26 de julio 2022    /   IDEAS
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El Seis Sigma y por qué las revoluciones sociales suelen fracasar

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En jerga de ingeniería, Seis Sigma describe las obras que están construidas con un coeficiente de seguridad de 6 (es decir, que están preparadas para soportar mucho más allá de los imponderables que se hayan podido estimar). Un ejemplo de ello es el puente de Brooklyn, en Nueva York, que fue diseñado deliberadamente por John Roebling para soportar seis veces más peso del que esperaba que tuviera que aguantar nunca. También hay procesos que tratan de alcanzar la meta de Seis Sigma para llegar a un máximo de 3,4 defectos por millón de eventos u oportunidades.

Dado que lograr ese nivel de seguridad es muy caro, muy pocos procesos pueden permitirse esa inversión. La industria aeronáutica, por ejemplo, es una de ellas, por esa razón volar se ha vuelto 2.100 veces más seguro en los últimos 70 años.

Sin embargo, alcanzar este nivel de seguridad en los procesos donde intervienen muchas variables, como la sociología o la psicología, es una entelequia. Por eso tratar de gobernar el mundo a través de ideas monolíticas, recetas intocables y ecuaciones simples nos ha condenado siempre al fracaso. Por esa razón, de hecho, las utopías sociales tienen un gran atractivo para quienes aspiramos a un mundo mejor; pero esas utopías suelen despreciar la complejísima y variopinta naturaleza humana de la ecuación, lo que inevitablemente las transforma en distopías.

DE LA REVOLUCIÓN A LA INVOLUCIÓN

Una revolución social no es una ola transformadora. Es la cresta de la ola, coronada de llamativa espuma blanca, que adorna la ola, la acompaña. Por consiguiente, las revoluciones solo se suben a la ola ya iniciada. Se aprovechan de la inercia. Son coolhunters. La revolución social, así, es una suerte de moda ribeteada por el pensamiento místico. O como diría el psicólogo John Gray en Misa negra: La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, la idea de revolución como evento transformador es una continuación de la religión por otros medios.

En ese sentido, la historia de Rosa Parks solo es un mito. Una historia simplificada para describir un cambio que ya se estaba produciendo. Una forma de codificar la inextricable telaraña de acontecimientos que tiene lugar cada segundo del día en todos los rincones del mundo.

Pero incluso si aceptamos la idea de utilidad, si aceptamos que revoluciones como las de 1789 o 1917 transformaron el mundo de una manera violenta y permanente, descubriremos que el resultado de tales transformaciones fue azaroso, muy lejos tanto de las esperanzas más luminosas de sus dirigentes como de los más oscuros presentimientos de sus víctimas. Como cuenta el filósofo e historiador de las ideas Isaiah Berlin en El sentido de la realidad:

«En cada caso, los autores de la revolución se vieron arrastrados por fuerzas que habían desatado en una dirección que apenas habían anticipado. Algunos fueron destruidos por estas fuerzas, otros intentaron controlarlas, pero fueron, sencillamente, controlados por ellas, a pesar de todos sus esfuerzos por dominar los elementos. Los observadores de estos magnos acontecimientos disponían de hipótesis ad hoc para dar cuenta de, o disculpar justificadamente, cada fallo, cada frustración. Otros cayeron en una especie de fatalismo y abandonaron todo esfuerzo por comprender lo ininteligible. Otros encontraron refugio, de nuevo, en generalizaciones tan extensas, en modelos que se expandían a lo largo de tantos siglos y milenios, que las menores burbujas visibles en la superficie, las guerras y las revoluciones, se compensaban, con arreglo a la curvatura cósmica global».

Esta sensación de que elementos pequeños (los seres humanos) son capaces de organizarse para cambiar un elemento más grande (el mundo) parte de un sesgo cognitivo. Que los cambios se produzcan después de poner en marcha algunas acciones no significa necesariamente que tales cambios sean causa de tales acciones. Más bien parece que los cambios se producen y, en aras de sentir que tenemos algún control sobre ellos, nos subimos al carro y tratamos de conectar nuestros actos con los cambios, minimizando los errores de pronóstico.

Es algo similar a lo que ocurre cuando tratamos de mantener bajo control la economía más allá del ámbito familiar. Al final, poco importa el enfoque con el que abordemos el cambio. La economía parece ir a su aire y deriva de la interacción entre millones de personas y elementos. Como se quejaron amargamente Nikolai Shmelev y Vladimir Popov en Turning Point: Revitalizing the Soviet Economy:

«Sin importar cuándo deseemos organizar todo de manera racional, sin desperdicios, ni cuán apasionada y cuidadosamente deseemos colocar todos los ladrillos de la estructura económica, sin grietas en la argamasa, esto continúa escapando a nuestras posibilidades».

El economista y teórico social Thomas Sowell, en Economía básica, explica con elegancia cómo, en realidad, son los precios los que nos indican las direcciones que toman estas miles de interacciones económicas. Es el único dato que tenemos. El resto son solo interpretaciones. Por lo tanto, nadie está por encima de tales interacciones controlándolo y coordinándolo todo: «en gran parte, porque nadie sería capaz de seguir todas estas repercusiones en todas las direcciones, una tarea que ha demostrado ser demasiado complicada para los planificadores centrales de una gran cantidad de países».

Los economistas que han ganado el premio Nobel por descifrar estas complejísimas interacciones económicas lo han hecho solo en el plano teórico, usando para ello matemática avanzada, pero la realidad es todavía más compleja, inextricable, que la teoría. Y, dado que los precios parecen reflejar de forma muy clara el resultado de las interacciones de la realidad, son muchos los que se han obstinado en controlarlos en aras de, por extensión, controlar tales interacciones. Como si controlando la presión de los neumáticos de un coche pudiéramos también controlar su volante.

Por ello, el control de precios es un anhelo que está documentado desde el inicio mismo de la historia, como cuenta el filósofo Henry Hazlitt: «Fueron impuestos por los faraones del Antiguo Egipto. Fueron decretados por los Hammurabi, rey de Babilonia en el siglo XVIII a. C. Incluso en la Antigua Grecia se experimentó con ellos».

seis sigma

ILUSIÓN DE CONTROL

Pero no solo es compleja la economía. Lo es todo lo que esté imbricado socialmente. Incluso algunas propuestas científicas de aspecto ecologista (comida local o de kilómetro cero, prescindir del plástico) se parecen a las propuestas de la economía planificada, y también incurren en parecidos errores: asumir que se sabe más de lo que se sabe y que se pueden controlar todas las variables.

Afortunadamente, la tecnología nos permite encontrar otros recursos o multiplicar la eficiencia de los que ya tenemos, accediendo así a más calorías, lúmenes, kilovatios, bits y kilómetros. La solución tal vez no sea tanto el ascetismo como nuevas tecnologías que generen menos emisiones (o sea, ¿quién ha hecho más por los árboles?, ¿los ecologistas o el pendrive?, que diría el economista Miguel Anxo Bastos). Pero quizá nos dirigimos hacia un punto de no retorno. Sencillamente, es difícil saberlo, y más aún determinar qué políticas deben llevarse a cabo (y peor aún, cómo implantarlas). Solo un recordatorio: en la Tierra ya han tenido lugar cinco extinciones masivas antes de la llegada del ser humano. El ecosistema, a menudo, va a su aire. Lo más probable es que ocurra otra, y el ser humano difícilmente podrá evitarlo.

Actuamos, hacemos cosas, fundamos instituciones, en parte, para calmar la intuición de que en realidad poco o ningún control podemos ejercer en las realidades complejas. Porque no somos capaces de entender las leyes y de utilizarlas para fines propios. Es la misma idea que subyace en los llamados padres helicóptero: padres que ejercen una paternidad tan invasiva que acaso calman la incertidumbre inherente de la crianza precisamente así: obcecados con la ilusión de que están controlándolo todo cuando en realidad no controlan apenas nada.

Los revolucionarios, quienes piden la paz mundial, los que aspiran a cambiar el mundo, los que tienen un conjunto de ideas no dinámico para introducirse en la telaraña inextricable de efectos y causas sociológicas son como padres helicóptero.

Hay quienes son perfectamente conscientes de su incapacidad frente a tremendos objetivos. Otros no parecen tener esas reservas y olvidan que las personas poco pueden hacer, tal y como explica Robert Sapolsky en Compórtate: «En un lugar entre las neuronas, hormonas y genes, por un lado, y las influencias culturales y ecológicas y la evolución por el otro, se halla el individuo. Y siendo más de 7.000 millones como somos, es fácil pensar que ningún individuo por sí solo puede marcar la diferencia».

Estas dos posturas definen básicamente las dos maneras con las que se ha enfrentado la humanidad a los problemas sociales y a la política, como explica también Thomas Sowell en otro de sus libros, acaso el más brillante de todos: Conflicto de visiones. Sowell señala que hay dos paradigmas políticos para abordar el mundo. Dos cosmovisiones. La visión que denomina «restringida» o tradicional y la «no restringida» o utópica.

Adam Smith y Edmund Burke fueron los principales exponentes de esta visión. También Alexander Hamilton y Friedrich Hayek. Para Smith y Burke, la naturaleza humana es débil e imperfecta. No se puede esperar cambiar la naturaleza humana mediante invocaciones al bien común, pero sí pueden establecerse estímulos o incentivos que impliquen una especie de «intercambio» o «transacción» (trade-off) entre el interés individual y los intereses de grupos específicos o del conjunto de la sociedad. En efecto, para Smith y Burke, la mejor y más efectiva forma de obtener la colaboración de los individuos al bien común no es tratando de cambiar su naturaleza, empeño condenado al fracaso, sino estableciendo estímulos que favorezcan o permitan esas «transacciones» entre el interés egoísta de los individuos y el de la sociedad:

«Debido a la premisa crucial de que el hombre no puede monitorear de manera efectiva las ramificaciones sociales y las repercusiones de sus elecciones individuales, ya sea que actúe por sí mismo o en nombre de la sociedad, la visión restringida trata como discutibles una amplia gama de principios morales englobados bajo el título de justicia social. No hay “opciones constitucionales” que hacer, si el hombre no puede elegir los resultados sociales de todos modos. Incluso cuando la decisión del individuo tiene un gran impacto social, rara vez será el resultado que pretendía, dada la suposición de la visión restringida de que determinar deliberadamente los resultados sociales de manera racional está más allá de las capacidades del hombre».

¿MEJOR HACER ALGO O NO HACER NADA?

Frente a la complejidad de los problemas que nos atañen como civilización, pareciera que la visión restringida es pesimista. Que un utópico acabaría enfangado en la abulia si no es capaz de soñar a lo grande. Además, siempre es preferible hacer algo, intentarlo, a quedarse paralizado en casa pensando que todo es demasiado difícil. Y eso es cierto. Pero quienes sostienen que la complejidad del mundo excede las capacidades humanas no vindican una suerte de parálisis por análisis, sino avanzar cautelosamente como lo haríamos por un campo lleno de minas.

Según explica la científica ambiental Donella Meadows en Pensar en sistemas, a menudo, cuando nos enfrentamos a un problema complejo (la pobreza, los homicidios, la discriminación) la gente dice «mejor hacer algo que no hacer nada». Sin embargo, intervenir en un problema puede ser contraproducente, incluso de forma inadvertida.

En primer lugar, porque podemos arreglar cosas poco importantes del problema, calmar nuestra culpa, a la vez que evitamos enfrentarnos a los problemas más acuciantes. Segundo, porque la intervención puede destruir la capacidad original del sistema para mantenerse de forma autónoma: los problemas pueden entonces empeorar y el interventor verse más alentado a actuar (estropeando más el sistema con la excusa de que el sistema está yendo a peor). En tercer lugar, intervenir es adictivo, porque nos encantan las soluciones rápidas aunque sean defectuosas.

Como una vez escribió G. K. Chesterton, en una parábola que ya se conoce como la valla de Chesterton:

«El reformador más moderno se acercará alegremente y dirá: “No le veo utilidad: vamos a quitarla”, a lo que el reformador más inteligente hará bien en responder: “Si no le ves utilidad, no te dejaré quitarla bajo ningún concepto. Reflexiona. Luego, si al volver me explicas que le ves la utilidad, quizá te permita derribarla”».

Finalmente, las políticas intervencionistas también se vuelven adictivas porque son fáciles de vender y la gente se las cree. Así, desaparece el síntoma del problema, distrayéndonos, y evitando que acometamos la tarea más difícil y eficaz: solucionar el verdadero problema. Por todo ello, las revoluciones sociales, en su conjunto, han sido esencialmente eso. Sueños utópicos que no llegaron donde quisieron o reflejos especulares y simplificadores de eventos que ya tenían lugar. La tendencia, en definitiva, a regresar a la calidez de la cueva de Platón porque afuera hace demasiado frío.

Corolario:

Si un político os promete que solucionará un problema complejo aumentando los impuestos (o bajándolos), independizándonos (o anexionándonos), ejerciendo una discriminación positiva (o negativa), consumiendo energías verdes (o no) o fomentando el vegetarianismo (o no) o cualquier otra intervención sin presentar con la misma insistencia y detalle, incluso más, otro conjunto de medidas que incidan en el problema que se quiere solucionar y en el conjunto de nuevos problemas que surgirán de adoptar tal medida, entonces no perdáis el tiempo. No sabe solucionar el problema: solo es un mesías que quiere vuestra atención, un adicto al «chute del buen samaritano» o alguien que rehúye la ansiedad frente a la incertidumbre construyendo un relato consolador.

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En jerga de ingeniería, Seis Sigma describe las obras que están construidas con un coeficiente de seguridad de 6 (es decir, que están preparadas para soportar mucho más allá de los imponderables que se hayan podido estimar). Un ejemplo de ello es el puente de Brooklyn, en Nueva York, que fue diseñado deliberadamente por John Roebling para soportar seis veces más peso del que esperaba que tuviera que aguantar nunca. También hay procesos que tratan de alcanzar la meta de Seis Sigma para llegar a un máximo de 3,4 defectos por millón de eventos u oportunidades.

Dado que lograr ese nivel de seguridad es muy caro, muy pocos procesos pueden permitirse esa inversión. La industria aeronáutica, por ejemplo, es una de ellas, por esa razón volar se ha vuelto 2.100 veces más seguro en los últimos 70 años.

Sin embargo, alcanzar este nivel de seguridad en los procesos donde intervienen muchas variables, como la sociología o la psicología, es una entelequia. Por eso tratar de gobernar el mundo a través de ideas monolíticas, recetas intocables y ecuaciones simples nos ha condenado siempre al fracaso. Por esa razón, de hecho, las utopías sociales tienen un gran atractivo para quienes aspiramos a un mundo mejor; pero esas utopías suelen despreciar la complejísima y variopinta naturaleza humana de la ecuación, lo que inevitablemente las transforma en distopías.

DE LA REVOLUCIÓN A LA INVOLUCIÓN

Una revolución social no es una ola transformadora. Es la cresta de la ola, coronada de llamativa espuma blanca, que adorna la ola, la acompaña. Por consiguiente, las revoluciones solo se suben a la ola ya iniciada. Se aprovechan de la inercia. Son coolhunters. La revolución social, así, es una suerte de moda ribeteada por el pensamiento místico. O como diría el psicólogo John Gray en Misa negra: La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, la idea de revolución como evento transformador es una continuación de la religión por otros medios.

En ese sentido, la historia de Rosa Parks solo es un mito. Una historia simplificada para describir un cambio que ya se estaba produciendo. Una forma de codificar la inextricable telaraña de acontecimientos que tiene lugar cada segundo del día en todos los rincones del mundo.

Pero incluso si aceptamos la idea de utilidad, si aceptamos que revoluciones como las de 1789 o 1917 transformaron el mundo de una manera violenta y permanente, descubriremos que el resultado de tales transformaciones fue azaroso, muy lejos tanto de las esperanzas más luminosas de sus dirigentes como de los más oscuros presentimientos de sus víctimas. Como cuenta el filósofo e historiador de las ideas Isaiah Berlin en El sentido de la realidad:

«En cada caso, los autores de la revolución se vieron arrastrados por fuerzas que habían desatado en una dirección que apenas habían anticipado. Algunos fueron destruidos por estas fuerzas, otros intentaron controlarlas, pero fueron, sencillamente, controlados por ellas, a pesar de todos sus esfuerzos por dominar los elementos. Los observadores de estos magnos acontecimientos disponían de hipótesis ad hoc para dar cuenta de, o disculpar justificadamente, cada fallo, cada frustración. Otros cayeron en una especie de fatalismo y abandonaron todo esfuerzo por comprender lo ininteligible. Otros encontraron refugio, de nuevo, en generalizaciones tan extensas, en modelos que se expandían a lo largo de tantos siglos y milenios, que las menores burbujas visibles en la superficie, las guerras y las revoluciones, se compensaban, con arreglo a la curvatura cósmica global».

Esta sensación de que elementos pequeños (los seres humanos) son capaces de organizarse para cambiar un elemento más grande (el mundo) parte de un sesgo cognitivo. Que los cambios se produzcan después de poner en marcha algunas acciones no significa necesariamente que tales cambios sean causa de tales acciones. Más bien parece que los cambios se producen y, en aras de sentir que tenemos algún control sobre ellos, nos subimos al carro y tratamos de conectar nuestros actos con los cambios, minimizando los errores de pronóstico.

Es algo similar a lo que ocurre cuando tratamos de mantener bajo control la economía más allá del ámbito familiar. Al final, poco importa el enfoque con el que abordemos el cambio. La economía parece ir a su aire y deriva de la interacción entre millones de personas y elementos. Como se quejaron amargamente Nikolai Shmelev y Vladimir Popov en Turning Point: Revitalizing the Soviet Economy:

«Sin importar cuándo deseemos organizar todo de manera racional, sin desperdicios, ni cuán apasionada y cuidadosamente deseemos colocar todos los ladrillos de la estructura económica, sin grietas en la argamasa, esto continúa escapando a nuestras posibilidades».

El economista y teórico social Thomas Sowell, en Economía básica, explica con elegancia cómo, en realidad, son los precios los que nos indican las direcciones que toman estas miles de interacciones económicas. Es el único dato que tenemos. El resto son solo interpretaciones. Por lo tanto, nadie está por encima de tales interacciones controlándolo y coordinándolo todo: «en gran parte, porque nadie sería capaz de seguir todas estas repercusiones en todas las direcciones, una tarea que ha demostrado ser demasiado complicada para los planificadores centrales de una gran cantidad de países».

Los economistas que han ganado el premio Nobel por descifrar estas complejísimas interacciones económicas lo han hecho solo en el plano teórico, usando para ello matemática avanzada, pero la realidad es todavía más compleja, inextricable, que la teoría. Y, dado que los precios parecen reflejar de forma muy clara el resultado de las interacciones de la realidad, son muchos los que se han obstinado en controlarlos en aras de, por extensión, controlar tales interacciones. Como si controlando la presión de los neumáticos de un coche pudiéramos también controlar su volante.

Por ello, el control de precios es un anhelo que está documentado desde el inicio mismo de la historia, como cuenta el filósofo Henry Hazlitt: «Fueron impuestos por los faraones del Antiguo Egipto. Fueron decretados por los Hammurabi, rey de Babilonia en el siglo XVIII a. C. Incluso en la Antigua Grecia se experimentó con ellos».

seis sigma

ILUSIÓN DE CONTROL

Pero no solo es compleja la economía. Lo es todo lo que esté imbricado socialmente. Incluso algunas propuestas científicas de aspecto ecologista (comida local o de kilómetro cero, prescindir del plástico) se parecen a las propuestas de la economía planificada, y también incurren en parecidos errores: asumir que se sabe más de lo que se sabe y que se pueden controlar todas las variables.

Afortunadamente, la tecnología nos permite encontrar otros recursos o multiplicar la eficiencia de los que ya tenemos, accediendo así a más calorías, lúmenes, kilovatios, bits y kilómetros. La solución tal vez no sea tanto el ascetismo como nuevas tecnologías que generen menos emisiones (o sea, ¿quién ha hecho más por los árboles?, ¿los ecologistas o el pendrive?, que diría el economista Miguel Anxo Bastos). Pero quizá nos dirigimos hacia un punto de no retorno. Sencillamente, es difícil saberlo, y más aún determinar qué políticas deben llevarse a cabo (y peor aún, cómo implantarlas). Solo un recordatorio: en la Tierra ya han tenido lugar cinco extinciones masivas antes de la llegada del ser humano. El ecosistema, a menudo, va a su aire. Lo más probable es que ocurra otra, y el ser humano difícilmente podrá evitarlo.

Actuamos, hacemos cosas, fundamos instituciones, en parte, para calmar la intuición de que en realidad poco o ningún control podemos ejercer en las realidades complejas. Porque no somos capaces de entender las leyes y de utilizarlas para fines propios. Es la misma idea que subyace en los llamados padres helicóptero: padres que ejercen una paternidad tan invasiva que acaso calman la incertidumbre inherente de la crianza precisamente así: obcecados con la ilusión de que están controlándolo todo cuando en realidad no controlan apenas nada.

Los revolucionarios, quienes piden la paz mundial, los que aspiran a cambiar el mundo, los que tienen un conjunto de ideas no dinámico para introducirse en la telaraña inextricable de efectos y causas sociológicas son como padres helicóptero.

Hay quienes son perfectamente conscientes de su incapacidad frente a tremendos objetivos. Otros no parecen tener esas reservas y olvidan que las personas poco pueden hacer, tal y como explica Robert Sapolsky en Compórtate: «En un lugar entre las neuronas, hormonas y genes, por un lado, y las influencias culturales y ecológicas y la evolución por el otro, se halla el individuo. Y siendo más de 7.000 millones como somos, es fácil pensar que ningún individuo por sí solo puede marcar la diferencia».

Estas dos posturas definen básicamente las dos maneras con las que se ha enfrentado la humanidad a los problemas sociales y a la política, como explica también Thomas Sowell en otro de sus libros, acaso el más brillante de todos: Conflicto de visiones. Sowell señala que hay dos paradigmas políticos para abordar el mundo. Dos cosmovisiones. La visión que denomina «restringida» o tradicional y la «no restringida» o utópica.

Adam Smith y Edmund Burke fueron los principales exponentes de esta visión. También Alexander Hamilton y Friedrich Hayek. Para Smith y Burke, la naturaleza humana es débil e imperfecta. No se puede esperar cambiar la naturaleza humana mediante invocaciones al bien común, pero sí pueden establecerse estímulos o incentivos que impliquen una especie de «intercambio» o «transacción» (trade-off) entre el interés individual y los intereses de grupos específicos o del conjunto de la sociedad. En efecto, para Smith y Burke, la mejor y más efectiva forma de obtener la colaboración de los individuos al bien común no es tratando de cambiar su naturaleza, empeño condenado al fracaso, sino estableciendo estímulos que favorezcan o permitan esas «transacciones» entre el interés egoísta de los individuos y el de la sociedad:

«Debido a la premisa crucial de que el hombre no puede monitorear de manera efectiva las ramificaciones sociales y las repercusiones de sus elecciones individuales, ya sea que actúe por sí mismo o en nombre de la sociedad, la visión restringida trata como discutibles una amplia gama de principios morales englobados bajo el título de justicia social. No hay “opciones constitucionales” que hacer, si el hombre no puede elegir los resultados sociales de todos modos. Incluso cuando la decisión del individuo tiene un gran impacto social, rara vez será el resultado que pretendía, dada la suposición de la visión restringida de que determinar deliberadamente los resultados sociales de manera racional está más allá de las capacidades del hombre».

¿MEJOR HACER ALGO O NO HACER NADA?

Frente a la complejidad de los problemas que nos atañen como civilización, pareciera que la visión restringida es pesimista. Que un utópico acabaría enfangado en la abulia si no es capaz de soñar a lo grande. Además, siempre es preferible hacer algo, intentarlo, a quedarse paralizado en casa pensando que todo es demasiado difícil. Y eso es cierto. Pero quienes sostienen que la complejidad del mundo excede las capacidades humanas no vindican una suerte de parálisis por análisis, sino avanzar cautelosamente como lo haríamos por un campo lleno de minas.

Según explica la científica ambiental Donella Meadows en Pensar en sistemas, a menudo, cuando nos enfrentamos a un problema complejo (la pobreza, los homicidios, la discriminación) la gente dice «mejor hacer algo que no hacer nada». Sin embargo, intervenir en un problema puede ser contraproducente, incluso de forma inadvertida.

En primer lugar, porque podemos arreglar cosas poco importantes del problema, calmar nuestra culpa, a la vez que evitamos enfrentarnos a los problemas más acuciantes. Segundo, porque la intervención puede destruir la capacidad original del sistema para mantenerse de forma autónoma: los problemas pueden entonces empeorar y el interventor verse más alentado a actuar (estropeando más el sistema con la excusa de que el sistema está yendo a peor). En tercer lugar, intervenir es adictivo, porque nos encantan las soluciones rápidas aunque sean defectuosas.

Como una vez escribió G. K. Chesterton, en una parábola que ya se conoce como la valla de Chesterton:

«El reformador más moderno se acercará alegremente y dirá: “No le veo utilidad: vamos a quitarla”, a lo que el reformador más inteligente hará bien en responder: “Si no le ves utilidad, no te dejaré quitarla bajo ningún concepto. Reflexiona. Luego, si al volver me explicas que le ves la utilidad, quizá te permita derribarla”».

Finalmente, las políticas intervencionistas también se vuelven adictivas porque son fáciles de vender y la gente se las cree. Así, desaparece el síntoma del problema, distrayéndonos, y evitando que acometamos la tarea más difícil y eficaz: solucionar el verdadero problema. Por todo ello, las revoluciones sociales, en su conjunto, han sido esencialmente eso. Sueños utópicos que no llegaron donde quisieron o reflejos especulares y simplificadores de eventos que ya tenían lugar. La tendencia, en definitiva, a regresar a la calidez de la cueva de Platón porque afuera hace demasiado frío.

Corolario:

Si un político os promete que solucionará un problema complejo aumentando los impuestos (o bajándolos), independizándonos (o anexionándonos), ejerciendo una discriminación positiva (o negativa), consumiendo energías verdes (o no) o fomentando el vegetarianismo (o no) o cualquier otra intervención sin presentar con la misma insistencia y detalle, incluso más, otro conjunto de medidas que incidan en el problema que se quiere solucionar y en el conjunto de nuevos problemas que surgirán de adoptar tal medida, entonces no perdáis el tiempo. No sabe solucionar el problema: solo es un mesías que quiere vuestra atención, un adicto al «chute del buen samaritano» o alguien que rehúye la ansiedad frente a la incertidumbre construyendo un relato consolador.

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