9 de junio 2021    /   BUSINESS
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Sostenibilidad hasta para tener la regla

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Vivimos rodeados de plástico y sumergidos en una contradicción. Queremos limitar su consumo porque cada vez somos más conscientes del daño que causan al planeta, pero siempre tendremos en la mano algún producto que lleve plástico o alguno de sus derivados en su composición.

Podemos optar por no comprarlos. Al fin y al cabo, puede que no sean imprescindibles en nuestra vida. ¿Pero qué ocurre con esos otros productos que sí lo son y que, nos guste o no, están fabricados con esos materiales tan contaminantes? Productos de obligado consumo como las compresas y los tampones para una mujer.

La mayor parte de productos de higiene femenina que podemos encontrar en los súper y en las farmacias están fabricados con algodón, rayón (una fibra artificial hecha a partir de celulosa) y poliéster o polipropileno. Estos materiales aportan flexibilidad, absorbencia, impermeabilidad…, lo que los convierte en ventajosos para la comodidad de la mujer, pero son una bomba letal para la sostenibilidad del planeta.

La OCU calcula que una mujer puede llegar a utilizar unos 15.000 tampones o compresas a lo largo de su vida. Y hay expertos que calculan que en los últimos 50 años se han acumulado 20 billones de estos residuos

La OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) calcula que una mujer puede llegar a utilizar unos 15.000 tampones o compresas a lo largo de su vida. Elissa Stein calcula en su libro Flow: The Cultural History of Menstruation que, por media, una mujer puede llegar a tirar unos 136 kilos (300 libras) de estos productos de higiene femenina durante toda su vida. Y hay expertos que calculan que en los últimos 50 años se han acumulado 20 billones de estos residuos que tardarán alrededor de 800 años en descomponerse, dejando antes un rastro de microplásticos en los océanos.

Al problema medioambiental que generan, hay que sumarle otros riesgos como los sanitarios, ya que algunos de sus componentes, como el gel absorbente que contienen, están fabricados con poliacrilato, una sustancia asociada al síndrome del Shock Tóxico.

De todos estos productos de higiene femenina, según el estudio de la OCU citado anteriormente, las compresas son las más contaminantes. En segundo lugar, los tampones, en especial aquellos que incluyen aplicadores fabricados con plástico poliprolineno. Por eso, en el caso de que no se quiera dejar de utilizar estos productos (o no sea una posibilidad económicamente viable), se recomienda el uso de tampones sin aplicador o con aplicador de cartón.

compresas de tela Chi-Chi

La opción más ecológica, por otra parte, sería la copa menstrual ya que está fabricada con silicona y se puede reutilizar hasta unos 10 años. Otras alternativas igualmente más sostenibles son las bragas menstruales, que también son lavables y reutilizables. También las esponjas marinas menstruales, que se utilizan como los tampones, pero que, al ser naturales, son fácilmente compostables. Y las compresas de tela, que se lavan tantas veces como el tejido aguante y se pueden volver a utilizar una y otra vez.

De estas últimas, existen muchas marcas en todo el mundo. Basta con hacer una búsqueda en internet para comprobarlo. Pero, por poner un ejemplo y tirar para el lado patrio, una de esas marcas es Chi-Chi, una empresa murciana creada por Marina Hervás y Agustín Bonus.

Una sola compresa de tela equivale a 250 de las tradicionales, explican los creadores de esta marca con un nombre tan atrevido. Las suyas están confeccionadas a mano y no trabajan con intermediarios ni con productores textiles. «Esto lo hace más eficiente todavía, de Chi-Chi a los chichis directamente», bromean. «En temas de empresa siempre se busca reducir costes, pero en esta ocasión hay valores que están por encima. Que todos los procesos sean eficientes y sostenibles es costoso, pero es uno de nuestros pilares», explican. Por eso en su elaboración solo emplean telas de algodón 100% y el PUL para la capa impermeable pero transpirable que evita que la sangre manche la braga.

Los materiales que emplean en la confección de sus compresas son 100% hipoalergénicos y están certificados con el sello OekoTex, que garantiza que estas telas son respetuosas con la piel. «Y en algunas compresas contamos incluso con el sello GOTS, que garantiza qué es algodón 100% orgánico».

Pero estas compresas de tela reutilizables pueden presentar un problema: ¿qué hacer con ellas cuando estés fuera de casa y necesites cambiarla? «Sabemos que, a priori, puede parecer un inconveniente, pero no lo es tanto. Por un lado, si el olor es lo que te preocupa, debes saber que las compresas de tela no generan olores, solo huele a sangre y es poco perceptible. Además, tienes la posibilidad de doblarlas sobre sí mismas y guardarlas en una bolsita impermeable [que ellos mismos fabrican y venden] hasta llegar a casa», aclaran desde Chi-Chi.

Además del beneficio ecológico de usar compresas lavables y reutilizables, hay un factor positivo más, aunque quizá no tan visible: la desestigmatización de la regla.

«Es fundamental; solo cuando derribas el tabú menstrual y hablas de ella como algo natural eres capaz de dar el paso a usar este tipo de productos», aseguran Hervás y Bonus. «El rechazo a la menstruación es evidente y se refleja con el asco generalizado de la sangre menstrual, por parte incluso de las personas menstruantes. Cuando usas las compresas de tela o copa menstrual estás en contacto con tu sangre de una forma mucho más natural, te das cuenta de que no tiene mal olor, la ves, observas las diferencias en el color, buscas información y empiezas aprender sobre tu ciclicidad, por lo tanto, consigues cambiar la percepción, incluso verlo como algo bonito y natural, de lo que estar orgullosa».

Chi-Chi no fue el primer nombre que barajaron para estas compresas. Antes, cuentan, la empresa se llamó Made in Maina, pero les pareció un nombre difícil de memorizar y comunicar. Por eso buscaron otra denominación que fuera no solo fácil de escribir, sino también de recordar y que, de paso, no dejara indiferente.

«Finalmente elegimos Chi-Chi, un eufemismo coloquial y cariñoso para normalizar el hablar de vaginas, sangre y menstruación de una forma cercana y divertida como lo harías entre amigues. También es una bonita manera de llamar a nuestra comunidad, sin distinguir entre mujeres, hombres trans o no binaries. ¡Todes somos chi-chi y todes tenemos vagina!».

Vivimos rodeados de plástico y sumergidos en una contradicción. Queremos limitar su consumo porque cada vez somos más conscientes del daño que causan al planeta, pero siempre tendremos en la mano algún producto que lleve plástico o alguno de sus derivados en su composición.

Podemos optar por no comprarlos. Al fin y al cabo, puede que no sean imprescindibles en nuestra vida. ¿Pero qué ocurre con esos otros productos que sí lo son y que, nos guste o no, están fabricados con esos materiales tan contaminantes? Productos de obligado consumo como las compresas y los tampones para una mujer.

La mayor parte de productos de higiene femenina que podemos encontrar en los súper y en las farmacias están fabricados con algodón, rayón (una fibra artificial hecha a partir de celulosa) y poliéster o polipropileno. Estos materiales aportan flexibilidad, absorbencia, impermeabilidad…, lo que los convierte en ventajosos para la comodidad de la mujer, pero son una bomba letal para la sostenibilidad del planeta.

La OCU calcula que una mujer puede llegar a utilizar unos 15.000 tampones o compresas a lo largo de su vida. Y hay expertos que calculan que en los últimos 50 años se han acumulado 20 billones de estos residuos

La OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) calcula que una mujer puede llegar a utilizar unos 15.000 tampones o compresas a lo largo de su vida. Elissa Stein calcula en su libro Flow: The Cultural History of Menstruation que, por media, una mujer puede llegar a tirar unos 136 kilos (300 libras) de estos productos de higiene femenina durante toda su vida. Y hay expertos que calculan que en los últimos 50 años se han acumulado 20 billones de estos residuos que tardarán alrededor de 800 años en descomponerse, dejando antes un rastro de microplásticos en los océanos.

Al problema medioambiental que generan, hay que sumarle otros riesgos como los sanitarios, ya que algunos de sus componentes, como el gel absorbente que contienen, están fabricados con poliacrilato, una sustancia asociada al síndrome del Shock Tóxico.

De todos estos productos de higiene femenina, según el estudio de la OCU citado anteriormente, las compresas son las más contaminantes. En segundo lugar, los tampones, en especial aquellos que incluyen aplicadores fabricados con plástico poliprolineno. Por eso, en el caso de que no se quiera dejar de utilizar estos productos (o no sea una posibilidad económicamente viable), se recomienda el uso de tampones sin aplicador o con aplicador de cartón.

compresas de tela Chi-Chi

La opción más ecológica, por otra parte, sería la copa menstrual ya que está fabricada con silicona y se puede reutilizar hasta unos 10 años. Otras alternativas igualmente más sostenibles son las bragas menstruales, que también son lavables y reutilizables. También las esponjas marinas menstruales, que se utilizan como los tampones, pero que, al ser naturales, son fácilmente compostables. Y las compresas de tela, que se lavan tantas veces como el tejido aguante y se pueden volver a utilizar una y otra vez.

De estas últimas, existen muchas marcas en todo el mundo. Basta con hacer una búsqueda en internet para comprobarlo. Pero, por poner un ejemplo y tirar para el lado patrio, una de esas marcas es Chi-Chi, una empresa murciana creada por Marina Hervás y Agustín Bonus.

Una sola compresa de tela equivale a 250 de las tradicionales, explican los creadores de esta marca con un nombre tan atrevido. Las suyas están confeccionadas a mano y no trabajan con intermediarios ni con productores textiles. «Esto lo hace más eficiente todavía, de Chi-Chi a los chichis directamente», bromean. «En temas de empresa siempre se busca reducir costes, pero en esta ocasión hay valores que están por encima. Que todos los procesos sean eficientes y sostenibles es costoso, pero es uno de nuestros pilares», explican. Por eso en su elaboración solo emplean telas de algodón 100% y el PUL para la capa impermeable pero transpirable que evita que la sangre manche la braga.

Los materiales que emplean en la confección de sus compresas son 100% hipoalergénicos y están certificados con el sello OekoTex, que garantiza que estas telas son respetuosas con la piel. «Y en algunas compresas contamos incluso con el sello GOTS, que garantiza qué es algodón 100% orgánico».

Pero estas compresas de tela reutilizables pueden presentar un problema: ¿qué hacer con ellas cuando estés fuera de casa y necesites cambiarla? «Sabemos que, a priori, puede parecer un inconveniente, pero no lo es tanto. Por un lado, si el olor es lo que te preocupa, debes saber que las compresas de tela no generan olores, solo huele a sangre y es poco perceptible. Además, tienes la posibilidad de doblarlas sobre sí mismas y guardarlas en una bolsita impermeable [que ellos mismos fabrican y venden] hasta llegar a casa», aclaran desde Chi-Chi.

Además del beneficio ecológico de usar compresas lavables y reutilizables, hay un factor positivo más, aunque quizá no tan visible: la desestigmatización de la regla.

«Es fundamental; solo cuando derribas el tabú menstrual y hablas de ella como algo natural eres capaz de dar el paso a usar este tipo de productos», aseguran Hervás y Bonus. «El rechazo a la menstruación es evidente y se refleja con el asco generalizado de la sangre menstrual, por parte incluso de las personas menstruantes. Cuando usas las compresas de tela o copa menstrual estás en contacto con tu sangre de una forma mucho más natural, te das cuenta de que no tiene mal olor, la ves, observas las diferencias en el color, buscas información y empiezas aprender sobre tu ciclicidad, por lo tanto, consigues cambiar la percepción, incluso verlo como algo bonito y natural, de lo que estar orgullosa».

Chi-Chi no fue el primer nombre que barajaron para estas compresas. Antes, cuentan, la empresa se llamó Made in Maina, pero les pareció un nombre difícil de memorizar y comunicar. Por eso buscaron otra denominación que fuera no solo fácil de escribir, sino también de recordar y que, de paso, no dejara indiferente.

«Finalmente elegimos Chi-Chi, un eufemismo coloquial y cariñoso para normalizar el hablar de vaginas, sangre y menstruación de una forma cercana y divertida como lo harías entre amigues. También es una bonita manera de llamar a nuestra comunidad, sin distinguir entre mujeres, hombres trans o no binaries. ¡Todes somos chi-chi y todes tenemos vagina!».

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