6 de septiembre 2021    /   IDEAS
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El otro síntoma del covid: las ganas de abandonar la ciudad

6 de septiembre 2021    /   IDEAS     por        Ilustración  Shutterstock
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Confieso haber mirado precios de casas más grandes que la mía como si pudiera pagarlas. Descubrí que un piso de cuatro habitaciones en mi barrio vale lo mismo que un dúplex de tres en mi pueblo, con una enorme terraza frente al mar. Mi parte sensata me dijo que le parecía una barbaridad, que una casa en un pueblo no podía valer lo mismo que una en Madrid. Mi otra parte pensó lo mismo, pero al revés: era una locura que una casa frente al mar costara lo mismo que una vivienda en el extrarradio de la capital.

La pandemia ha tenido muchas consecuencias, la gran mayoría terroríficas. Pero algunas, inesperadas, han servido para otras cosas. Por ejemplo, plantearnos las prioridades en nuestras vidas y reordenarlas. Mi primera reacción se basaba en la actividad económica que se puede tener en una u otra ubicación. Mi deseo se iba más a fantasear: quién necesita trabajo o comida si puedes estar frente al mar.

La ciudad de Madrid —valga como ejemplo de gran ciudad— llevaba con saldo positivo de migración nacional una década. Es decir, en diez años recibía mucha más gente de otras partes del país de la que se iba haciendo el camino inverso. Justo desde la crisis anterior. Así, en 2008 el saldo fue negativo (se fueron más de los que vinieron) por 10.000 personas, en 2009 bajó la cifra a poco más de 4.000 y en 2010 los números rojos ya no llegaban a los 1.000. Desde ahí hasta hoy, la ciudad ha ido ganando entre 7.000 y 21.000 habitantes al año, y eso contando exclusivamente la inmigración nacional. Pero en 2020, el año de la pandemia, perdió de golpe casi 21.000 habitantes, según datos del INE.

 

La pandemia ha tenido muchas consecuencias, la gran mayoría terroríficas. Pero algunas, inesperadas, han servido para otras cosas. Por ejemplo, plantearnos las prioridades en nuestras vidas y reordenarlas Clic para tuitear

Pero esta crisis es distinta a la anterior: tiene pinta de que la tendencia pueda cambiar de forma definitiva por obra y gracia de lo vivido durante el confinamiento. La pandemia, en cierto modo, ha tenido efecto vertebrador, sobre todo en el deseo colectivo: muchos no lo han hecho aún, pero por primera vez se lo plantean. El éxodo urbano, ese que reclamaba la España vaciada, puede convertirse en una posibilidad real desde el momento en que mucha gente fantasea con poder hacerlo.

SOMOS PRECARIOS

Ese éxodo tiene que ver, en primer lugar, con la falta de oportunidades. Justamente a partir del confinamiento empezó a hacerse visible Ana Iris Simón, que firmó un brillante diario de cuarentena en Vice. Después lanzó su libro, Feria, que ha herido algunas sensibilidades y puesto el dedo en la llaga con algo de costumbrismo posmoderno: se ha vuelto a su Castilla-La Mancha natal habiéndose dado cuenta de que en la gran ciudad «somos pobres con iPhone y Netflix».

Que a los jóvenes les vaya mal tampoco es nuevo. Lo que pasa es que la pandemia ha ido más allá esta vez. En primer lugar, porque el mercado laboral se ha digitalizado de golpe para poder abrazar el teletrabajo siempre que ha sido posible. En segundo, consecuencia de eso, porque mucha gente que de pronto ha descubierto que puede trabajar desde donde quiera ha decidido emigrar de Madrid.

Con su libro Feria, Ana Iris Simón ha herido algunas sensibilidades y puesto el dedo en la llaga con algo de costumbrismo posmoderno: se ha vuelto a su Castilla-La Mancha natal habiéndose dado cuenta de que en la gran ciudad «somos pobres con iPhone y Netflix».

 

Pero no todo es bonito: la digitalización en masa y la precarización de los jóvenes ha hecho que, de repente, muchos mayores no tengan sitio. Es mucho más barato contratar a jóvenes precarios que han nacido digitales que mantener sueldos de gente con décadas trabajadas. Así que, de golpe, se han multiplicado las prejubilaciones a un nivel muy por encima de lo que solía suceder en crisis anteriores. Y no parece algo coyuntural, sino más bien una reforma estructural del mercado laboral que seguirá sucediendo. Al menos mientras quede para las pensiones, que tampoco durarán mucho.

VIVIMOS MAL

Pero dejemos el trabajo y volvamos al tema inmobiliario, que es por donde empezaba esta historia. Los meses más duros de la pandemia revelaron que ha habido confinamientos y confinamientos. Que no era lo mismo tener una casa amplia con jardín que vivir en pocos metros cuadrados en un piso compartido. Que no es lo mismo una casa en el pueblo con algo de espacio alrededor que un piso interior sin apenas luz natural. Cuanto más caro el metro cuadrado, peores los horrores.

Y, por supuesto, el fin del confinamiento tampoco ha sido igual para todos. Se ha disparado la venta de viviendas unifamiliares, más grandes, privadas, con parcela propia… entre quienes tengan dinero para pagarla. Los que no, optan, en ocasiones, por reformar sus pisos para hacerlos más diáfanos e incluso recuperar terrazas y balcones que en su día se cerraron para ganar metros. Tanto es así que dicen que escasean los albañiles, tal es la demanda que hay.

Todo esto, claro, en las grandes ciudades. En los pueblos esos problemas no suelen existir. Como tampoco el ir hacinados en el transporte público para llegar al trabajo o perder varias horas al día cubriendo esas distancias. Existen, claro, otros problemas que los hacen menos atractivos que las grandes ciudades: carecen de los servicios de las ciudades, de sus comunicaciones, de sus inversiones, de su capacidad de captar inversión y talento. De generar actividad económica, en resumen.

COLIVINGS, BOLSAS DE VIVIENDA Y HASTA UN REALITY DE TALENTO RURAL

Sobre el papel la conclusión parece sencilla: si la gran ciudad no te puede ofrecer trabajo ni vivienda digna, vete a un pueblo; si la vibrante vida cultural y social de una ciudad no compensa sus incomodidades, vete a un pueblo; si te gustaría tener cierta calidad de vida, vete a un pueblo. Pero fuera del papel las cosas no son tan sencillas: si no hay trabajo en la ciudad para mí, ¿cómo va a haberlo en un pueblo? Por algo la gente se va a las grandes capitales: no es que no haya vida cultural, es que no hay trabajo cualificado, no hay proyectos innovadores, no hay infraestructuras básicas… A veces, ni siquiera hay internet.

Cambiar eso empieza por atraer talento. Y en estos meses de éxodo han empezado a aparecer interesantes iniciativas al respecto. Por ejemplo, para poner a los pueblos en el mapa con iniciativas como el Erasmus rural que han lanzado en Aragón. En realidad, es el programa Desafío y Arraigo, lo primero para estudiantes y lo segundo para ya graduados, dando la vuelta al concepto tradicional de ir fuera para completar la formación.

Hay otras, como Volver al pueblo, Yo me vuelvo al campo o Vente a vivir a un pueblo. Son tres aproximaciones similares, a modo de tablones de anuncios y buscadores de casas, terrenos y negocios en oferta, para atraer nuevos pobladores a zonas rurales, incluyendo fichas en la que se detallan las características de cada pueblo —desde conectividad a distancias a núcleos urbanos alrededor—. Incluso hay opciones para más pudientes: una inmobiliaria especializada en la venta de pequeñas aldeas abandonadas.

Si no hay trabajo en la ciudad para mí, ¿cómo va a haberlo en un pueblo? Por algo la gente se va a las grandes capitales: no es que no haya vida cultural, es que no hay trabajo cualificado, no hay proyectos innovadores, no hay infraestructuras básicas… A veces, ni siquiera hay internet.

En algunas comarcas han lanzado sus propios proyectos, agrupando los núcleos rurales de su entorno. Es el caso de las comarcas de la sierra de Córdoba, que han lanzado su propio portal de oferta laboral e inmobiliaria. O, yendo incluso más allá con un proyecto participativo con mesas y talleres, el proyecto de valle digital de la Sierra de la Demanda, en Burgos. Hay incluso un reality de emprendimiento rural en YouTube y Twitch llamado Ruralmind, que se desarrollará en tres colivings en tres pueblos de las provincias de Zamora, Zaragoza y Ciudad Real.

Si todo esto no te ha convencido aún es que quizá necesitas más inspiración, y también para eso hay alternativas. Empieza por acercarte a Salvaje, una revista de reciente creación que quiere poner en valor nuestros espacios rurales con un diseño cuidado y un contenido de calidad. O a El club de la cabaña, una newsletter dedicada específicamente a las cabañas en el bosque. O a Puebleando, una asociación que propone rutas turísticas por pueblos de la España vaciada para que puedas ir conociéndolos antes de decidirte. Será por alternativas.

A ver si entre la inmigración y el éxodo por la pandemia revivimos el medio rural. Y, ya de paso, empezamos a pensar que hay cosas más allá del dinero que deberían computar en nuestra toma de decisiones. Empezando por la forma en que vivimos.

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La pandemia ha tenido muchas consecuencias, la gran mayoría terroríficas. Pero algunas, inesperadas, han servido para otras cosas. Por ejemplo, plantearnos las prioridades en nuestras vidas y reordenarlas. Mi primera reacción se basaba en la actividad económica que se puede tener en una u otra ubicación. Mi deseo se iba más a fantasear: quién necesita trabajo o comida si puedes estar frente al mar.

La ciudad de Madrid —valga como ejemplo de gran ciudad— llevaba con saldo positivo de migración nacional una década. Es decir, en diez años recibía mucha más gente de otras partes del país de la que se iba haciendo el camino inverso. Justo desde la crisis anterior. Así, en 2008 el saldo fue negativo (se fueron más de los que vinieron) por 10.000 personas, en 2009 bajó la cifra a poco más de 4.000 y en 2010 los números rojos ya no llegaban a los 1.000. Desde ahí hasta hoy, la ciudad ha ido ganando entre 7.000 y 21.000 habitantes al año, y eso contando exclusivamente la inmigración nacional. Pero en 2020, el año de la pandemia, perdió de golpe casi 21.000 habitantes, según datos del INE.

 

La pandemia ha tenido muchas consecuencias, la gran mayoría terroríficas. Pero algunas, inesperadas, han servido para otras cosas. Por ejemplo, plantearnos las prioridades en nuestras vidas y reordenarlas Clic para tuitear

Pero esta crisis es distinta a la anterior: tiene pinta de que la tendencia pueda cambiar de forma definitiva por obra y gracia de lo vivido durante el confinamiento. La pandemia, en cierto modo, ha tenido efecto vertebrador, sobre todo en el deseo colectivo: muchos no lo han hecho aún, pero por primera vez se lo plantean. El éxodo urbano, ese que reclamaba la España vaciada, puede convertirse en una posibilidad real desde el momento en que mucha gente fantasea con poder hacerlo.

SOMOS PRECARIOS

Ese éxodo tiene que ver, en primer lugar, con la falta de oportunidades. Justamente a partir del confinamiento empezó a hacerse visible Ana Iris Simón, que firmó un brillante diario de cuarentena en Vice. Después lanzó su libro, Feria, que ha herido algunas sensibilidades y puesto el dedo en la llaga con algo de costumbrismo posmoderno: se ha vuelto a su Castilla-La Mancha natal habiéndose dado cuenta de que en la gran ciudad «somos pobres con iPhone y Netflix».

Que a los jóvenes les vaya mal tampoco es nuevo. Lo que pasa es que la pandemia ha ido más allá esta vez. En primer lugar, porque el mercado laboral se ha digitalizado de golpe para poder abrazar el teletrabajo siempre que ha sido posible. En segundo, consecuencia de eso, porque mucha gente que de pronto ha descubierto que puede trabajar desde donde quiera ha decidido emigrar de Madrid.

Con su libro Feria, Ana Iris Simón ha herido algunas sensibilidades y puesto el dedo en la llaga con algo de costumbrismo posmoderno: se ha vuelto a su Castilla-La Mancha natal habiéndose dado cuenta de que en la gran ciudad «somos pobres con iPhone y Netflix».

 

Pero no todo es bonito: la digitalización en masa y la precarización de los jóvenes ha hecho que, de repente, muchos mayores no tengan sitio. Es mucho más barato contratar a jóvenes precarios que han nacido digitales que mantener sueldos de gente con décadas trabajadas. Así que, de golpe, se han multiplicado las prejubilaciones a un nivel muy por encima de lo que solía suceder en crisis anteriores. Y no parece algo coyuntural, sino más bien una reforma estructural del mercado laboral que seguirá sucediendo. Al menos mientras quede para las pensiones, que tampoco durarán mucho.

VIVIMOS MAL

Pero dejemos el trabajo y volvamos al tema inmobiliario, que es por donde empezaba esta historia. Los meses más duros de la pandemia revelaron que ha habido confinamientos y confinamientos. Que no era lo mismo tener una casa amplia con jardín que vivir en pocos metros cuadrados en un piso compartido. Que no es lo mismo una casa en el pueblo con algo de espacio alrededor que un piso interior sin apenas luz natural. Cuanto más caro el metro cuadrado, peores los horrores.

Y, por supuesto, el fin del confinamiento tampoco ha sido igual para todos. Se ha disparado la venta de viviendas unifamiliares, más grandes, privadas, con parcela propia… entre quienes tengan dinero para pagarla. Los que no, optan, en ocasiones, por reformar sus pisos para hacerlos más diáfanos e incluso recuperar terrazas y balcones que en su día se cerraron para ganar metros. Tanto es así que dicen que escasean los albañiles, tal es la demanda que hay.

Todo esto, claro, en las grandes ciudades. En los pueblos esos problemas no suelen existir. Como tampoco el ir hacinados en el transporte público para llegar al trabajo o perder varias horas al día cubriendo esas distancias. Existen, claro, otros problemas que los hacen menos atractivos que las grandes ciudades: carecen de los servicios de las ciudades, de sus comunicaciones, de sus inversiones, de su capacidad de captar inversión y talento. De generar actividad económica, en resumen.

COLIVINGS, BOLSAS DE VIVIENDA Y HASTA UN REALITY DE TALENTO RURAL

Sobre el papel la conclusión parece sencilla: si la gran ciudad no te puede ofrecer trabajo ni vivienda digna, vete a un pueblo; si la vibrante vida cultural y social de una ciudad no compensa sus incomodidades, vete a un pueblo; si te gustaría tener cierta calidad de vida, vete a un pueblo. Pero fuera del papel las cosas no son tan sencillas: si no hay trabajo en la ciudad para mí, ¿cómo va a haberlo en un pueblo? Por algo la gente se va a las grandes capitales: no es que no haya vida cultural, es que no hay trabajo cualificado, no hay proyectos innovadores, no hay infraestructuras básicas… A veces, ni siquiera hay internet.

Cambiar eso empieza por atraer talento. Y en estos meses de éxodo han empezado a aparecer interesantes iniciativas al respecto. Por ejemplo, para poner a los pueblos en el mapa con iniciativas como el Erasmus rural que han lanzado en Aragón. En realidad, es el programa Desafío y Arraigo, lo primero para estudiantes y lo segundo para ya graduados, dando la vuelta al concepto tradicional de ir fuera para completar la formación.

Hay otras, como Volver al pueblo, Yo me vuelvo al campo o Vente a vivir a un pueblo. Son tres aproximaciones similares, a modo de tablones de anuncios y buscadores de casas, terrenos y negocios en oferta, para atraer nuevos pobladores a zonas rurales, incluyendo fichas en la que se detallan las características de cada pueblo —desde conectividad a distancias a núcleos urbanos alrededor—. Incluso hay opciones para más pudientes: una inmobiliaria especializada en la venta de pequeñas aldeas abandonadas.

Si no hay trabajo en la ciudad para mí, ¿cómo va a haberlo en un pueblo? Por algo la gente se va a las grandes capitales: no es que no haya vida cultural, es que no hay trabajo cualificado, no hay proyectos innovadores, no hay infraestructuras básicas… A veces, ni siquiera hay internet.

En algunas comarcas han lanzado sus propios proyectos, agrupando los núcleos rurales de su entorno. Es el caso de las comarcas de la sierra de Córdoba, que han lanzado su propio portal de oferta laboral e inmobiliaria. O, yendo incluso más allá con un proyecto participativo con mesas y talleres, el proyecto de valle digital de la Sierra de la Demanda, en Burgos. Hay incluso un reality de emprendimiento rural en YouTube y Twitch llamado Ruralmind, que se desarrollará en tres colivings en tres pueblos de las provincias de Zamora, Zaragoza y Ciudad Real.

Si todo esto no te ha convencido aún es que quizá necesitas más inspiración, y también para eso hay alternativas. Empieza por acercarte a Salvaje, una revista de reciente creación que quiere poner en valor nuestros espacios rurales con un diseño cuidado y un contenido de calidad. O a El club de la cabaña, una newsletter dedicada específicamente a las cabañas en el bosque. O a Puebleando, una asociación que propone rutas turísticas por pueblos de la España vaciada para que puedas ir conociéndolos antes de decidirte. Será por alternativas.

A ver si entre la inmigración y el éxodo por la pandemia revivimos el medio rural. Y, ya de paso, empezamos a pensar que hay cosas más allá del dinero que deberían computar en nuestra toma de decisiones. Empezando por la forma en que vivimos.

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