Publicado: 28 de marzo 2023 08:58  /   CREATIVIDAD
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Seaside: la ciudad de ‘El Show de Truman’ existe 

… Y es el paradigma del ‘new urbanism’  

Publicado: 28 de marzo 2023 08:58  /   CREATIVIDAD     por          
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Seaside: la ciudad de ‘El Show de Truman’

«Nos hemos aburrido de ver actores que nos dan emociones falsas. Estamos cansados de fuegos artificiales y efectos especiales. Damas y caballeros, bienvenidos a El Show de Truman».

Así daba comienzo una película que nos abrió los ojos. A nosotros, los espectadores, de manera metafórica y al bueno de Truman Burbank de manera literal: su vida, tal y como él la conocía, estaba siendo una mentira. Es necesario aclarar que esto no es malo per se, ya que muchas personas viven felices en sus propios engaños. El problema es que Truman no lo sabía.

En 1998 llegaba a los cines un largometraje protagonizado por Jim Carrey, en el que su personaje era, a la vez, protagonista de un programa de televisión. Su mujer, sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta sus vecinos seguían un papel y actuaban siguiendo un guion establecido. Todo con el fin de lograr el reality show más ambicioso de la ficción: la vida de un hombre, desde su nacimiento, sería retransmitida por televisión.

Como un Gran Hermano que todo lo ve. Es curioso cómo, solo un año más tarde en los Países Bajos y dos en España, aquello de encerrar a gente en viviendas-plató, mientras los demás lo veíamos desde nuestras casas, iba a romper con todos los récords de audiencia establecidos.

Truman vive en un pueblo idílico. Un lugar lleno de casitas de madera pintadas en colores pastel, con sus porches delanteros, sus jardines y sus calles peatonales. Una pequeña ciudad, tranquila y acogedora, que lo esconde de la realidad y enmascara su mentira. Un emplazamiento que, aunque parece un plató de Hollywood, es más auténtico que la existencia del propio Truman.

Seaside: la ciudad de ‘El Show de Truman’
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Seaside está en Florida y su elección como marco escénico tiene mucho que ver con la trama de la película. Y también con el florecimiento de los suburbios en Estados Unidos: cuando las ciudades crecen y los habitantes son expulsados de sus cascos históricos, se acaban trasladando a la periferia. Allí el suelo es más barato, sí.

Pero aparecen una serie de inconvenientes ligados a este crecimiento, como un mayor desgaste medioambiental en la zona o un aumento de la criminalidad, combinado con cierto estancamiento económico. Lo que termina implicando una irremediable segregación social.

Como respuesta a esta gentrificación surgió el new urbanism, que trataba de recuperar el llamado sueño americano. ¿De qué manera? Empleando una arquitectura tradicional, gracias a materiales y maneras de construir locales, con el objetivo de ganarse a la clase media-alta estadounidense con conceptos muy marketinianos. Es decir, promoviendo esa idea de barrio bonito, tranquilo y sin delincuencia. 

[pullquote]En Seaside existen ciertas reglas que deben seguirse a rajatabla si uno quiere formar parte de su comunidad. Reglas que dicen, entre otras cosas, con qué materiales tienes que construir tu casa o de qué color la puedes pinta[/pullquote]

Una de las características de este tipo de planeamiento fue la de dar mayor importancia al peatón que al coche, y se traduce en decisiones como que la mayoría de las viviendas deben situarse a cinco minutos a pie del centro. O que las calles deben tener árboles y las escuelas deben encontrarse cerca para que los más pequeños puedan llegar caminando. O que las calles han de ser estrechas para que el tráfico sea lento y se favorezca el desplazamiento a pie.

Cuando Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk diseñaron Seaside en los años 80, se inspiraron en pequeñas ciudades norteamericanas de 1920 y 1930 y repitieron muchos de los conceptos de aquellos lugares, sesenta años más tarde. Así que no solo se dio más importancia al tránsito peatonal, también se combinaron diferentes usos para que viviendas, oficinas, tiendas y edificios dotacionales convivieran juntos y cerca los unos de los otros.

Todo ello apoyándose en una red de transporte público. Aunque en aquella época no se hablaba tanto de sostenibilidad como ahora, se puede percibir que dicho planeamiento estaba enfocado a mejorar la calidad de vida de sus vecinos. En Seaside vive gente todo el año, pero su principal atractivo es turístico, ya que es un pueblo perfecto para veranear. Su diseño dio mayor importancia a los espacios públicos que a los privados, para que tanto las calles, como las plazas y parques tuvieran mayor alcance que las casas de cada vecino.

Y esto ocurría también con el ayuntamiento o los edificios de uso colectivo. Mal no se debería vivir cuando la revista Time lo eligió como el mejor diseño de la década de los ochenta. Toda esta nueva corriente arquitectónica caló en Norteamérica y surgieron muchos pueblos a lo largo y ancho de sus estados. Seaside se copió y repitió, cambiando materiales y colores, pero conservando gran parte de su filosofía.

Seaside: la ciudad de ‘El Show de Truman’
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Pero no es oro todo lo que reluce. En Seaside existen ciertas reglas que deben seguirse a rajatabla si uno quiere formar parte de su comunidad. Reglas que dicen, entre otras cosas, con qué materiales tienes que construir tu casa o de qué color la puedes pintar. La normativa urbanística es tan rígida que uno empieza a no discernir el reglamento de la falta de libertad. Justo lo que le pasaba a Truman: él creía que era un individuo libre y, todo lo contrario. Esta cara oculta del new urbanism se entiende muy bien en la película, porque en ambos prevalece lo artificial y existe una obsesión terrible por una estética simulada e ilusoria.

El problema de fomentar la hiperrealidad es no distinguir lo auténtico de la fantasía. Seaside parece un mundo de ensueño, algo similar a una ciudad-parque temático. Qué es lo que ocurre en el largometraje, que los muros de las casas esconden dentro otra cosa: ya no son viviendas, son estudios de televisión. Muchos de los edificios son pura fachada, con puertas o ventanas selladas, lo que impide a Truman escapar o ver el mundo real más allá del decorado. 

El nuevo urbanismo defendía que las ciudades deben ser diseñadas para ser accesibles y promover la interacción social y el sentido de comunidad. Algo que en la película no existe y es todo un espejismo. En ese sentido, la arquitectura de Seaside ayuda a transmitir la idea central del argumento y crea un ambiente idílico y engañoso. Pero también demuestra que el mundo que rodea a Truman es, en realidad, una creación artificial.

¿Aunque no lo es ya este mundo digital de unos y ceros en el que nos movemos e interactuamos mientras nos escondemos detrás de avatares anónimos? En fin, qué sabré yo. Por si no nos volvemos a ver, «¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!».

«Nos hemos aburrido de ver actores que nos dan emociones falsas. Estamos cansados de fuegos artificiales y efectos especiales. Damas y caballeros, bienvenidos a El Show de Truman».

Así daba comienzo una película que nos abrió los ojos. A nosotros, los espectadores, de manera metafórica y al bueno de Truman Burbank de manera literal: su vida, tal y como él la conocía, estaba siendo una mentira. Es necesario aclarar que esto no es malo per se, ya que muchas personas viven felices en sus propios engaños. El problema es que Truman no lo sabía.

En 1998 llegaba a los cines un largometraje protagonizado por Jim Carrey, en el que su personaje era, a la vez, protagonista de un programa de televisión. Su mujer, sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta sus vecinos seguían un papel y actuaban siguiendo un guion establecido. Todo con el fin de lograr el reality show más ambicioso de la ficción: la vida de un hombre, desde su nacimiento, sería retransmitida por televisión.

Como un Gran Hermano que todo lo ve. Es curioso cómo, solo un año más tarde en los Países Bajos y dos en España, aquello de encerrar a gente en viviendas-plató, mientras los demás lo veíamos desde nuestras casas, iba a romper con todos los récords de audiencia establecidos.

Truman vive en un pueblo idílico. Un lugar lleno de casitas de madera pintadas en colores pastel, con sus porches delanteros, sus jardines y sus calles peatonales. Una pequeña ciudad, tranquila y acogedora, que lo esconde de la realidad y enmascara su mentira. Un emplazamiento que, aunque parece un plató de Hollywood, es más auténtico que la existencia del propio Truman.

Seaside: la ciudad de ‘El Show de Truman’
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Seaside está en Florida y su elección como marco escénico tiene mucho que ver con la trama de la película. Y también con el florecimiento de los suburbios en Estados Unidos: cuando las ciudades crecen y los habitantes son expulsados de sus cascos históricos, se acaban trasladando a la periferia. Allí el suelo es más barato, sí.

Pero aparecen una serie de inconvenientes ligados a este crecimiento, como un mayor desgaste medioambiental en la zona o un aumento de la criminalidad, combinado con cierto estancamiento económico. Lo que termina implicando una irremediable segregación social.

Como respuesta a esta gentrificación surgió el new urbanism, que trataba de recuperar el llamado sueño americano. ¿De qué manera? Empleando una arquitectura tradicional, gracias a materiales y maneras de construir locales, con el objetivo de ganarse a la clase media-alta estadounidense con conceptos muy marketinianos. Es decir, promoviendo esa idea de barrio bonito, tranquilo y sin delincuencia. 

[pullquote]En Seaside existen ciertas reglas que deben seguirse a rajatabla si uno quiere formar parte de su comunidad. Reglas que dicen, entre otras cosas, con qué materiales tienes que construir tu casa o de qué color la puedes pinta[/pullquote]

Una de las características de este tipo de planeamiento fue la de dar mayor importancia al peatón que al coche, y se traduce en decisiones como que la mayoría de las viviendas deben situarse a cinco minutos a pie del centro. O que las calles deben tener árboles y las escuelas deben encontrarse cerca para que los más pequeños puedan llegar caminando. O que las calles han de ser estrechas para que el tráfico sea lento y se favorezca el desplazamiento a pie.

Cuando Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk diseñaron Seaside en los años 80, se inspiraron en pequeñas ciudades norteamericanas de 1920 y 1930 y repitieron muchos de los conceptos de aquellos lugares, sesenta años más tarde. Así que no solo se dio más importancia al tránsito peatonal, también se combinaron diferentes usos para que viviendas, oficinas, tiendas y edificios dotacionales convivieran juntos y cerca los unos de los otros.

Todo ello apoyándose en una red de transporte público. Aunque en aquella época no se hablaba tanto de sostenibilidad como ahora, se puede percibir que dicho planeamiento estaba enfocado a mejorar la calidad de vida de sus vecinos. En Seaside vive gente todo el año, pero su principal atractivo es turístico, ya que es un pueblo perfecto para veranear. Su diseño dio mayor importancia a los espacios públicos que a los privados, para que tanto las calles, como las plazas y parques tuvieran mayor alcance que las casas de cada vecino.

Y esto ocurría también con el ayuntamiento o los edificios de uso colectivo. Mal no se debería vivir cuando la revista Time lo eligió como el mejor diseño de la década de los ochenta. Toda esta nueva corriente arquitectónica caló en Norteamérica y surgieron muchos pueblos a lo largo y ancho de sus estados. Seaside se copió y repitió, cambiando materiales y colores, pero conservando gran parte de su filosofía.

Seaside: la ciudad de ‘El Show de Truman’
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Pero no es oro todo lo que reluce. En Seaside existen ciertas reglas que deben seguirse a rajatabla si uno quiere formar parte de su comunidad. Reglas que dicen, entre otras cosas, con qué materiales tienes que construir tu casa o de qué color la puedes pintar. La normativa urbanística es tan rígida que uno empieza a no discernir el reglamento de la falta de libertad. Justo lo que le pasaba a Truman: él creía que era un individuo libre y, todo lo contrario. Esta cara oculta del new urbanism se entiende muy bien en la película, porque en ambos prevalece lo artificial y existe una obsesión terrible por una estética simulada e ilusoria.

El problema de fomentar la hiperrealidad es no distinguir lo auténtico de la fantasía. Seaside parece un mundo de ensueño, algo similar a una ciudad-parque temático. Qué es lo que ocurre en el largometraje, que los muros de las casas esconden dentro otra cosa: ya no son viviendas, son estudios de televisión. Muchos de los edificios son pura fachada, con puertas o ventanas selladas, lo que impide a Truman escapar o ver el mundo real más allá del decorado. 

El nuevo urbanismo defendía que las ciudades deben ser diseñadas para ser accesibles y promover la interacción social y el sentido de comunidad. Algo que en la película no existe y es todo un espejismo. En ese sentido, la arquitectura de Seaside ayuda a transmitir la idea central del argumento y crea un ambiente idílico y engañoso. Pero también demuestra que el mundo que rodea a Truman es, en realidad, una creación artificial.

¿Aunque no lo es ya este mundo digital de unos y ceros en el que nos movemos e interactuamos mientras nos escondemos detrás de avatares anónimos? En fin, qué sabré yo. Por si no nos volvemos a ver, «¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!».

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