuso una cúpula que tendría tres kilómetros de diámetro y que cubriría Manhattan a la altura de la calle 42. Pero es que, además, la cúpula no sería solo una estructura, sería una membrana tecnológica y porosa, con un complejo sistema de paneles opacos y traslúcidos para controlar la temperatura interior y evitar el efecto invernadero que podría producirse con semejante superficie transparente.

Una cúpula mediatizada con datos y proyecciones, capaz de controlar el clima interior y de ser energéticamente eficiente. Y pese a que costaría unos 300 millones de dólares de la época, según Fuller, la cúpula sobre Manhattan sería económicamente rentable. Como la superficie de los edificios que se encontrarían bajo la cúpula es ochenta veces más grande que la superficie de la cúpula, las pérdidas de calor de esa zona de Nueva York se reducirían unas ochenta veces. Se reduciría la necesidad energética total hasta un 20%.

En sus propias palabras, «solo el coste de quitar la nieve bajo esa cúpula la amortizaría en tan solo diez años». Teniendo en cuenta que en 2018 el coste de quitar la nieve de Manhattan ascendió a 96 millones de dólares, tal vez Fuller tuviese razón.

Como todos sabemos, la cúpula sobre Manhattan nunca se construyó. Pero siempre podemos visitar la Biosfera de Montreal, que es el nuevo nombre con el que se conoce al pabellón estadounidense de la Expo ‘67 e imaginar un futuro más eficaz, más tecnológico, tal vez mejor y, desde luego, bellísimo.

 

Este artículo se publicó en la revista de papel. Puedes verlo aquí.

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El 27 de abril de 1967 se inauguró la Exposición Universal de Montreal. Entre los pabellones de la Expo estaba el de los Estados Unidos: una monumental cúpula de acero y plástico acrílico que envolvía tanto el propio edificio como los árboles y la vegetación de alrededor. Debajo de paseaban el presidente de los USA Lyndon B. Johnson y el diseñador de la misma, Richard Buckminster Fuller.

– Señor Fuller, lo que ha construido usted aquí es magnífico. Dígame, ¿qué tamaño tiene?

– Pues son 62 metros de alto por 76 metros de diámetro. Es la cúpula geodésica más grande que se ha levantado jamás. Sin embargo, con este método se podría cubrir muchísima más superficie. Tengo la completa certeza de que se podrían cubrir barrios enteros. Incluso ciudades.

– ¿De veras, señor Fuller? ¿Algo tan grande?

– En efecto, señor presidente. Tan grande como Manhattan. Quizá más.

Ese paseo en la primavera del 67 marcaba el punto culminante de la carrera de Fuller. Tenía 72 años y acababa de terminar una proeza, pero no era una proeza arquitectónica o de la ingeniería; era la proeza de una vida. Por eso, en ese paseo no podía dejar de recordar la noche de 1927, cuarenta años antes, en la que paseaba desesperado por la orilla del lago Michigan.

Richard Buckminster Fuller
R. Buckminster Fuller holds up a Tensegrity sphere. 18th April, 1979.

Arruinado, con una familia a la que mantener y con el recuerdo reciente de la muerte de su hija pequeña, Fuller estaba decidido a saltar al lago y acabar con su vida. Así, su familia podría cobrar el seguro y sobrevivir. Pero no lo hizo. En una mezcla de epifanía y autoconsciencia ficcionada, el inventor relataría más tarde que una brillante esfera de luz apareció sobre las aguas y le dijo: «Tu vida no te pertenece. Tu vida pertenece al Universo».

Seguramente lo de la esfera de luz es algo un poco embellecido, pero el caso es que Fuller se tomó muy en serio el asunto y decidió sobrevivir. Y no solo decidió hacerlo, sino que decidió encomendarse a una misión: cambiar el mundo. Mejorar la vida de toda la humanidad. Y hacerlo desde la tecnología.

Y lo hizo. En las siguientes cuatro décadas, Fuller abordó todos los ámbitos del conocimiento. Desde el diseño industrial hasta la arquitectura y la construcción. Desde la enseñanza hasta la ecología. Con unos cuantos errores y muchos aciertos, pero siempre de la manera más eficaz y más beneficiosa para todo el mundo.

A saber: en 1933 diseñó el Dymaxion Car: un coche con tres ruedas, capacidad para once personas, con un radio de giro cortísimo y capaz de alcanzar los 250 km/h. Un coche que llegaba desde el futuro. En 1946 patentó el Dymaxion Map, mucho más eficaz que los habituales pues apenas tenía distorsión, además de ser estéticamente bellísimo.

Dymaxion Car

Pero la relación de Buckminster Fuller con nuestro planeta no era solo como artefacto para representar: en los años 60, décadas antes de que el concepto de sostenibilidad medioambiental circulase por el subconsciente colectivo, el inventor ya concebía la Tierra como un lugar precioso que debíamos conservar. Y no es solo que advirtiese en conferencias por todo el mundo que los recursos del planeta eran limitados y que había que cuidarlos, es que acuñó un concepto formidable.

La Tierra no era un planeta, era una nave espacial: la Spaceship Earth. En palabras de Fuller, «todos los seres humanos viajamos en la nave espacial Tierra, pero no somos pasajeros, somos tripulación. Y como la tripulación de cualquier gran nave, todos los seres humanos tenemos que trabajar juntos para mantener el planeta funcionando correctamente».

Con todo, y aunque no era arquitecto, Bucky Fuller fue (y es) mundialmente conocido por sus aportaciones al mundo de la arquitectura y la construcción. Empezando por la Dymaxion House: una casa hecha en serie, construida por compañías aeronáuticas y tan ligera que se podía transportar por el aire. Literalmente colgada de un helicóptero.

La casa, diseñada en los años 20 pero construida justo después de la 2ª Guerra Mundial, era energéticamente hipereficiente y, entre otros avances, disponía de un baño con una ducha de vapor que permitía ducharse empleando solo un vaso de agua.

Dymaxion House as installed at the Henry Ford Museum; photo by rmhermen.

Pero Fuller siempre quería hacer «más con menos». Por eso quiso diseñar una estructura aún más ligera. Tomando nota de las telas de araña, que son capaces de flotar en un huracán conservando su integridad estructural, alumbró el concepto de cúpula geodésica: el sistema más eficaz, más barato y más rápido capaz de cubrir la mayor superficie posible. Y, claro, fue un éxito total.

Se estima que, desde que Fuller patentó la cúpula geodésica en 1954 hasta la actualidad, se han construido más de 200.000 cúpulas geodésicas por todo el mundo, de todo porte y alcance. Como refugios de radares, como tiendas de campaña y como grandes estructuras civiles. Como el pabellón de los Estados Unidos en la Expo de Montreal, como la esfera de Epcot en Disney World Orlando e incluso como la propia casa de Fuller, donde vivió feliz junto a su esposa en Carbondale, Illinois, hasta el día de su muerte, ya en 1983.

Las cúpulas geodésicas se convirtieron en un símbolo de la cultura de la tecnología, la destilación perfecta de la imagen colectiva del futuro. Han aparecido en cien libros, tebeos, series de televisión y películas, desde Los Simpson hasta la novela Under the dome, de Stepehen King, en la que una ciudad aparece cubierta, de la noche a la mañana, por una colosal cúpula.

La diferencia es que Bucky Fuller se planteó en serio la idea de cubrir una ciudad bajo una cúpula geodésica. Y esa ciudad era Manhattan.

R. Buckminster Fuller stands in front of a depiction of his domed city design at its first public showing at a community meeting in East St. Louis, Illinois. 1971. Author: Steve Yelvington.

Con la ayuda del arquitecto japonés Shoji Sadao, quien le había ayudado en todas sus grandes estructuras, Fuller propuso una cúpula que tendría tres kilómetros de diámetro y que cubriría Manhattan a la altura de la calle 42. Pero es que, además, la cúpula no sería solo una estructura, sería una membrana tecnológica y porosa, con un complejo sistema de paneles opacos y traslúcidos para controlar la temperatura interior y evitar el efecto invernadero que podría producirse con semejante superficie transparente.

Una cúpula mediatizada con datos y proyecciones, capaz de controlar el clima interior y de ser energéticamente eficiente. Y pese a que costaría unos 300 millones de dólares de la época, según Fuller, la cúpula sobre Manhattan sería económicamente rentable. Como la superficie de los edificios que se encontrarían bajo la cúpula es ochenta veces más grande que la superficie de la cúpula, las pérdidas de calor de esa zona de Nueva York se reducirían unas ochenta veces. Se reduciría la necesidad energética total hasta un 20%.

En sus propias palabras, «solo el coste de quitar la nieve bajo esa cúpula la amortizaría en tan solo diez años». Teniendo en cuenta que en 2018 el coste de quitar la nieve de Manhattan ascendió a 96 millones de dólares, tal vez Fuller tuviese razón.

Como todos sabemos, la cúpula sobre Manhattan nunca se construyó. Pero siempre podemos visitar la Biosfera de Montreal, que es el nuevo nombre con el que se conoce al pabellón estadounidense de la Expo ‘67 e imaginar un futuro más eficaz, más tecnológico, tal vez mejor y, desde luego, bellísimo.

 

Este artículo se publicó en la revista de papel. Puedes verlo aquí.

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